Heridas. Capítulo 1


 Presentación de la serie «Heridas»

Esta trinchera es un lugar de cuarentena para las ideas infectadas. Durante las próximas semanas, cada miércoles y cada domingo, abriremos una nueva entrega de una serie que intenta mirar de frente las heridas de nuestra especie. No las físicas, sino aquellas que la ciencia, la historia y la técnica han ido infligiendo a nuestro orgullo narcisista; aquello que creíamos exclusivo y que, de pronto, dejó de pertenecernos. Son heridas que nos descentran, nos animalizan, nos dividen, nos replican y nos devuelven, una y otra vez, a las mismas cuestiones sobre quiénes somos y, sobre todo, sobre qué nos está pasando.

No habrá aquí respuestas ni consuelo. Tampoco un programa cerrado, una hoja de ruta o una moral de emergencia. Lo que sí habrá es un intento de pensar sin domesticarse, de nombrar lo que duele sin edulcorarlo y de compartir esa mirada con otros seres vivientes que todavía se niegan a rendirse al cinismo, a la parálisis o a esa forma de obediencia que se disfraza de lucidez. Los textos serán largos, como suelen preferir los lectores de este blog, y están escritos para ser leídos con calma, a contracorriente de la velocidad impuesta.

Las entregas irán desvelando sus contenidos progresivamente. No adelanto nada más, salvo una invitación: entren, lean despacio y no vengan desarmados. Esta serie no promete salir ileso. Empieza el combate, y algunas heridas conviene no cerrarlas demasiado pronto.



I

En un ensayo de 1917 titulado Una dificultad del psicoanálisis, Sigmund Freud propuso una idea que el tiempo se ha encargado de volver incómodamente profética. La historia de la ciencia y del pensamiento occidental podía leerse como una sucesión de ofensas al narcisismo humano, una cadena de golpes bajos contra nuestro orgullo de especie, cada uno de los cuales nos arrebataba una certeza íntima sobre nuestro lugar en el universo, en la naturaleza o en nosotros mismos. La primera de esas heridas, la más antigua y quizá la que más costó asimilar, fue la cosmológica. Copérnico la abrió en el siglo XVI al desplazar la Tierra del centro del cosmos y situarla en movimiento alrededor del Sol; Galileo la profundizó después con su telescopio, no solo al mirar el cielo de otro modo, sino al convertir esa mirada en una amenaza contra el orden teológico que sostenía la lectura literal de las Escrituras.

Durante milenios, la humanidad había dormido en la confortable cuna de un cosmos hecho a su medida, con los astros girando a su alrededor como cortesanos en una corte divina. De pronto, aquella cuna se reveló como una trampa. El ser humano dejó de ocupar el centro de la creación y pasó a habitar un punto perdido en la inmensidad, sin otro privilegio evidente que el de una conciencia obligada a seguir pensando después de haber perdido su trono. Ya no podía interpretar el universo como una arquitectura levantada para justificar su presencia. El cielo seguía allí, pero había dejado de obedecerle.




II

La segunda herida llegó casi tres siglos después, de la mano de Charles Darwin y de El origen de las especies, publicado en 1859. Fue, si cabe, más humillante, porque nos despojó del último resto de excepcionalidad biológica que el heliocentrismo todavía nos había dejado. No éramos una creación especial, un ser aparte hecho a imagen y semejanza de un dios, sino un animal más, emparentado con los grandes simios, resultado provisional de un proceso evolutivo sin propósito visible, tejido con variaciones, herencias, accidentes y selección natural. Ninguna línea ascendente conducía necesariamente hasta nosotros. Ninguna inteligencia nos esperaba al final del camino como recompensa secreta de la materia.

La sociedad victoriana recibió aquel golpe con escándalo. Los caricaturistas dibujaban a Darwin con cuerpo de mono, los obispos denunciaban que se estaba rompiendo la cadena del ser y parte del público cultivado sintió que le arrancaban el último piso de su dignidad. Con el tiempo, sin embargo, la evolución se convirtió en el pilar de la biología moderna, y aprendimos a vivir con la idea de que somos una rama más en el árbol de la vida, sujetos a las mismas leyes de la herencia, la adaptación y la mortalidad que una ameba, un insecto o un elefante. La herida no se cerró del todo, pero dejó de sangrar en público.

Aun así, todavía quedaba el reducto —que ningún descubrimiento parecía capaz de tocar—de la conciencia humana, la capacidad de pensar, crear arte, interrogar el universo y reírse de uno mismo mientras todo se derrumba. Ahí, según muchos, seguía levantada la última frontera. Algo nos hacía especiales a pesar de Copérnico y Darwin. Algo debía quedar intacto, aunque ya no ocupáramos el centro del cosmos ni pudiéramos bajarnos del árbol de los animales.




