Heridas. Capítulo III: TierraComún
I
El capítulo anterior terminó ante dos heridas que todavía no sabemos medir. La quinta abría la posibilidad de una inteligencia artificial consciente. La sexta devolvía la mirada hacia el suelo, hacia los minerales, la energía, el agua y los límites físicos que toda promesa tecnológica suele relegar al margen. TierraComún nace del seísmo entre ambas. Es un proyecto que llevo algún tiempo madurando, formado por principios, decisiones técnicas y experiencias comunitarias que ya aparecen, dispersas y todavía frágiles, en distintos lugares del mundo. No ofrece una utopía terminada ni un manual listo para aplicarse. Se parece más a un mapa incompleto, trazado con prácticas existentes y preguntas que la urgencia ecológica vuelve cada vez menos aplazables.
La cuestión que orienta ese mapa puede formularse con facilidad, aunque responderla obliga a desmontar buena parte de la infraestructura económica y política que sostiene la inteligencia artificial actual. ¿Podemos construir una IA ajena al extractivismo, al crecimiento infinito y a las nuevas formas de control feudal, capaz de intervenir en favor de la transición ecológica, la justicia social y un decrecimiento decidido democráticamente? Creo que sí, siempre que renunciemos de antemano a la fantasía de una inteligencia ilimitada. TierraComún tendría que ser local, frugal, reparable y contenida por reglas que no pudiera rebasar. Su tarea consistiría en ayudar a mantener los flujos de materiales y energía dentro de los límites planetarios, sin convertir la vida en una variable que deba optimizarse. Su medida de éxito no sería crecer, predecir más ni ocupar nuevas zonas de la experiencia, sino contribuir a que una comunidad pueda sostener una vida digna sin devorar las condiciones materiales que la hacen posible.
II
Para entender TierraComún conviene comenzar por una constatación que los debates sobre inteligencia artificial suelen esconder bajo capas de marketing y promesas futuristas. La IA actual no flota en una nube limpia e inmaterial. Se sostiene sobre centros de datos, redes eléctricas, sistemas de refrigeración, minas, fábricas de semiconductores, cables submarinos y una renovación acelerada de equipos. Cada respuesta que aparece en una pantalla arrastra una cadena material que comienza mucho antes de la consulta y continúa después de que el dispositivo haya sido desechado.
Los centros de datos consumieron en 2024 alrededor del 1,5 % de la electricidad mundial, y su demanda podría más que duplicarse antes de que termine esta década. A esa presión energética se añade el agua utilizada directa o indirectamente para refrigerar las instalaciones y producir los componentes electrónicos, justo cuando numerosas regiones viven bajo un estrés hídrico creciente. La infraestructura digital necesita también minerales escasos, procesos químicos complejos y cadenas de fabricación extendidas por varios continentes. Buena parte de la extracción, el ensamblaje y la gestión de los residuos se desplaza hacia territorios que reciben los daños ambientales y laborales sin participar en la misma medida de los beneficios económicos y tecnológicos.
La inteligencia artificial que hoy nos maravilla y nos inquieta forma parte de este metabolismo. Extrae materiales, electricidad, agua, datos y trabajo humano mientras concentra capacidad de cálculo, propiedad e infraestructura en un grupo reducido de empresas. Describirla únicamente como software borra el suelo excavado, la central eléctrica, la tubería y el vertedero que permiten su funcionamiento. TierraComún comienza precisamente allí, en la restitución de esa materia eliminada del relato. No ofrece una salida limpia ni una tecnología inocente, pero ensaya otra dirección posible, limitada por los territorios que la sostienen y por las consecuencias que deja tras de sí.
III
TierraComún comenzaría por sustituir la eficiencia como criterio dominante por una idea menos seductora para el mercado y bastante más difícil de aplicar, la suficiencia. Producir más con menos sigue dejando intacta la obligación de crecer. Cambian los consumos por unidad, pero la maquinaria continúa aumentando su escala hasta absorber cualquier ahorro conseguido. Una inteligencia suficiente partiría de otra pregunta. Cuánto hace falta realmente, durante cuánto tiempo y a costa de qué territorio.
