Heridas. Capítulo 5: El terrestre digital y la última herida
I
La figura del terrestre digital
Tras asomarnos a Palantir, esa corporación que factura miles de millones mientras alimenta guerras, vigilancia y deportaciones, la desesperación parece casi razonable. ¿Qué puede un lector solitario frente a un monstruo así? Esa pregunta, formulada con cansancio, ya contiene parte de la trampa. El pesimismo es uno de los mejores aliados del señor feudal porque quien pierde la esperanza rara vez se organiza.
Necesitamos una figura capaz de actuar aquí y ahora, sin esperar a que lleguen grandes transformaciones, colapsos redentores o milagros institucionales. La tomo de Bruno Latour, que distinguió entre los Humanos, todavía fascinados por la promesa del progreso infinito, y los Terrestres, aquellos que han comprendido que existe un suelo, que hay límites y que vivir consiste en aprender a habitarlos. Pero no la presento como una receta infalible, sino como una hipótesis habitable. Es un ensayo de postura, no un manual de salvación. Su valor no está en resolver la crisis, sino en desplazar la mirada hacia otro lugar.
¿Qué ocurre, entonces, con quienes ya no vivimos solo sobre la tierra, sino también dentro de infraestructuras digitales que ordenan nuestras relaciones, nuestros recuerdos, nuestros trabajos y nuestros deseos? No estamos condenados a elegir entre el suelo y la red. El terrestre digital nace precisamente en esa deriva que sabe que cada byte arrastra un coste material, que cada nube necesita agua, minerales, energía, cables, servidores y territorios. Por eso usa la tecnología con comedimiento, prefiere modelos locales cuando puede, alarga la vida de sus dispositivos, desconfía de la comodidad extractiva y busca formas de habitar la red sin entregar su casa al señor algorítmico.
No es un asceta tecnológico ni un nostálgico del mundo analógico. Educa sin dogmatismo, comparte saber, repara cuando puede, reduce cuando debe y celebra cada pequeño gesto de autonomía como quien abre una ventana en una fortaleza. Orgulloso de que su alegría no nazca de la ingenuidad, de descubrir que la tecnología todavía puede ser disputada como un territorio común que hay que defender, limitar, cuidar y reaprender. Lejos de un deseo de salvación tan ingenuo como imposible.
II
Las contradicciones y el sesgo norte-sur
Conviene no hacerse trampas al solitario. La primera contradicción es que la misma red que denunciamos nos sostiene. Usar un móvil, publicar en una plataforma o depender de un correo electrónico nos convierte en cómplices mínimos del sistema que criticamos. No hay manera limpia de haber cambiado el mundo.
También hay una contradicción menos visible, aunque igual de decisiva. Reparar un ordenador, instalar un sistema ligero o configurar una red mesh exige tiempo, conocimientos, paciencia y cierta estabilidad material. Para quien encadena dos trabajos precarios, cuida a familiares o vive pendiente de llegar a fin de mes, esa autonomía técnica puede convertirse en otro privilegio disfrazado de virtud. Si esas habilidades no se comparten, si no se enseñan en bibliotecas, asociaciones, escuelas, centros sociales y talleres de barrio, el terrestre digital corre el riesgo de transformarse en una pequeña élite ilustrada, moralmente impecable e históricamente inofensiva.
La objeción más dura llega desde otro lugar, ¿no será esta figura un lujo del norte global, una preocupación de quien ya tiene ordenador, conexión estable y margen para elegir? En parte, sí. El retrato que he dibujado hasta ahora presupone recursos, tiempo y una mínima capacidad de decisión. Pero reducir lo digital a un lujo sería mirar mal. En muchos lugares del sur global, la red no aparece como capricho, sino como infraestructura de supervivencia para la madre que espera una transferencia, el campesino que consulta el clima, el migrante que sostiene vínculos familiares, el activista que se organiza antes de que lo silencien.