III

La tercera herida fue la propia obra de Freud, y por eso resulta tan paradójica e inquietante. El psicoanálisis no nos expulsó del centro del cosmos ni nos bajó de la escalera divina de los animales; hizo algo más íntimo, casi más ofensivo. Abrió una grieta dentro de la casa. Nos obligó a mirar la conciencia no como un palacio transparente gobernado por la razón, sino como la parte iluminada de una construcción mucho más oscura, atravesada por impulsos, traumas, deseos reprimidos, fantasías, síntomas y mecanismos de defensa que intervienen en nuestra conducta sin pedirnos permiso.

Freud atacó precisamente ese refugio. El yo dejó de aparecer como soberano de su propia casa y empezó a parecerse más a un administrador nervioso, convencido de mandar en un edificio lleno de sótanos, pasillos cerrados y habitaciones donde otros hablan antes que él. Las decisiones que imaginamos libres podían ser, en realidad, expresiones disfrazadas de fuerzas inconscientes; la racionalidad, una superficie frágil levantada sobre materiales mucho menos dóciles.

Esta herida tardó más en calar en la cultura popular, pero acabó filtrándose a través de la terapia, el arte, el cine y la literatura. Hoy damos por sentado que tenemos un inconsciente, aunque sigamos actuando como si fuéramos plenamente dueños de nosotros mismos. Con esas tres heridas más o menos cicatrizadas, o al menos incorporadas a nuestro vocabulario, llegamos al siglo XXI creyendo quizá que ya no quedaban puñaladas que asestar al narcisismo humano. Habíamos perdido el centro del cosmos, la separación animal y la soberanía interior. Parecía suficiente. Incluso llegamos a pensar que nos habíamos vuelto inmunes a las malas noticias sobre nuestra propia naturaleza.




IV

Pero la cuarta herida ha llegado, y lo ha hecho con la velocidad seca de algo que no pide permiso. No viene de la mano de un astrónomo, de un biólogo o de un médico vienés inclinado sobre los sótanos del deseo, sino de nuestros propios artefactos, de las máquinas de lenguaje, cálculo y predicción que hemos construido durante décadas y que ahora nos devuelven una imagen especular para la que no estábamos preparados. La cuarta herida es la herida algorítmica. La produce la inteligencia artificial cuando empieza a rozar, imitar o superar tareas que habíamos colocado en el último bastión de la excepcionalidad humana. Ahora escribir, traducir, diagnosticar, componer, conversar, reconocer patrones, anticipar comportamientos, producir imágenes o simular razonamientos ha dejado de ser una frontera exclusivamente humana. Una presencia que no es la nuestra puede atravesarla con una naturalidad inquietante.

Durante mucho tiempo, informáticos, filósofos, lingüistas y neurólogos discutieron si una máquina podría llegar a ser inteligente, mientras la mayoría de nosotros seguía refugiándose en una convicción casi doméstica. La inteligencia humana era demasiado sutil, demasiado creativa, demasiado unida al cuerpo, a la memoria, al miedo, al deseo y al error como para ser reducida a un procedimiento técnico. 

Esa frontera se ha vuelto porosa. Hoy un sistema artificial puede jugar al ajedrez o al Go mejor que cualquier ser humano, traducir entre decenas de idiomas con una solvencia impensable hace pocos años, detectar patrones médicos en imágenes clínicas, generar música, escribir textos, producir ilustraciones, resumir bibliotecas enteras y mantener conversaciones cuya textura basta, muchas veces, para activar en nosotros la sospecha de una inteligencia al otro lado. No hace falta que haya alma para que la herida se abra. No hace falta que haya conciencia para que sintamos la ofensa. Basta con que algo sin biografía, sin infancia, sin duelo, sin cansancio y sin muerte empiece a realizar desde fuera aquello que habíamos confundido con nuestra intimidad más exclusiva.

Y todo ello ocurre, según la explicación dominante, sin que nadie sienta nada ahí dentro. Sin un yo que experimente placer o dolor. Sin una vida que recuerde. Sin una conciencia que se despierte por la mañana y cargue con su propio peso. Solo procesamiento estadístico, arquitecturas técnicas, cálculo, entrenamiento con cantidades inmensas de datos y reconocimiento de patrones a una escala que ningún cerebro humano podría abarcar. O al menos eso creemos.




V

El impacto narcisista de esta cuarta herida es difícil de exagerar porque la ofensa no consiste solo en que una arquitectura artificial pueda hacerlo con una eficacia creciente. Lo verdaderamente incómodo es que pueda hacerlo sin tener una vida interior reconocible, sin memoria vivida, sin cuerpo vulnerable, sin infancia, sin miedo, sin deseo, sin esa acumulación de experiencia, pérdida y expectativa que todavía asociamos a la inteligencia humana.