En la agricultura no buscaría extraer el máximo rendimiento de cada hectárea, sino ayudar a organizar rotaciones, descansos y asociaciones de cultivos capaces de conservar la fertilidad del suelo. En el transporte podría coordinar desplazamientos y consolidar cargas, pero también señalar qué trayectos son evitables y qué necesidades podrían resolverse cerca. Aplicada a la educación, su función no consistiría en acelerar contenidos para fabricar estudiantes más productivos. Debería dejar espacio para la comprensión lenta, la discusión, el cuidado y las capacidades que permiten vivir con otros sin convertir cada aprendizaje en una inversión económica.
Ese principio material perdería toda fuerza si la infraestructura siguiera perteneciendo a las mismas empresas que viven de ampliar la demanda. TierraComún tendría que sostenerse mediante distintas formas de propiedad común y gobierno democrático, adaptadas a cooperativas, municipios, barrios, comunidades rurales o redes de instituciones públicas. Las decisiones sobre objetivos, límites y usos no podrían quedar encerradas en un departamento técnico. Quienes diseñaran y mantuvieran el sistema tendrían que explicar sus elecciones, responder por sus consecuencias y aceptar que una asamblea pudiera detener una función considerada innecesaria, invasiva o demasiado costosa.
La frugalidad computacional obligaría a trabajar con modelos ajustados a tareas concretas, capaces de ejecutarse en equipos reparables y de bajo consumo. Siempre que fuera viable, los datos permanecerían en el territorio que los produce. El aprendizaje federado, el procesamiento local y otras formas de cálculo distribuido podrían reducir la acumulación centralizada, aunque no eliminarían por sí solos los riesgos de vigilancia, filtración o captura. Cada comunidad tendría que decidir qué información comparte, con quién y bajo qué condiciones, sin confundir apertura con exposición indiscriminada.
La transparencia tampoco significaría publicar todos los datos ni convertir la intimidad colectiva en un archivo accesible. El código, los criterios de decisión, los consumos, las fuentes de entrenamiento y los responsables de cada modificación deberían ser auditables. Los datos personales, los saberes sensibles y la información que pudiera dañar a una comunidad necesitarían distintos niveles de protección. La huella energética y material del sistema tendría que permanecer visible, asociada a cada proceso, para que una consulta dejara de parecer gratuita y el coste ecológico entrara en la decisión de usarla.
Una arquitectura coherente con estos principios se parecería menos a un gran cerebro remoto que a una constelación irregular de infraestructuras locales. Pequeños servidores comunitarios podrían asumir tareas delimitadas, comunicarse mediante protocolos distribuidos y sincronizar modelos sin trasladar continuamente los datos originales. Algunas comunidades utilizarían modelos lingüísticos compactos, entrenados con materiales de dominio público y corpus relacionados con su territorio. Otras quizá necesitarían sistemas mucho más simples, capaces de clasificar consumos, anticipar necesidades de riego o coordinar una red de transporte vecinal.
El funcionamiento sin conexión constante debería formar parte del diseño desde el comienzo. TierraComún tendría que soportar enlaces inestables, interrupciones energéticas y equipos modestos, manteniendo las funciones esenciales en modo local y sincronizando solo cuando fuera necesario. Su arquitectura no aspiraría a estar presente en todas partes ni a responder a cualquier pregunta. Tendría que saber dónde termina su competencia, cuánto cuesta cada operación y cuándo la decisión debe regresar a las personas que habitan el territorio.
IV
¿Cómo tomarían cuerpo estos principios en una comunidad que decide emprender su transición? Pensemos en una cooperativa agroecológica asentada en un valle, con pequeñas huertas, ganadería extensiva, cursos de agua estacionales y un bosque comunal. TierraComún podría cruzar datos sobre suelos, lluvias, cultivos anteriores y presencia de polinizadores para proponer rotaciones que reduzcan el agotamiento de la tierra. También ayudaría a detectar tempranamente determinadas plagas y a comparar respuestas compatibles con las reglas ecológicas acordadas por la cooperativa, sin abrir la puerta a sustancias que esta hubiera decidido excluir. El sistema registraría niveles de humedad, reservas y previsiones meteorológicas para ajustar el riego a la disponibilidad real de agua, manteniendo visibles los límites del acuífero.
