Estática 06: iiyo. iiyo. iiyo
Hay discos que se presentan con la contundencia de un manifiesto y otros que, como iiyo iiyo iiyo que Sam Wilkes publicó en 2024, llegan envueltos en una atmósfera de intimidad casi secreta, como si no quisieran imponerse al oyente sino esperar pacientemente a que este decidiera acercarse lo suficiente para percibir el delicado entramado de sonidos que se despliega en su interior, y es precisamente esa cualidad de susurro, de confidencia compartida al oído, lo que convierte a este álbum en un territorio fértil para pensar la naturaleza de la señal en las gráficas de datos, esa línea que los instrumentos de medición trazan con la esperanza de capturar algo real pero que siempre está amenazada por la interferencia, por el ruido que la desdibuja, por esa estática de fondo que ningún filtro puede eliminar por completo porque no es un accidente sino la condición misma de posibilidad de cualquier registro. La música de Sam Wilkes, construida sobre su bajo eléctrico tocado con una sensibilidad que desdibuja las fronteras entre el jazz, la música ambiental y la tradición de la canción, se presenta como una exploración constante de ese límite difuso donde la señal comienza a desvanecerse en su propio ruido, donde una nota se sostiene hasta que su borde se vuelve borroso, donde un silencio se alarga tanto que amenaza con tragarse todo lo que vino antes, y en esa exploración encontramos un eco directo de la experiencia de la vejez entendida no como una serie de pérdidas acumuladas sino como una transformación en la relación con el tiempo, esa misma transformación que convierte la urgencia juvenil en pausa, la afirmación categórica en duda, la línea recta en espiral que vuelve sobre sí misma porque ha aprendido que el destino no es un punto en el horizonte sino el propio camino recorrido con la atención puesta en cada paso. Cuando escuchamos las piezas de iiyo iiyo iiyo —con títulos que parecen evocar un balbuceo primigenio, una lengua anterior a toda gramática— nos encontramos ante un músico que ha decidido despojar a su instrumento de cualquier gesto virtuoso que pudiera interponerse entre la emoción y su expresión, porque el bajo de Wilkes no solista ni se impone, sino que respira junto con los demás instrumentos, con las trompas que aparecen como nieblas sonoras, con las percusiones que parecen contar el tiempo de un corazón que ya no late con la regularidad mecánica del metrónomo sino con la libertad orgánica de un organismo vivo que se sabe finito, y esa respiración compartida, ese diálogo donde cada músico cede el centro para que otro ocupe momentáneamente la atención, es la traducción sonora de esa sabiduría que solo la vejez puede otorgar: la comprensión de que la propia voz no es más importante que el silencio que la precede y la sigue, de que la señal que emitimos no vale por su potencia sino por su autenticidad, de que el ruido de fondo que siempre nos acompaña no es un enemigo a vencer sino el medio en el que habitamos y que, bien escuchado, revela una textura que ninguna señal limpia podría alcanzar. Esa textura, ese rumor de fondo que en iiyo iiyo iiyo adquiere una presencia tan tangible como las propias notas, nos conduce inevitablemente al pensamiento del fondo cósmico de microondas, esa radiación fósil que los astrónomos descubrieron cuando intentaban eliminar lo que creían una interferencia molesta en sus observaciones del universo, esa estática de 2.7 Kelvin que resultó ser no un obstáculo sino el testimonio más antiguo que poseemos, el eco del momento en que el universo se volvió transparente por primera vez y la luz pudo viajar libremente, y de la misma manera que aquel ruido que Penzias y Wilson intentaban erradicar se reveló como el origen mismo de todo lo que existe, las aparentes imperfecciones de iiyo iiyo iiyo —los momentos en que la música parece desvanecerse en la nada, las notas que no terminan de afirmarse, los silencios que se abren como pequeñas muertes dentro de cada pieza— se revelan como el verdadero corazón del álbum, lo que lo diferencia de cualquier otra grabación de bajo eléctrico que pudiera confundirse con él, porque Sam Wilkes ha comprendido algo que los científicos del cosmos también comprendieron después de décadas de observación: que la realidad no se encuentra en las grandes estructuras, en las galaxias deslumbrantes o en las melodías rotundas, sino en ese sustrato tenue y persistente que lo sostiene todo sin pedir nada a cambio, en esa radiación que emana de cada rincón del universo con la misma intensidad tenue y uniforme, en esas notas que el bajo deja escapar como quien exhala un suspiro después de un largo día. La vejez, en este contexto, aparece no como una presencia explícita en las letras —porque iiyo iiyo iiyo es un álbum instrumental donde la voz humana, cuando aparece, lo hace como una textura más, como un rumor que se suma a otros rumores— sino como una sensibilidad que impregna la arquitectura entera del disco: la paciencia con la que cada pieza se despliega, la ausencia de clímax forzados, la aceptación de que una canción puede terminar no con un gesto conclusivo sino simplemente desvaneciéndose, como se desvanece la energía de un cuerpo que ha dejado de luchar contra el paso del tiempo y ha encontrado, en esa rendición, una paz que ninguna victoria podría igualar. Por eso, cuando escuchamos el disco de principio a fin, tenemos la sensación de estar ante una gráfica que no registra un experimento controlado en un laboratorio sino la temperatura fluctuante de una vida que ha decidido dejar de medirse con los parámetros del éxito y la productividad para adoptar los del simple estar, los del respirar con atención, los del permitir que la señal que uno emite se contamine deliberadamente del ruido que la rodea porque ese ruido no es exterior sino constitutivo, no es un accidente sino la evidencia de que uno está inserto en un mundo que vibra con la misma materia primordial de la que está hecho el universo entero. Sam Wilkes, con su bajo que suena como una voz cansada pero luminosa, con sus arreglos que parecen construir catedrales sonoras para luego disolverlas en el aire, nos ofrece en iiyo iiyo iiyo un álbum que funciona como ese espejo que no refleja una imagen nítida sino una serie de reflejos borrosos que se superponen, como esos datos que los astrónomos recolectan durante noches enteras sabiendo que la señal que buscan es más débil que el ruido que la enmascara pero confiando en que, después de suficiente tiempo de escucha atenta, algo emergerá de la estática, un patrón, una repetición, una prueba de que allí, en medio de la inmensidad indiferente, alguien estuvo emitiendo un mensaje que no aspiraba a la inmortalidad sino apenas a ser recibido por otro que supiera escuchar con la misma paciencia con que fue emitido, y en ese gesto de humildad, en esa renuncia a la rotundidad en favor de la vulnerabilidad, iiyo iiyo iiyo se convierte en el registro sonoro de una verdad que la vejez conoce bien y que el fondo cósmico de microondas susurra desde hace 13.800 millones de años: que lo que perdura no es lo que grita sino lo que respira, no lo que impone su presencia sino lo que se ofrece como un espacio que otro puede habitar, no la señal perfectamente aislada de todo ruido sino esa señal que acepta su propia fragilidad y, en esa aceptación, encuentra una belleza que ninguna perfección podría alcanzar.













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