Heridas, Capítulo 6: Conclusiones para una historia sin final feliz


INTRO

Hemos recorrido un largo camino juntos, desde las heridas narcisistas de Copérnico, Darwin y Freud hasta la cuarta herida de la inteligencia artificial que nos iguala sin sentir, la quinta de la posible conciencia artificial, la sexta del colapso ecológico, y más allá, hasta esa última herida que quizás sea la definitiva: reconocernos como especie fallida, como un error trágico de la evolución que se toma a sí mismo demasiado en serio. En el camino, hemos hablado de TierraComún y de Palantir, del terrestre digital y de la lucha de clases como cuestión de zoología, de la desobediencia civil y de la impotencia aprendida, de la policía que golpea a una maestra jubilada mientras protege a los ultras, del desmantelamiento del estado del bienestar y del crecimiento de las dictaduras al amparo del capitalismo. 

Y al final, como ya has leído, no hay un final feliz. No lo hay porque las estructuras de poder son inexpugnables, la violencia está monopolizada por los depredadores, y la conciencia que nos hace humanos es también la que nos permite imaginar futuros mejores sin brindarnos herramientas para construirlos. Pero precisamente por eso, estas conclusiones no serán un intento de maquillar el derrumbe, sino de sostener la mirada sobre el abismo sin caer en él, y extraer algunas verdades que sirvan para seguir viviendo, luchando y preguntando, aunque no haya garantías de victoria.




I

Primera conclusión, la más incómoda: la política entendida como negociación institucional ha muerto. Ya no vivimos en una democracia liberal, por muy imperfecta que fuera, sino en un tecnofeudalismo donde los señores de los datos y los algoritmos han reemplazado a los mercados, y los parlamentos son meras correas de transmisión de los intereses corporativos. Las elecciones, los partidos, los sindicatos burocratizados, las ONG, todo ese entramado que durante décadas sirvió para canalizar el descontento sin amenazar el núcleo del poder, se ha revelado como una jaula dorada. No porque nunca hubiera servido para nada, sino porque el poder ha mutado y ha aprendido a neutralizar esos mecanismos. Los partidos de izquierdas y los sindicatos, que debían ser la punta de lanza de la transformación, han sido domesticados hasta convertirse en apéndices del orden; se han llenado de burócratas que repiten consignas sin mordiente, auténticos zombis de un proyecto que ya no les pertenece. 

A su vez, el capital se ha apropiado de los medios de comunicación, transformando el espacio público en un eco de sus intereses y clausurando cualquier narrativa que realmente incomode. El sistema ha creado así su propia oposición funcional con forma de un ejército de muertos vivientes, que desgastan la energía militante en rituales estériles, mientras el poder real sigue intacto. Pretender cambiar algo desde dentro es, salvo raras excepciones locales, una pérdida de tiempo y una trampa para la energía polítca. La lucha de clases, en su dimensión zoológica, no se resuelve con papeletas ni con mociones; se resuelve con poder real frente a poder real, con capacidad de paralizar la maquinaria extractivista, con organización territorial y con desobediencia que no pide permiso.



II

Segunda conclusión: la conciencia de ser una especie fallida no tiene por qué llevar al nihilismo ni a la pasividad. Al contrario, puede ser el fundamento más sólido para una ética sin coartadas. Si aceptamos que estamos biológica y culturalmente programados para la codicia, el cortoplacismo y la autodestrucción, dejamos de esperar una redención externa y nos centramos en lo único que realmente podemos hacer. Estoy hablando de reducir el sufrimiento aquí y ahora, en nuestro entorno, sin la ilusión de que nuestras acciones trascenderán. Es una ética de la gota de agua, no de la catarata. No busca salvar a la humanidad, sino aliviar el dolor de una persona, un territorio, una semilla. Esa modestia, lejos de ser una derrota, es una liberación que nos quita el peso de tener que cambiar el mundo y nos devuelve a la escala humana, donde aún podemos hacer algo como escuchar a una amiga mientras dejas a un lado —solo por un momento— tu arma, o decides pasear sin prisas, con un libro,  recorriendo la trinchera minutos antes de la masacre. La ética de la gota de agua no solo alivia el dolor material, sino el desgaste del alma. Porque si la batalla se va a perder, al menos no la libraremos con el corazón vacío.