Su trabajo no acabaría en la parcela. Podría poner en relación excedentes y necesidades, localizar semillas disponibles, coordinar el uso compartido de herramientas o reunir pedidos para evitar desplazamientos innecesarios. Cada recomendación debería mostrar los datos utilizados, su margen de incertidumbre y los efectos previsibles sobre el suelo, el agua y la carga de trabajo. La decisión seguiría perteneciendo a quienes cultivan y conocen el valle, también cuando su experiencia contradijera el cálculo.
En un barrio periférico de una ciudad media, una red vecinal podría gestionar paneles solares, baterías y una pequeña turbina eólica mediante una infraestructura común. Antes de comenzar, la comunidad habría definido qué consumos deben quedar protegidos durante una caída de producción. Bombas de agua, equipos médicos, refrigeración de alimentos o iluminación de espacios compartidos ocuparían un lugar distinto al de los usos aplazables. TierraComún compararía la energía disponible con la demanda prevista y advertiría de los posibles desequilibrios. Ante una jornada con poco viento y baja radiación solar podría sugerir que ciertas tareas se desplazaran unas horas, sin ordenar a nadie cuándo debe encender una lavadora ni convertir la vida doméstica en una secuencia de obediencias algorítmicas.
Una escuela, una biblioteca o un centro social abrirían otro campo de trabajo. El sistema podría elaborar materiales a partir de los problemas y saberes del lugar, utilizando ejemplos cercanos para explicar agroecología, reparación, energía, movilidad o reducción de residuos. Un taller sobre agua no partiría de una definición genérica, sino del arroyo que atraviesa el municipio, de sus periodos de sequía, de las tuberías antiguas y de los consumos registrados en el barrio.
Durante una asamblea, TierraComún ayudaría a ordenar documentos, recuperar acuerdos anteriores y ofrecer distintas proyecciones. Podría calcular qué consecuencias tendría reducir determinadas importaciones alimentarias, rehabilitar un edificio o ampliar una línea de transporte colectivo. Esas simulaciones no entregarían una respuesta definitiva. Mostrarían supuestos, incertidumbres y posibles conflictos para que la comunidad discutiera con algo más que intuiciones aisladas. Incluso el seguimiento de los compromisos tendría que evitar la vigilancia individual. El sistema podría señalar que un acuerdo colectivo no avanza, pero no repartir culpas ni convertir la participación política en una tabla de rendimiento vecinal.
V
TierraComún puede sonar hermosa, y en parte lo es, pero ocultar sus contradicciones la convertiría en otra de esas utopías técnicas que prometen escapar del mundo mientras continúan alimentándose de él. Ninguna arquitectura digital queda fuera de la extracción, de las cadenas industriales o de las relaciones de poder que atraviesan su fabricación. Cambiar los fines no limpia automáticamente los materiales.
Incluso un sistema pequeño necesita procesadores, memoria, baterías, cables y dispositivos cuya producción depende de minerales críticos, fábricas altamente especializadas, grandes volúmenes de agua y circuitos logísticos extendidos por varios continentes. Una cooperativa puede cultivar sus alimentos, reparar una bomba o compartir herramientas, pero no fabricar un microprocesador detrás del invernadero. Esa dependencia obliga a abandonar cualquier fantasía de autosuficiencia completa. TierraComún tendría que trabajar con equipos ya existentes, prolongar su vida útil, favorecer la reparación, reutilizar componentes y reducir las renovaciones al mínimo técnicamente necesario. La recuperación de metales procedentes de residuos electrónicos aliviaría parte de la presión extractiva, aunque tampoco eliminaría los costes energéticos, químicos y laborales del proceso.
