Heridas. Capítulo IV. El Anti TierraComún: por qué Palantir es el señor feudal que necesitas conocer (y que tú, sin saberlo, ya sirves).
I
El capítulo anterior terminó con una declaración tan crepuscular como cierta. TierraComún, esa inteligencia artificial comunitaria, frugal, democrática, orientada a la suficiencia y al cuidado de los ecosistemas, no es una alternativa viable al extractivismo digital. En el mejor de los casos, es un ejercicio político bienintencionado; en el peor, una trampa que canaliza la disidencia hacia tareas irrelevantes mientras el poder real sigue intacto. No existe microprocesador fabricado en una cooperativa, ni servidor comunitario que no dependa de cadenas globales de minerales, ni asamblea vecinal capaz de disputar el control de las fundiciones, los cables submarinos o las patentes. TierraComún es imposible.
Entonces, ¿qué queda? Queda Palantir. Porque si el sueño de una inteligencia artificial al servicio de las comunidades es irrealizable, su pesadilla, una inteligencia artificial al servicio de la guerra, la deportación y el control, no solo es realizable, sino que ya está en marcha, bien financiada, bien armada y perfectamente integrada en las estructuras de poder del siglo XXI. Palantir es el Anti TierraComún no porque sea lo opuesto a un proyecto posible, sino porque es lo opuesto a un proyecto imposible. Esa asimetría es crucial: lo que falla al construirlo desde abajo y con buenos principios, triunfa al imponerlo desde arriba y sin escrúpulos. El señor feudal algorítmico es viable; la comuna digital no. Conocer a Palantir no sirve para oponerle una alternativa que ya sabemos que no puede competir, sino para entender qué clase de mundo estamos construyendo mientras discutimos los principios de la suficiencia. Este capítulo desentraña quiénes son, qué hacen, por qué encarnan el tecnofeudalismo más depurado, qué revela su reciente manifiesto, y por qué su dominio no es una contingencia sino la consecuencia lógica de un sistema donde la utopía comunitaria está condenada a la irrelevancia. No es un capítulo de esperanza fácil. Es un diagnóstico frío.
II
Fundada en 2003 con el respaldo financiero de In-Q-Tel, el brazo inversor de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, Palantir se especializa en el análisis masivo de datos y la inteligencia artificial aplicada a la industria militar y de la guerra. Su nombre, que remite a las «piedras videntes» del legendarium de Tolkien, no podría ser más adecuado: sus herramientas prometen verlo todo, conectar todos los puntos y revelar patrones ocultos en inmensos volúmenes de información que ningún humano podría procesar por sí mismo. Nació como un brazo tecnológico de la «guerra contra el terrorismo» impulsada por la administración Bush después del 11 de septiembre, y desde entonces no ha dejado de expandirse hasta convertirse en un pilar central del complejo militar-industrial del siglo XXI, con una facturación que supera los 2.865 millones de dólares y una plantilla de casi tres mil empleados. Sus dos productos estrella son Gotham, diseñado para agencias de inteligencia y defensa, y Foundry, orientado al análisis de datos empresariales y gubernamentales. En ambos casos el principio es el mismo: ingerir cantidades ingentes de datos de fuentes muy diversas, desde interceptaciones de comunicaciones hasta redes sociales, pasando por historiales médicos o de transporte, y aplicar algoritmos de inteligencia artificial para generar perfiles, predicciones y recomendaciones de actuación. Mientras que TierraComún soñaba con servidores comunitarios alimentados por energías renovables, Palantir construye centros de datos que consumen tanta electricidad como ciudades enteras. Mientras que aquel proponía asambleas mixtas para deliberar sobre los objetivos, este es gobernado por un puñado de multimillonarios falsamente auto denominados libertarios. La utopía no podía sostenerse; la distopía, en cambio, crece cada año.
III
En los círculos de derechos civiles y vigilancia tecnológica, Palantir es conocida como «la empresa tecnológica más peligrosa de la que quizás nunca hayas escuchado». La razón es que sus herramientas no se limitan a analizar información, sino que se utilizan activamente para tomar decisiones letales sobre personas concretas. El contrato más controvertido es el que mantiene con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE), que utiliza la herramienta ELITE de Palantir para localizar direcciones probables de personas con órdenes de deportación, rastrear sus movimientos y planificar redadas masivas. En 2023, la agencia otorgó a Palantir un contrato de treinta millones de dólares para desarrollar un software con inteligencia artificial destinado a monitorizar, rastrear y facilitar las deportaciones de la comunidad migrante, y lo hizo sin un proceso de licitación competitivo, alegando una «necesidad urgente y apremiante» y afirmando que «Palantir es la única fuente capaz de proporcionar las capacidades solicitadas sin causar retrasos inaceptables». La controversia no se limita a las fronteras de Estados Unidos. Diversas investigaciones periodísticas y organizaciones de derechos humanos han documentado cómo el ejército israelí utiliza la tecnología de Palantir para explotar grandes cantidades de datos recogidos de redes sociales, aplicaciones de mensajería, llamadas telefónicas y servicios de localización en Gaza, con el fin de identificar objetivos y planificar ataques. El propio consejero delegado de Palantir, Alex Karp, se ha declarado «orgulloso de poder ayudar a Israel en todo lo que podamos», y otros ejecutivos de la compañía han comparado su trabajo con el Pentágono con el Proyecto Manhattan que desarrolló las bombas atómicas. No es una metáfora menor: están equiparando su software de análisis de datos con la capacidad de destrucción masiva. En Ucrania, la compañía también ha estrechado lazos con el gobierno de Volodímir Zelenski para «implementar la inteligencia artificial en la guerra», como declaró el ministro de Defensa ucraniano, Mijailo Fedorov, durante una reunión de alto nivel en Kiev en mayo de 2024.