Allí existen prácticas terrestres que no necesitan ese nombre para funcionar. Las redes comunitarias en Indonesia, los talleres de reparación en Lagos, los archivos guardados en tarjetas SD porque la conexión no es fiable, o los teléfonos compartidos, piezas rescatadas, tecnologías mantenidas más allá de su obsolescencia comercial. No son gestos románticos. Son formas de inteligencia material nacidas donde la escasez no se teoriza, se administra con las manos.
Pero aquí aparece la primera exigencia política, la que el terrestre digital del norte no puede eludir. Su frugalidad individual es insuficiente si su teléfono se ensambla con coltán extraído en condiciones de semiesclavitud y su nube bebe el agua de territorios en sequía. No basta con reducir el consumo; hay que apoyar movimientos que exijan trazabilidad, financiar redes comunitarias del sur, presionar para que el coste ecológico y humano deje de ser externalizado. La línea norte-sur importa, porque señala una historia de extracción, deuda y daño acumulado. Y dentro de esa línea, opera otra división, la que separa a quienes pueden externalizar los costes de su vida digital —las minas, los cables, los ríos envenenados, los vertederos electrónicos— y quienes los reciben en el cuerpo, el barrio o el paisaje.
El terrestre digital no es quien posee más recursos ni quien puede permitirse una pureza imposible, sino quien, desde su posición concreta, decide reducir su cuota de daño, compartir capacidades y pelear para que las reglas no sigan escritas por quienes viven lejos de las consecuencias. Y eso implica, necesariamente, tejer alianzas que atraviesen el mapa, no solo el barrio.
III
De la movilización a la zoología
Llega entonces la pregunta difícil, la que aparece cuando la indignación ya no basta. ¿Cómo movilizarse cuando la policía golpea a maestras jubiladas, los medios mienten con disciplina de secta y las instituciones piden calma mientras administran el daño? Las recetas domesticadas sirven de poco. No basta con firmar, indignarse, compartir un enlace y volver a casa con la sensación de haber cumplido. Los movimientos reales, cuando no se convierten en ceremonia, suelen empezar en una una escuela del barrio, en una biblioteca amenazada, un centro de salud que se vacía, una tierra que quieren vender, un edificio público entregado al beneficio privado. La abstracción moviliza menos que una puerta cerrada.
Desde ahí puede construirse algo parecido a una fuerza. No una épica instantánea, sino una trama paciente entre quienes sufren el daño y quienes todavía tienen tiempo, recursos o margen para sostenerlos sin sustituirlos. La solidaridad que sirve no llega con superioridad moral ni con pancartas demasiado limpias; aparece cargando sillas, pagando impresiones, cuidando criaturas, traduciendo papeles, llevando comida, prestando un coche, quedándose cuando empieza el cansancio. Después viene la desobediencia civil, que no pide permiso para existir y acepta que toda interrupción real tiene un coste. No se trata de buscar el martirio, sino de entender que el poder rara vez concede nada cuando nadie le estorba.
Esa desobediencia necesita tácticas concretas. Pensemos, por ejemplo, en una huelga de cuidados que paralice una residencia privatizada; en la objeción fiscal colectiva a las partidas destinadas a vigilancia digital; en la creación de un mapa colaborativo de espacios neutrales donde la conectividad no dependa de las grandes operadoras; en ocupaciones simbólicas de sedes administrativas; en la defensa de frecuencias comunitarias; en economías paralelas que intercambien reparaciones por alimentos. Ninguna funciona aislada ni por simple pureza moral. Todas dependen de redes de apoyo, cuidado mutuo y continuidad, porque el activismo sin pausa, sin humor y sin celebración acaba pareciéndose demasiado al régimen de desgaste que combate. Hay que turnarse, escuchar, cocinar, descansar, equivocarse sin destruirse, contar chistes cuando todavía se pueda. La alegría no es un adorno sentimental; es infraestructura política para una lucha larga.
Pero incluso esto puede quedarse corto si no miramos debajo de la alfombra. La política, muchas veces, funciona como el disfraz civilizado de la zoología, una realidad mucho más cruda. Las clases no son solo grupos estadísticos ni posiciones en una tabla; son bandos en conflicto por energía, suelo, tiempo, obediencia, cuerpos y futuro. Hemos levantado leyes, parlamentos, tertulias, informes y vocabularios enteros para ocultar esa escena primaria, pero cuando la tela se rasga aparecen los dientes. No metáforas inocentes, sino mecanismos de captura, acumulación y defensa territorial.