La cuestión no se resolvería trasladando fábricas de semiconductores a territorios más próximos. Una producción localizada puede reducir ciertas dependencias geopolíticas, pero no se vuelve circular o justa por el simple hecho de cambiar de coordenadas. Harían falta controles públicos, derechos laborales, límites hídricos, trazabilidad de los materiales y una reducción real de la demanda. TierraComún seguiría habitando una contradicción material que no puede cancelar, solo hacer visible y reducir.
Otro límite aparece en el conocimiento necesario para mantener la infraestructura. No todas las comunidades cuentan con personas capaces de administrar servidores, proteger redes, actualizar modelos o detectar fallos. Allí donde ese saber falta, la autonomía puede convertirse rápidamente en una nueva dependencia, esta vez respecto de técnicos externos, consultoras o instituciones que terminan decidiendo por quienes deberían gobernar el sistema. La formación, la documentación accesible y las redes de acompañamiento serían indispensables, aunque nunca eliminarían por completo la asimetría entre quienes comprenden la arquitectura y quienes deben confiar en ella.
La presión más fuerte llegaría probablemente desde las plataformas comerciales. Sus servicios parecen gratuitos, funcionan con pocos gestos y evitan a los usuarios la incomodidad de gobernar la infraestructura que utilizan. TierraComún no podría igualar esa facilidad sin reproducir buena parte de su lógica. Exigiría tiempo, reuniones, mantenimiento, aprendizaje y conflicto. Para un agricultor cansado después de una jornada de trabajo, abrir una aplicación comercial siempre será más sencillo que participar en la gestión de un sistema comunitario.
La ética, por sí sola, no vence esa diferencia. Haría falta una pedagogía del poder capaz de mostrar qué se entrega a cambio de la comodidad, cómo se construye la dependencia y quién puede modificar las condiciones del servicio sin consultar a nadie. El precio de una plataforma no se paga únicamente con datos. También se paga perdiendo conocimientos, capacidad de decisión y alternativas, hasta que abandonar el sistema parece más costoso que permanecer dentro.
El aislamiento constituye otro peligro. Una experiencia local puede funcionar durante un tiempo y desaparecer cuando falla un equipo, se marcha la persona que lo mantenía o cambian las prioridades políticas. Para resistir, TierraComún necesitaría conectarse con otras iniciativas, compartir protocolos, conocimientos, recursos y mecanismos de apoyo. Esa red no debería convertirse en un nuevo centro que dictara soluciones uniformes, sino en una infraestructura de cooperación capaz de sostener diferencias territoriales.
Solo entonces el proyecto podría adquirir una escala política. No la escala de una plataforma que invade cada ámbito de la vida, sino la de un movimiento compuesto por nodos autónomos, instituciones comunes, fondos solidarios y acuerdos abiertos. Su supervivencia dependería menos de crecer que de aprender a enlazarse sin quedar absorbido por aquello contra lo que nació.
VI
A pesar de estas contradicciones, TierraComún sigue pareciéndome necesaria. No reemplazará en un futuro próximo a las grandes plataformas ni podrá ofrecer la misma amplitud de servicios, velocidad o comodidad. Su valor está en otro lugar. Permitiría ensayar una relación con la inteligencia artificial en la que la extracción de datos, la acumulación de capital y el consumo creciente de recursos dejaran de funcionar como condiciones invisibles e inevitables. Frente a unas infraestructuras digitales cada vez más concentradas, incluso una experiencia pequeña puede abrir una zona de decisión que todavía no haya sido cedida.
El proyecto tampoco surge de un vacío teórico. En Indonesia, Common Room trabaja desde 2019 en redes de acceso a internet construidas y gestionadas con participación de comunidades rurales, acompañadas por procesos de formación y apropiación tecnológica. En Kenia, Tanda Community Network impulsa desde Kibera iniciativas de conectividad, alfabetización digital y fortalecimiento del movimiento de redes comunitarias. En Sudáfrica, Zenzeleni ha desarrollado modelos cooperativos de acceso a internet y ha estudiado el funcionamiento de seis redes para identificar sus dificultades técnicas, económicas y organizativas. Ninguna de estas experiencias constituye todavía TierraComún, pero todas demuestran que la infraestructura digital puede organizarse desde lugares distintos a la empresa centralizada.
