Momentos, Capítulo 2-Parte 2: Ya entonces, todo era realidad
I Hay problemas que no existen por sí mismos, sino porque alguien los ha colocado como un jarrón sobre la mesa. No porque encierre una verdad oculta, ni su barro guarde un secreto reservado a la mirada grave, sino porque ese gesto lo arranca del mundo, lo eleva por encima de lo cotidiano y condena a todos los presentes a fingir que hay allí algo que descifrar. Cuenta un relato zen que un maestro, para designar a su sucesor, reunió a sus discípulos y puso un jarrón de barro sobre una peana. Quien pronunciara la palabra más sabia acerca de aquel objeto sería el elegido. Los discípulos pasaron días en silencio, inmóviles, entregados a esa solemne espera que a veces confundimos con hondura. Cuando hablaron, ninguno repitió al otro, ofrecieron visiones dispares —la fragilidad y la belleza, el vacío y la permanencia, el equilibrio y la impermanencia—, pero ninguna satisfizo al maestro. Sin desanimarse, el zenji reparó en un hombre que barría el monasterio a cambio de sustento. No era discípu...