Bajemos a tierra esa imagen. Pensemos en la gran tecnológica que negocia con el Ministerio las condiciones de la vigilancia masiva; en el medio de comunicación que dicta la agenda mientras recibe financiación opaca; en la comisión parlamentaria que redacta informes para legitimar decisiones ya tomadas. Su poder no es metafísico, sino contractual, logístico y administrativo. Controlan buena parte del Estado, de la violencia legítima, de los medios que nombran lo posible y de las infraestructuras donde se decide quién come, quién espera y quién sobra. Cualquier cambio que no entienda ese monopolio corre el riesgo de convertirse en una reforma tolerada por la jaula.
Pero la zoología también enseña otra cosa: las presas aisladas huyen; las presas organizadas pueden alterar el comportamiento del depredador. No siempre. No de forma limpia. A veces apenas durante un instante. Sin embargo, ahí se abre una política menos obediente, menos preocupada por parecer razonable ante quien ya ha decidido devorar. Una huelga de alquileres, un boicot coordinado a una plataforma extractiva, la defensa ciudadana de un centro de datos público, el bloqueo simbólico a un barco de minerales: cada interrupción dibuja un límite en el territorio.
Quizá la pregunta no sea qué propuesta viable podemos hacer, porque demasiadas veces «viable» significa aceptable para quien controla la mesa, el lenguaje y la policía. La pregunta debería desplazarse hacia el lugar dónde se interrumpe la cadena de dependencia, qué cooperación podemos retirar, qué infraestructuras podemos proteger, qué daños podemos hacer visibles, qué alianzas impiden que el miedo circule solo hacia abajo. No se trata de imitar al depredador, sino de dejar de comportarse como presa disponible.
IV
La última herida: la especie fallida
Y llegamos al fondo, a la herida que oscurece a todas las anteriores. La que nos obliga a mirar de frente una posibilidad insoportable, la que nos demuestra que toda la epopeya humana, las pirámides, las catedrales, las revoluciones, los satélites, los poemas, las constituciones y los manifiestos, no haya sido más que el largo estertor de una especie que se tomó demasiado en serio a sí misma.
Rust Cohle lo formula dentro de un choche en un memorable episodio de la primera temporada de True Detective con una claridad venenosa: la conciencia humana es un error trágico de la evolución, una desviación de la naturaleza capaz de volverse contra la propia naturaleza. Un animal que sabe que existe, que imagina futuros, que mide el cielo, que entierra a sus muertos y que, sin embargo, convierte esa lucidez en fábrica de daño. La decisión más honorable, dice Cohle, sería dejar de reproducirnos, caminar de la mano hacia la extinción y apagar la luz.
La frase fascina porque toca algo que preferimos mantener lejos. No habla solo de pesimismo individual, sino de una sospecha más honda, quizá el problema no esté en este sistema económico, en esta tecnología, en este siglo o en esta clase dirigente, sino en una grieta alojada en la propia especie. Una inteligencia capaz de componer música, curar enfermedades y nombrar las estrellas, pero también de levantar campos de exterminio en Gaza, acidificar océanos, diseñar armas autónomas y convertir el planeta común en una finca cercada.
Sin embargo, Cohle decide por cobardía continuar viviendo al margen de su sentencia. Sigue investigando, sigue protegiendo, sigue entrando en la oscuridad cuando podría quedarse fuera. Al final, incluso él reconoce una victoria mínima de la luz, no como redención universal ni como consuelo barato, sino como una pequeña alteración en el reparto de las sombras. Esa contradicción salva al personaje de convertirse en profeta de bar vacío. Puede pensar que la existencia es un error y aun así actuar como si cada gesto contra el horror importara.