IV
Pero Palantir no solo actúa en conflictos armados convencionales o en la represión migratoria; su software también se utiliza en la vigilancia interna de la población civil en Estados Unidos y otros países. Amnistía Internacional ha documentado cómo las herramientas de Palantir, junto con las de otras empresas como Babel Street, se emplean para rastrear a manifestantes propalestinos, a estudiantes internacionales y a solicitantes de asilo, en el marco de una iniciativa gubernamental denominada «Atrapar y revocar» que combina el monitoreo de redes sociales con el rastreo automatizado de visados y la evaluación de riesgos mediante inteligencia artificial. El resultado es un sistema de puntuación y clasificación de personas que determina quién es sospechoso, quién es peligroso y quién merece ser deportado, detenido o castigado, todo ello sin intervención humana significativa, con escasas garantías procesales y un enorme potencial discriminatorio. Por eso la AFSC (American Friends Service Committee) califica a Palantir como «una compañía armamentística disfrazada de empresa emergente de software». Este es el retrato del señor feudal algorítmico. No especula con el futuro: opera en el presente. Y a diferencia de las quimeras comunitarias, su cadena de suministro, minerales, fabricación, energía, logística, no solo existe, sino que es la misma que alimenta al resto del capitalismo digital. La diferencia es que Palantir no pide permiso ni se disculpa.
V
Para entender por qué Palantir encarna el tecnofeudalismo con tanta precisión, y por qué este sí es un sistema viable, conviene recordar la teoría de Yanis Varoufakis. El economista griego sostiene que el capitalismo ha muerto y que lo que lo ha matado es el propio capital y los cambios tecnológicos de las últimas dos décadas, que han actuado como un virus para disolver sus estructuras tradicionales. En su lugar ha surgido el tecnofeudalismo, un sistema en el que los mercados han sido reemplazados por plataformas digitales que funcionan como feudos de las grandes tecnológicas, y donde la generación de beneficios ha dado paso a la extracción de rentas, es decir, a la capacidad de cobrar tributos a los usuarios sin ofrecer nada a cambio más que el acceso a la propia plataforma. Palantir no es una plataforma de consumo como Amazon o Meta; sus «siervos» no son usuarios individuales sino Estados y ejércitos que quedan atrapados en su dependencia. Sin embargo, la analogía funciona en lo esencial: su software es un feudo cerrado, propietario, opaco y carísimo que, una vez implantado en una agencia gubernamental, resulta muy difícil de sustituir, el conocido vendor lock-in. Genera rentas continuas para sus accionistas mientras explota los datos de ciudadanos y soldados enemigos sin rendir cuentas a nadie. Si aceptamos que el tecnofeudalismo describe un mundo de dependencias jerárquicas y extracción de valor sin contraprestación, entonces Palantir es su quintaesencia. ¿Por qué, entonces, Palantir no solo no desaparece sino que prospera pese a la evidencia de sus crímenes? Porque su negocio no vende software, sino impunidad. Sus contratos multimillonarios con agencias de defensa, inmigración y policía actúan como un escudo legal y financiero: cancelarlos implicaría para un gobierno admitir que durante años delegó la violencia y la discriminación en un algoritmo opaco e incontrolable. Además, Palantir cultiva deliberadamente la dependencia técnica y la captura regulatoria mediante una potente maquinaria de lobby en Washington, Bruselas y otros centros de poder. Mientras que TierraComún no podía ni siquiera fabricar un microprocesador, Palantir define los estándares de los centros de datos que usa el Pentágono. Mientras que aquel dependía de voluntarios y asambleas, este dispone de un ejército de ingenieros, abogados y lobistas. La asimetría no es solo de poder: es de ontología. Uno es un deseo; el otro, una certeza.