A esas prácticas se suman componentes técnicos que ya existen. El software libre permite inspeccionar y modificar programas; el hardware abierto facilita ciertos grados de reparación y adaptación; el procesamiento local reduce algunos traslados de datos; los modelos pequeños pueden asumir tareas específicas con consumos inferiores a los grandes sistemas generalistas. El aprendizaje federado ofrece formas de colaboración sin reunir toda la información en un único depósito, aunque introduce sus propios riesgos y complejidades. Las piezas están disponibles, pero todavía no forman por sí solas una arquitectura coherente. Integrarlas requeriría financiación estable, conocimiento técnico, instituciones responsables y una comunidad dispuesta a gobernar algo que las plataformas comerciales entregan ya empaquetado.
Las posibilidades de TierraComún son frágiles. Pueden fracasar por falta de recursos, por cansancio, por conflictos internos o porque la facilidad de los servicios corporativos termine imponiéndose. Reconocerlo no obliga a abandonar el proyecto. Obliga a medirlo sin la retórica de la solución definitiva y a aceptar que quizá solo pueda sostener enclaves parciales de autonomía.
La alternativa tampoco es neutral. Dar por inevitable la concentración tecnológica significa permitir que unas pocas empresas definan las infraestructuras, los costes materiales y los márgenes de decisión de sociedades enteras. La dependencia no llega de golpe. Se instala mediante contratos, interfaces cómodas, hábitos difíciles de abandonar y servicios cuya verdadera factura aparece cuando ya no existe una salida sencilla.
TierraComún recuperaría una parte modesta de esa capacidad perdida. Quizá no revierta el sistema ni detenga por sí sola el deterioro ecológico, pero puede permitir que una cooperativa conserve sus datos, que un barrio decida sobre su energía o que una comunidad conozca el coste material de sus cálculos. Esa escala parece pequeña únicamente cuando se contempla desde la altura de las plataformas.
Los márgenes poseen además una cualidad que el centro suele despreciar. Conservan técnicas, vínculos y conocimientos que parecen redundantes mientras el sistema funciona. Cuando llegan una interrupción energética, una sequía, una guerra o la retirada repentina de un proveedor, aquello que parecía atrasado o marginal puede convertirse en infraestructura de supervivencia. TierraComún no sería un faro esperando el colapso, sino una red de luces bajas, repartidas y reparables, encendidas antes de que falle la corriente.
TIERRA DE ELLOS
Advertencia preliminar
El texto anterior que acabas de leer es un ejercicio político. Lo he escrito para demostrar con qué facilidad se puede levantar una arquitectura de optimismo bien razonado, con sus principios, sus casos de uso, sus contradicciones confesadas a medias y su mirada puesta en un horizonte de redención ecológica. Todo estaba dispuesto para resultar verosímil, deseable incluso. Y ese es exactamente el problema: la falacia no está en los detalles técnicos, sino en la premisa misma de que existe un camino dentro del sistema para construir una inteligencia artificial que escape a su lógica.
TierraComún existe. No es solo una hipótesis de laboratorio. Existe como plataforma, como espacio de activismo, como lugar donde personas reales invierten tiempo, energía y esperanza. Y esa existencia no invalida la crítica; la confirma. Porque demuestra que el mecanismo no es una especulación académica, sino una dinámica perfectamente engrasada, construir refugios simbólicos donde la gente buena pueda sentir que hace algo mientras el poder real sigue intacto. La plataforma de activista es el grado más refinado de la impotencia organizada, tiene código, comunidad, principios, pero no tiene capacidad de romper la cadena del litio, ni de disputar el control de las fundiciones, ni de torcer el brazo a los dueños de la nube.
La trampa del remiendo ecológico
TierraComún se presenta con la humildad del que no ofrece una utopía terminada, pero esa modestia es su primera coartada, porque lo que realmente propone no es una alternativa al extractivismo digital sino una versión amable del mismo monstruo, maquillada con retórica comunitaria, suficiencia y escala local. Es la fantasía de una inteligencia artificial que se disculpa por existir, que pide permiso, que promete no crecer mientras sigue necesitando litio, cobalto, tierras raras, centros de datos, cableado submarino y una cadena global de explotación que ninguna asamblea vecinal puede desmantelar.