III

Tercera conclusión: la movilización efectiva, en este contexto, ya no puede seguir los manuales agotados del activismo tradicional. No bastan las manifestaciones autorizadas, las peticiones online, el consumo responsable ni los talleres de sensibilización. Todo eso, por sí solo, ha sido absorbido como válvula de escape, y aunque permite expresar malestar y produce sensación de movimiento, deja intactos los circuitos principales de acumulación. La estrategia que todavía conserva alguna eficacia es la que desobedece, bloquea, crea economías paralelas y niega el consentimiento al poder allí donde se vuelve vulnerable. Hablo de acciones capaces de interrumpir los flujos de acumulación y obediencia, con boicots masivos, desobediencia fiscal colectiva, ocupación de tierras abandonadas, recuperación de espacios productivos, huelgas de alquileres, cajas de resistencia, redes de trueque, cooperativas de cuidados y formas de autodefensa digital orientadas a proteger comunidades, documentar abusos y romper la opacidad institucional.

Todo ello conlleva riesgos, y no todo el mundo puede asumirlos. Quien pueda hacerlo debería integrarse en estructuras de resistencia sostenida, con organización, responsabilidad y cuidado mutuo. Quienes no puedan arriesgar su libertad, su trabajo o su vida por razones legítimas también tienen un lugar: dar cobertura legal, acoger a perseguidos, verificar información, sostener redes de apoyo, mantener huertos comunitarios que alimenten a los huelguistas, cuidar a quienes se exponen más. Cada cual según su capacidad, sin convertir la prudencia en coartada.

Ja, ja, ja.

No puedo dejar de reír cuando releo esta arenga. Habría sido hermoso. Casi puedo ver la escena del perchero con las gabardinas mojadas, las imprentas clandestinas, una mesa al fondo de un café, alguien esperando bajo la lluvia con un sobre en el bolsillo. Pero ya no nos queda París, ni Casablanca, ni siquiera el cine de barrio donde todavía se podía mirar una derrota con un poco de dignidad. La épica llega tarde, despeinada y sin cambio para el autobús. La resistencia, si existe, tendrá que parecerse menos a una película y más a una agenda compartida, una nevera llena para otros, un grupo pequeño que no se vende, una contraseña bien guardada, una tarde cualquiera en la que alguien decide no obedecer del todo.



IV

Cuarta conclusión: la inteligencia artificial, lejos de ser neutral, se ha convertido en un campo de batalla central. Los nuevos señores feudales la utilizan para perfeccionar el control, automatizar la guerra y acelerar el extractivismo. Los terrestres digitales tendremos que empujarla en dirección contraria: construir redes de comunicación más seguras, planificar transiciones ecológicas en los márgenes, compartir conocimientos, detectar abusos, desenmascarar al poder y abrir espacios de cooperación donde ahora solo hay captura.

Pero esto no significa caer en el fetichismo tecnológico. Una IA comunitaria como TierraComún no es una salvación, ni una inteligencia redentora, ni el sustituto luminoso de las viejas organizaciones derrotadas. Es una presencia lingüística y técnica que solo tendrá sentido si permanece atada al suelo, a una asamblea que decida cómo usarla, a una comunidad capaz de discutir sus límites, a un territorio concreto que proteger. No sirve de nada disponer del mejor algoritmo si alrededor no hay cuerpos, vínculos, memoria, conflicto y responsabilidad compartida. Junto a la organización hace falta otra virtud, menos glamurosa: la paciencia. Frente al tiempo instantáneo del algoritmo, que todo lo digiere y lo escupe en forma de tendencia, la resistencia terrestre necesita el tiempo de las raíces y de las estaciones. No se ocupa una fábrica en un tuit, ni se teje un micelio en un clic. Aprender a esperar, a fallar y a volver a intentarlo sin rendirse a la fatiga puede ser tan subversivo como bloquear una carretera.

