Y a lo lejos, Helsinki

El año pasado cursé vía online el Máster Internacional en Nuevas Retóricas en la Visualización de Datos de la Universidad de Helsinki, un programa exigente y estimulante que reunía a diseñadores, científicos y grafistas de más de veinte países. 

Después de iluminadas y nutritivas nociones sobre los conceptos claves en la visualización de datos y que duraron casi seis meses, comencé con los proyectos. 



El primero fue «¿Cuánto verde toca por cabeza?», una cartografía sobre el reparto del espacio verde urbano en las principales ciudades andaluzas. Detrás de cada cifra había una persona y un trozo de cielo. Pasé semanas ajustando escalas, buscando el punto exacto donde la geometría se convertía en presencia. Aquella visualización acabó siendo un retrato del aire que compartimos y del que a veces nos falta.



El segundo trabajo, «Andalucía, mapa sensible del movimiento», explora la movilidad cotidiana como una forma de identidad. Cada desplazamiento —a pie, en autobús o en silencio— se transformó en una línea viva. El mapa resultante no hablaba de trayectos, sino de vínculos. Entendí entonces que la movilidad no es solo flujo, sino también memoria en tránsito.


Durante el tercer módulo conocí a Eva Renn, investigadora en minería de datos y análisis de comportamiento urbano y datos emocionales. Este proyecto había que hacerlo entre dos participantes y desde el primer intercambio de mensajes hubo sintonía. Ella obtenía los datos y yo los transformaba en imagen. Juntos desarrollamos «Tres formas de llegar tarde», una visualización que convertía los minutos perdidos en paisajes líquidos del tiempo. Entre tablas y bocetos surgió una amistad improbable. Ella, precisa y contenida y yo, más intuitivo, buscando siempre la luz detrás de la cifra.

Meses después recibimos la noticia de que los tres trabajos habían sido seleccionados para la publicación internacional Cartographies of Sense, editada por la propia Universidad de Helsinki y distribuida por la red DataArts Europe. En febrero del próximo año, durante la presentación oficial en la capital finlandesa, nos conoceremos por fin en persona. Imagino ese momento como un cruce de planos y latitudes, donde la conversación que empezó en un aula virtual se transformará en realidad rodeados de nieve.

A veces pienso en todo lo que contienen esas tres visualizaciones. La búsqueda de equilibrio entre lo humano y lo cuantificable, entre la exactitud y la emoción. Y cuando llueve —como ahora— me gusta mirar las gotas deslizarse por el cristal. Son pequeñas coordenadas efímeras que dibujan el mundo sin pretender explicarlo. Quizá por eso amo la visualización de datos, porque en el fondo es una forma de escuchar la lluvia, de comprender que todo, incluso los sentimientos, tienen su propio patrón de movimiento.



La mujer que traducía el silencio en datos

Me ha costado tela sacarle datos biográficos a Eva Renn, pero por fin los recibí la pasada semana. Nació en el norte de Irlanda en 1987, aunque rara vez menciona su lugar de origen. Estudió Matemáticas Aplicadas y Filosofía en la Universidad de Edimburgo, y años más tarde completó un doctorado sobre Minería de datos no cuantificables en el MediaLab de la Universidad de Utrecht. Desde entonces trabaja en la frontera entre los límites del bien común y el análisis de formulas inasibles, investigando la dimensión afectiva de los datos cotidianos.

Habla un español impecable, con un acento apenas perceptible. Lo aprendió en su infancia, cuando sus padres —diplomáticos de la embajada de Irlanda en Madrid— la inscribieron en un colegio público del barrio de Chamberí. Por eso se llama Eva, y no Eve, como sería habitual en su país. Siempre dice que ese cambio de una letra fue su primer acto de rebeldía, una forma de adaptarse al idioma del lugar sin renunciar a su origen.

Su método en Ericsson consiste en observar lo que no se dice, los silencios del tráfico, los ritmos del cansancio, la cartografía invisible de las esperas. En sus informes, las estadísticas se convierten en relatos mínimos, y cada número parece tener un pulso humano. Ella dice que su trabajo no trata de medir la ciudad, sino de escucharla.

La conocí durante el máster en Helsinki y desde entonces mantenemos una colaboración constante. Eva no trabaja con urgencia, sino con atención. Tarda días en responder un correo, pero cuando lo hace envía una tabla de datos que parece escrita con tinta y respiración.

En sus intervenciones hablaba con una serenidad magnética, como si todo en el mundo —desde un patrón de movilidad hasta una conversación a medianoche— obedeciera a una estructura profunda que ella intuía sin forzar. Estoy convencido de que la traducción simultánea de las videoconferencias no captaban la cadencia hipnótica que yo sentía al escucharla en español. Su rostro, siempre en penumbra parecía tallado por la luz azul de la pantalla.

A Eva le fascinaba mi defensa del uso práctico de la mentira, no como un engaño sino como un recurso de supervivencia. Decía que me escuchaba con una mezcla de asombro y vértigo cuando explicaba que la intensidad con que uno lucha por algo determina su grado de verdad; que una mentira sostenida con pasión, con la piel y el cansancio, podía ser más cierta que cualquier hecho comprobable pero mal defendido. Le divertía que yo lo llamara «mentir con honestidad», y que en esa frontera movediza entre lo real y lo inventado viéramos ambos una forma distinta de conocimiento.


Ahora, a pocos meses de conocernos en la presentación de Cartographies of Sense, me pregunto cómo será escuchar su voz sin micrófono, o verla reír cuando caiga la nieve. Tal vez la amistad, como los datos, solo necesite un poco de contexto para cobrar sentido.

Siempre que llueve salgo para mojarme. Y también para recordar que vengo de los océanos —o quizá de una triste charca— que presiento extendiéndose sobre el suelo mojado de finales de octubre. En algún lugar del norte, Eva también estará mirando una nube que nunca llegará a estas latitudes. Ambos sabemos que cada gota es una forma de dato, y cada dato, cuando se observa con el corazón, se convierte en vida.






Comentarios

  1. Enhorabuena por estos magníficos proyectos; y totalmente de acuerdo: tu movilidad, define, en cierta forma, tu personalidad. Un abrazo

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