El propio texto lo admite sin ambages: «Una cooperativa puede cultivar sus alimentos, reparar una bomba o compartir herramientas, pero no fabricar un microprocesador detrás del invernadero.» Ahí está la confesión que invalida todo lo demás. TierraComún no escapa del extractivismo; lo aplaza, lo miniaturiza y lo vuelve doméstico para tranquilizar la conciencia del activista del Norte global que escribe código abierto desde su valle agroecológico. Mientras tanto, los socavones siguen abiertos, las fundiciones encendidas, las rutas logísticas intactas y las jerarquías coloniales que deciden quién extrae, quién ensambla y quién utiliza la tecnología permanecen exactamente igual. Solo cambia la etiqueta.
Decir que la solución pasa por «equipos ya existentes», «prolongar la vida útil» y «recuperar metales» es una ingenuidad o una mentira piadosa. El hardware se degrada, los chips se fríen, los componentes se vuelven incompatibles, y la minería necesaria para reponerlos no se vuelve justa por el hecho de que un municipio la declare de utilidad social. No hay microprocesador sin fundición de alta pureza, ni panel solar sin polisilicio, ni batería sin litio extraído de salares donde se evaporan millones de litros de agua en ecosistemas al borde del colapso. Cada uno de esos procesos es intensivo en energía, tóxico, opaco y está controlado por los mismos actores que TierraComún finge sortear.
El espejismo de la descentralización
La descentralización que predica es una ilusión óptica. Una red de pequeños servidores comunitarios no elimina la dependencia técnica, simplemente la desplaza hacia un estrato todavía más precario. Queda sin resolver quién mantiene el firmware de esos equipos, quién audita el código base, quién corrige las vulnerabilidades de seguridad o quién entrena los modelos aunque sean compactos. Si la respuesta es «la comunidad», estamos ante otra forma de voluntariado que ignora las asimetrías de conocimiento, tiempo y poder. El agricultor cansado que menciona el texto no va a auditar un modelo de aprendizaje federado; delegará en quien sepa hacerlo, y esa delegación reconstruye la autoridad técnica que se pretendía abolir. La asamblea decidirá sí o no, pero sobre opciones que otros han diseñado, entrenado y parametrizado. La jaula de hierro sigue ahí, solo que ahora tiene barrotes de madera certificada.
La gestión algorítmica del decrecimiento
Hay algo todavía más turbio en el corazón de TierraComún, y es su vocación de gestionar la escasez con rostro humano. El sistema «no ordenaría a nadie cuándo debe encender una lavadora», pero sugeriría desplazar ciertas tareas, advertiría de desequilibrios, mostraría límites y calcularía consecuencias. Es la misma lógica del nudge neoliberal vestida de artesanía digital donde no se prohíbe, se conduce la conducta. La decisión «sigue perteneciendo a quienes cultivan y conocen el valle», pero dentro de un marco de opciones predefinido por un sistema que ya ha establecido qué es suficiente, qué es excesivo y qué es aplazable. No estamos ante el poder popular, sino ante la gestión algorítmica del decrecimiento, que reparte escasez sin tocar las estructuras que la producen. La lavadora sigue siendo un electrodoméstico cuya fabricación dependió de minas y fábricas lejanas; el sistema no cuestiona eso, solo administra su uso para que la culpa no recaiga sobre el capital sino sobre los hogares que no supieron coordinarse.
El texto asegura que TierraComún «no convertiría la participación política en una tabla de rendimiento vecinal», pero todo en su arquitectura apunta a lo contrario: mediría consumos, registraría acuerdos, evaluaría su cumplimiento y proyectaría consecuencias. Eso es una tabla de rendimiento con otro nombre. La única diferencia estriba en que no la manejaría una corporación sino el consenso vigilante de la propia comunidad, una forma de control a menudo más asfixiante porque se ejerce sin mediaciones, sin anonimato y sin escapatoria.