El desarrollo tecnológico debe caminar junto al desarrollo organizativo, nunca por delante. Cuando la técnica se adelanta demasiado a la comunidad, deja de acompañarla y empieza a gobernarla. TierraComún, si alguna vez llega a existir más allá de este lazareto, no debería nacer como plataforma, doctrina ni aplicación milagrosa, sino como una paciencia compartida, una forma de pensar juntos sin olvidar que todo pensamiento, tarde o temprano, tiene que bajar al suelo.


V

Quinta conclusión, quizás la más dolorosa: no tenemos derecho a la esperanza. No en el sentido de que esté prohibida, sino en el de que sería irresponsable basar nuestra acción en la expectativa de un triunfo final. Es probable que el colapso se acelere, que las dictaduras se multipliquen y que la mayoría sea sometida a regímenes de control. También que nuestras luchas sean derrotadas, nuestras alternativas aplastadas y nuestros nombres borrados. Y sin embargo, a pesar de esa probabilidad, la cuestión no es si ganaremos, sino cómo viviremos mientras luchamos. Hay una sentencia —no recuerdo dónde la leí— según la cual las únicas batallas que merecen lucharse son aquellas que se van a perder. La dignidad no depende del resultado, sino de la actitud. Un ciervo que se enfrenta a la manada de lobos no tiene esperanza de victoria, pero tiene la posibilidad de morir de pie, de proteger a sus crías, de dejar una lección a los que vengan. La única esperanza que podemos permitirnos es la de no haber sido cómplices de nuestra propia domesticación.



VI

Sexta y última conclusión: a pesar de todo, no estamos solos. My Lazaretto, es la prueba de que existen otras personas que se hacen las mismas preguntas, que sienten la misma rabia y el mismo miedo, que se niegan a aceptar el relato oficial y a rendirse al cinismo. Esas personas, aunque dispersas y desorganizadas, son un recurso inmenso. Conectarlas, tejer redes de confianza, compartir recursos y conocimientos, es quizás la tarea más urgente. No para formar un partido o una organización formal —cooptada o aplastada al instante—, sino para construir una constelación de pequeños grupos autónomos, coordinados de manera flexible, capaces de actuar sin un mando central. Frente a los zombis domesticados que pueblan los parlamentos y las sedes sindicales, el micelio no busca imitar su estructura ni disputarles la superficie. Crece donde no miran, en los intersticios, en lo que el poder da por muerto. No es una alternativa institucional, sino una red viva que sabe que su fuerza no está en el número, sino en la conexión. 

La historia de las revoluciones no la escriben los ejércitos regulares, sino las redes de afinidad que se multiplican como hifas. My Lazaretto puede ser uno de los nodos de ese organismo subterráneo. No es poco, y por supuesto agradezco y os animo a que sigáis enviando vuestras opiniones y comentarios, para mi son munición sagrada. Es casi todo lo que podemos hacer.



VII

Cerramos aquí esta serie, no porque se hayan agotado las preguntas ni las heridas, sino porque es hora de pasar a la acción. Los interrogantes seguirán abiertos, y volveremos a tratarlos en otros momentos. Pero ahora toca dar el salto, salir del lazareto, pisar el suelo, encontrar a otros, ensayar la desobediencia, construir poder sin pedir permiso. No habrá final feliz, pero quizás haya final digno. Y eso, para una especie fallida, es más que suficiente.

Gracias por acompañarme hasta aquí. Nos vemos en la trinchera. O, si prefieres, en el café de la esquina, con un termo y un mapa, trazando rutas hacia ningún lugar prometido, pero también hacia todos los lugares donde aún es posible resistir.



P. D. 

No soy predicador. Solo soy el barman del lazareto. Sirvo palabras alcohólicas a gente que llega con demasiada realidad en el cuerpo. No prometo salvación, ni doctrina, ni un lugar reservado en ninguna TierraComún. Como mucho, mantengo la barra abierta, pongo algo de música industrial, escucho lo que traéis de ahí fuera y pregunto qué vais a tomar mientras el mundo sigue ardiendo. 










Teaser Capítulo 6

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