El filósofo Günther Anders, testigo de Hiroshima y de la era técnica, llamó a esto la «vergüenza prometeica». Sabemos que somos capaces de construir el infierno, y esa conciencia, lejos de paralizarnos, debe empujarnos a una acción desesperada pero calculada. O, como escribió Walter Benjamin, no se trata de ver el futuro, sino de «hacer saltar» el continuo de la historia en el instante del peligro, arrancando del olvido las tradiciones de los oprimidos para iluminar el presente. Reconocernos como especie fallida no tiene por qué ser el final. Puede ser el comienzo de una ética sin coartadas.
Si aceptamos que cargamos con inclinaciones destructivas, con codicia, miedo, dominación, tribalismo, crueldad y deseo de acumulación, dejamos de esperar una salvación externa. Ningún mercado nos absolverá. Ningún algoritmo nos volverá buenos. Ningún progreso técnico corregirá por sí solo una imaginación política podrida. Construir desde esa intemperie exige abandonar la épica de la inocencia. No somos los elegidos, ni los guardianes naturales del planeta, ni la conciencia luminosa del cosmos. Somos una especie peligrosa que, en algunos momentos, ha sido capaz de cuidar, cantar, curar, organizar, recordar y pedir perdón. Poco, quizá. Pero no nada.
Apagar la luz puede leerse entonces de otra manera. No como una invitación al suicidio colectivo, sino como una advertencia despojada de misericordia: si no cambiamos, la luz se apagará sola, por agotamiento, por calor, por guerra, por hambre, por cálculo mal hecho, por obediencia al beneficio. La cuestión ya no es si conservaremos intacta nuestra grandeza imaginaria. La clave está en reconocer si seremos capaces de reducir el daño antes de que la oscuridad haga el trabajo por nosotros.
V
La ética de la gota de agua y el lazareto compartido
Quizá exista otra lectura, menos nihilista y menos grandilocuente. La conciencia de ser fallidos nos libera de tener que demostrarle algo al universo. No necesitamos redención, perfección ni coartadas cósmicas. Podemos estar aquí, cuidar lo cercano, reparar lo que todavía admite reparación, acompañar a quienes sufren, bajar la voz cuando alguien necesita respirar y sostener una lámpara pequeña aunque sepamos que no iluminará el continente.
Eso no es una solución ni un programa. Es una postura frente al abismo. La ética de la gota de agua, no la de la catarata. Una gota no salva el bosque, no llena los embalses, no absuelve a la especie, no corrige la historia. Pero moja una lengua, enfría una frente, cae sobre una semilla, deja una marca mínima en la piedra. Su fuerza no está en prometer victoria, sino en negarse a colaborar del todo con la sequía.
Así que reconozcámonos como especie fallida. Después, si todavía queda ánimo, sigamos haciendo de My Lazaretto ese cuarto de cuarentena al que regresar para pensar juntos, sin curso que termine ni lecciones definitivas. Un lugar donde las ideas entren con fiebre, reposen un rato, contagien a quien puedan y salgan cambiadas, quizá más débiles, quizá más peligrosas. Pero no solo para teorizar. Para eso, propongo un gesto concreto: el miércoles que viene cerraremos esta serie con un repaso, pero abriremos también un archivo común. Invito a quien quiera a traer un mapa de sus dependencias digitales —qué plataformas usa, qué cables las sostienen, qué empresas las poseen—, o la dirección de un taller de reparación de barrio, o el nombre de una asociación que defienda los datos públicos. Podemos dejarlo en los comentarios o compartirlo en la red que elijamos. No se trata de acumular información, sino de construir el primer cableado de una red real, de tejer ese eslabón intermedio entre la postura y la organización que tanto echamos de menos.
No hace falta esperar grandes revelaciones. Bastaría con sentarnos un momento, mirar cómo cae la tarde sobre la pantalla, escuchar el ruido del mundo al otro lado del cristal y decidir qué hacemos esta noche mientras suena el Red Mecca de Cabaret Voltaire. Sin prometer demasiado. Sin rendirnos tampoco. La luz puede estar condenada a apagarse, pero mientras dura permite ver las caras de quienes queremos, leer una frase a destiempo, reconocer una mano, distinguir una puerta de un muro. Para una especie fallida, eso no es poco.









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