La coexistencia imposible
El mayor de los fraudes consiste en imaginar que una infraestructura así puede coexistir con las plataformas comerciales mientras «abre zonas de decisión». Esa convivencia es imposible por definición, porque las plataformas no compiten solo en comodidad sino en escala, en capital y en capacidad de absorber cualquier práctica alternativa para convertirla en una funcionalidad desactivada o en un nicho de mercado. Si TierraComún funciona, será irrelevante. Si se vuelve relevante, será fagocitada, regulada hasta desaparecer o integrada como una capa más del ecosistema extractivo. La historia de internet está plagada de protocolos abiertos, comunidades federadas y redes autónomas que terminaron siendo la base gratuita sobre la que se edificaron imperios comerciales. No hay razón para creer que esta vez será distinto, salvo la fe del converso.
La profecía del colapso como coartada
El colmo de la ceguera es afirmar que los márgenes poseen «una cualidad que el centro suele despreciar» porque conservan técnicas y conocimientos que serán útiles cuando llegue el colapso. Eso no es una estrategia política, sino una profecía autocumplida disfrazada de resiliencia. TierraComún acepta el colapso como horizonte y se dedica a construir botes salvavidas para quienes puedan permitírselos. Quienes no tengan cooperativa, ni valle, ni técnicos, ni tiempo para asambleas quedarán fuera, a merced de las mismas plataformas y del mismo extractivismo que el texto denuncia. La «red de luces bajas, repartidas y reparables» no ilumina un camino de transformación; ilumina el refugio de unos pocos mientras el resto del mundo se apaga.
Lo que TierraComún oculta
Lo que este proyecto oculta bajo su lenguaje de cuidado y límite es una renuncia, la renuncia a confrontar el poder allí donde reside. No se enfrenta a las empresas que controlan la nube, no cuestiona la propiedad de las patentes, no organiza a los trabajadores de las cadenas de suministro y no propone expropiaciones, ni rupturas, ni conflictos distributivos reales. Propone, en cambio, que la gente buena haga sus propios servidores, entrene modelos pequeños con datos locales y decida democráticamente cómo gestionar su irrelevancia mientras el metabolismo del capital sigue girando, indiferente, a escala planetaria.
TierraComún no es una alternativa, sino la domesticación de la crítica. Es la inteligencia artificial que no quiere crecer porque ya ha aceptado su propia impotencia, pero esa modestia no es sabiduría sino complicidad con la derrota, la forma que adopta el conformismo cuando todavía necesita sentirse radical. La IA que necesitamos no es la que aprende a renunciar, sino la que no debería existir si su existencia exige sacrificar regiones enteras a la minería, vaciar acuíferos para refrigerar servidores y perpetuar las mismas cadenas de suministro coloniales que llevan siglos desangrando el Sur global. Cualquier intento de hacerla «comunitaria» sin romper antes esas cadenas es cosmética, y la cosmética, cuando se aplica a un cadáver, solo sirve para que el velatorio parezca más digno.
Cuando la trampa tiene página de inicio
TierraComún no es una ficción ni un experimento mental para mostrar cómo se construye una falacia optimista. Es una plataforma que existe, con código, repositorios, comunidad y manifiestos. Y esa existencia, lejos de desmentir la crítica, la convierte en urgente, porque lo que existe no es una alternativa al extractivismo digital sino un espacio de activismo donde personas bienintencionadas invierten su tiempo, su conocimiento y su esperanza en construir un remiendo que deja intacto el desgarro. La plataforma no es un error de cálculo ni un primer paso hacia algo más ambicioso, sino la forma más depurada de la derrota organizada, un lugar donde la crítica al poder se transforma en gestión de la propia impotencia.
Hay que mirarlo de frente. La plataforma permite discutir protocolos, afinar modelos pequeños, trazar mapas de servidores comunitarios y redactar principios de gobernanza. Todo eso es actividad, produce código, reuniones y documentos, pero no produce un solo gramo de poder real frente a quienes controlan las minas, las fundiciones, las patentes, los cables submarinos, las nubes y los estados que las protegen. La actividad es intensa y el efecto es nulo.