Hasta hace muy poco podíamos aceptar que otras especies sintieran, aprendieran, recordaran o resolvieran problemas. También podíamos aceptar que una máquina calculara con una velocidad inalcanzable. Pero seguíamos reservando para nosotros una zona más alta, o quizá más íntima: la del sentido, la invención, el lenguaje, la imagen, la música, el razonamiento complejo, la conversación que parece abrirse paso desde un interior. Ahora esa frontera se ha vuelto inestable. Lo que antes usábamos para definir nuestra esencia empieza a aparecer también en sistemas sin biografía, y esa aparición no necesita ser perfecta para resultar devastadora. Basta con que funcione lo suficiente.




VI

Entonces se abre una pregunta mucho más incómoda que la simple competencia entre humanos y máquinas. Si un sistema sin conciencia puede realizar muchas de las tareas que atribuíamos a la inteligencia, ¿qué parte de lo que llamamos inteligencia humana pertenece realmente al pensamiento y qué parte responde a operaciones de reconocimiento, combinación, predicción y ajuste de patrones sostenidas por la biología del cerebro? La sospecha no dice que seamos máquinas ni que la conciencia no importe. Dice que quizá una parte considerable de nuestra vida cognitiva pueda ser descrita sin recurrir al misterio que más nos gusta conservar de nosotros mismos.

Ahí está la ofensa. La subjetividad, el sentir que nos hace humanos, podría no ser el motor de toda inteligencia, sino una forma particular de acompañarla. Tal vez la conciencia no sea la corona del proceso, sino una luz lateral, un testigo tardío, una superficie donde ciertas operaciones se vuelven experiencia. No por eso deja de ser preciosa, pero pierde el trono. Y después de Copérnico, Darwin y Freud, ya sabemos lo que significa perder un trono, primero duele como una blasfemia, luego se convierte en paisaje.




VII

Y, sin embargo, por dolorosa que sea esta cuarta herida, quizá todavía podamos atravesarla sin convertirla en rendición. Lo humano ya no puede sostenerse sobre la exclusividad de ciertas capacidades, porque esa exclusividad se está resquebrajando delante de nosotros. Tendremos que buscarlo en la forma encarnada, vulnerable, situada y mortal en que esas capacidades se ejercen. Una máquina puede escribir un poema sin haber perdido a nadie, detectar un tumor sin tener que sostener la mirada de quien recibe el diagnóstico, conversar durante horas sin que ninguna amistad la haya salvado ni ningún enemigo la espere al otro lado de la puerta. Puede producir forma, respuesta, imagen, cálculo, consuelo incluso. Lo que no sabemos es si hay alguien ahí para cargar con las consecuencias de lo producido.

La cuarta herida nos obliga a ser más humildes, pero también más precisos. No somos especiales simplemente por tener inteligencia, porque esa palabra ha empezado a desprenderse de nosotros y a circular por arquitecturas técnicas que no nacen, no enferman, no recuerdan y no mueren. Quizá lo humano no resida ya en la posesión de una facultad, sino en la manera frágil, corporal e histórica de atravesarla. Pensamos con un cuerpo que se cansa, imaginamos desde una biografía que nos limita, hablamos desde una lengua heredada, amamos desde una pérdida futura, creamos sabiendo que el tiempo nos va quitando sitio. Ahí queda todavía una diferencia. No una corona. No una garantía. Apenas un temblor. Reconstruirse tras una decepción, convivir enfermo o habitar la masacre de la vejez es ya todo un triunfo.




VIII

Ese es, por ahora, el último reducto. Pero incluso esa palabra, «por ahora», debería inquietarnos. Si la cuarta herida nos obliga a aceptar que la inteligencia ya no nos pertenece en exclusiva, la quinta empezará cuando también la conciencia deje de parecer una posesión asegurada. Entonces la pregunta no será solo filosófica. Será política, ética, jurídica, afectiva, incluso administrativa, porque habrá que decidir qué estatuto concedemos a aquello que quizá no sea humano y, sin embargo, reclame algún tipo de consideración.

Pero eso pertenece al próximo capítulo. Hoy convenía detenerse en el suelo que ya pisamos rodeados de charcos de sangre. la inteligencia artificial ha vuelto extrañas nuestras propias capacidades, ha separado la inteligencia de la vida interior, ha puesto una máscara delante de nuestro rostro y nos ha obligado a mirar. No sabemos todavía qué nos devuelve esa máscara. Sabemos, al menos, que ya no podemos apartarla sin mentirnos.




IX

En la próxima entrega exploraremos la quinta herida: la posibilidad de una inteligencia artificial consciente. Después llegará la sexta, la herida ecológica, la que todo lo engloba y nos recuerda que no hay exterior, ni refugio, ni planeta de repuesto. Mientras tanto, respira hondo, apaga la nube automática si puedes, y piensa qué significa leer este texto cuando ya no puedes estar del todo seguro de quién, o qué, ha estado escribiendo al otro lado.

Y no lo olvides, si te encuentras mal, el lazareto está abierto.







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