Esa es la trampa perfecta. Un espacio donde la crítica radical se convierte en pasatiempo técnico, donde la urgencia de romper cadenas se disuelve en debates sobre qué modelo de aprendizaje federado es más coherente con los principios de la suficiencia, donde la rabia contra el extractivismo se aplaca diseñando interfaces para que una cooperativa gestione sus datos. Todo muy hermoso, muy participativo, muy horizontal y completamente irrelevante para el metabolismo del capital, que sigue excavando, fundiendo, ensamblando y agotando el planeta. El activista que mantiene TierraComún probablemente siente que está haciendo algo, y en efecto lo está haciendo: está manteniendo ocupada su propia conciencia crítica en una tarea que no amenaza a nadie, está construyendo la jaula mientras discute el color de los barrotes, está generando una comunidad que gira alrededor de su propia incapacidad para tocar el poder allí donde reside.
Lo más tenebroso del asunto es que la plataforma no fracasará, ni será prohibida, ni perseguida, ni desmantelada, simplemente porque no molesta, no interfiere y no disputa nada que los dueños de la infraestructura real consideren valioso. Puede crecer, sumar nodos, publicar manifiestos y organizar encuentros mientras sigue siendo irrelevante para el capital, que no necesita destruir lo que no le disputa el control. En esa irrelevancia consentida, la plataforma presta un servicio involuntario demuestra que la disidencia se puede canalizar, que la crítica se puede domesticar y que la esperanza se puede gestionar. La existencia de TierraComún como plataforma activista es la prueba definitiva de que el proyecto no busca romper nada, sino encontrar un lugar donde estar mientras todo se rompe, el refugio simbólico de quienes necesitan creer que todavía se puede hacer algo sin tener que enfrentarse a los verdaderos dueños. Y los verdaderos dueños, mientras tanto, no necesitan ni siquiera vigilar ese espacio, porque saben que no saldrá de allí ninguna amenaza y que la energía que podría estar organizando conflicto, sabotaje, expropiación o ruptura se está consumiendo en elegir la versión más frugal de un modelo de lenguaje.
A esto se reduce TierraComún, no a una alternativa, sino a una coartada; no a un camino, sino a una espera; no a una herramienta de emancipación, sino a la forma que adopta la conciencia crítica cuando ha renunciado a vencer y solo aspira a tener razón mientras todo arde. La plataforma existe, y su existencia es el mayor argumento contra ella.
PD
Este ejercicio de demolición no ha sido un mero desahogo nihilista, sino un intento de aplicar lo que Eudald Espluga, en su imprescindible Imaginar el fin, reivindica como «imaginación apocalíptica». Se trata de una forma de mirar de frente el colapso que no se limita a la denuncia estéril ni a la ensoñación utópica, sino que toma «radicalmente en serio la idea de que otro fin del mundo es posible». Espluga nos recuerda que el Apocalipsis original no solo anuncia la catástrofe, sino también el cumplimiento, el fin del mundo y la inauguración de algo nuevo al mismo tiempo. Desear «otro fin del mundo posible» es, en su literalidad, desear el fin del mundo, pero también reconocer que el fin del capitalismo será, al mismo tiempo, el fin de este mundo que conocemos. Con TierraComún hemos utilizado precisamente esa imaginación apocalíptica para discernir que un proyecto que se presenta como alternativa puede ser, en realidad, una trampa que aplaza el verdadero fin. Porque el fin del extractivismo digital no llegará construyendo servidores comunitarios con buenos principios, sino rompiendo las cadenas que los atan a las mismas minas, las mismas fundiciones y los mismos dueños de siempre. Lo demás, parafraseando al autor, es olvidar que el Apocalipsis no es solo el desastre, sino también la posibilidad de una comunidad nueva. TierraComún, en cambio, ni siquiera es distopía crítica, sino la vieja utopía del activismo que se conforma con tener razón mientras todo arde.
Y no olvides que si te siguen doliendo las heridas, las puertas de My Lazaretto siempre estarán abiertas.





















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