VI
Si hasta aquí Palantir podía ser considerado un actor poderoso pero discreto, en abril de 2026 la compañía decidió romper su propia regla de silencio y publicar un manifiesto político explícito. Bajo el título «La defensa de Occidente: un manifiesto para la era algorítmica», filtrado primero en foros de inteligencia y luego confirmado por la propia empresa, Palantir expone sin complejos su visión del orden mundial. No es un documento de marketing ni un libro blanco corporativo; es una declaración de guerra ideológica. Y, a diferencia de los manifiestos de TierraComún, este no es un ejercicio político para sentirse bien, sino un programa que ya se está ejecutando. El manifiesto se articula en cinco ejes, todos ellos directamente antitéticos a los principios que la utopía comunitaria no pudo sostener. Primero, la restauración del servicio militar obligatorio digital. Palantir propone un «deber universal de defensa» que no se limita a las armas convencionales, sino que incluye la participación ciudadana en redes de vigilancia y entrenamiento algorítmico. Argumenta que la próxima guerra no será solo de soldados, sino de datos, y que cada ciudadano debe contribuir con su información personal y su capacidad de cómputo. «La neutralidad tecnológica es una ilusión peligrosa», reza el texto. Segundo, la militarización total de la inteligencia artificial. Frente a los movimientos que piden una moratoria o una regulación ética de la IA, Palantir declara que «la única cuestión relevante no es si se construirán sistemas autónomos de combate, sino quién lo hará primero y con qué alianzas». Aboga por una nueva carrera armamentística algorítmica sin ataduras legales. Tercero, la jerarquía de culturas y sociedades funcionales. El manifiesto denuncia el «pluralismo vacío» de las democracias liberales y establece una clasificación: las sociedades se dividen en «funcionales», las que adoptan sin reservas la vigilancia masiva, y «disfuncionales», las que anteponen derechos civiles. Occidente solo sobrevivirá si abraza la primera categoría. Cuarto, la crítica a Silicon Valley por su blandenguería. Palantir carga contra Google, Meta y Microsoft acusándolas de tener una «deuda moral» por haber invertido en aplicaciones banales en lugar de poner su talento al servicio de la defensa nacional. Quinto, la legitimación de la deportación algorítmica como herramienta de orden civil. El documento defiende abiertamente que la inteligencia artificial debe ser el núcleo de los sistemas migratorios, permitiendo «identificar, clasificar y remover a poblaciones no asimilables». Utiliza un lenguaje clínico, «gestión de flujos de riesgo», «optimización de la composición demográfica», que recuerda a la eugenesia tecnológica. La publicación de este manifiesto convierte a Palantir en algo más que un contratista de defensa: es una fuerza política con aspiración hegemónica. Alex Karp y Peter Thiel han dejado de esconderse para reclamar abiertamente un mundo donde los algoritmos manden. Y lo más relevante para nuestro análisis: este mundo es perfectamente realizable. No requiere ninguna utopía. Solo requiere que sigamos haciendo lo que ya hacemos: entregar datos, aceptar términos de servicio, financiar con nuestros impuestos contratos millonarios y mirar hacia otro lado.
VII
Volvamos la vista atrás al ejercicio del capítulo anterior. TierraComún fue desmontado porque chocaba contra límites materiales insalvables: no hay microprocesador sin fundición, no hay servidor comunitario sin cadena global de minerales, no hay autonomía digital sin romper las relaciones de propiedad que sostienen el extractivismo. Palantir, en cambio, no solo acepta esos límites: los explota. Su infraestructura es la misma que la del resto de la economía digital, pero orientada a fines explícitamente autoritarios. La tabla comparativa ya no enfrenta dos modelos posibles, sino un modelo real, Palantir, con un modelo imposible, TierraComún. En código, abierto frente a propietario y secreto; en gobernanza, asambleas mixtas frente a élite libertaria; en fin principal, transición ecológica frente a guerra, deportación y control; en dependencia material, negada o minimizada frente a asumida y optimizada; en escalabilidad, nula por diseño frente a planetaria por contrato; en relación con el Estado, aspirar a ser ignorada frente a ser su brazo algorítmico. No se trata de que Palantir sea «mejor» o «peor». Se trata de que Palantir funciona en los términos del mundo real, mientras que TierraComún solo funciona como coartada emocional.
VIII
Pero incluso este diagnóstico puede llevar al derrotismo. Si la utopía es imposible y la distopía es real, ¿qué queda por hacer? Queda, al menos, dos cosas: nombrar al monstruo, que ya hemos hecho, y explorar las grietas, no las que llevan a una alternativa total, sino las que permiten pequeños márgenes de resistencia. Un caso paradigmático es el del gobierno del Reino Unido, que decidió reemplazar el sistema basado en Palantir Foundry que gestionaba el programa de refugiados Homes for Ukraine por una solución desarrollada internamente, logrando ahorrar millones de libras y recuperando la soberanía sobre sus datos. No es una alternativa comunitaria, pero demuestra que el vendor lock-in no es eterno y que los Estados pueden, si quieren, desengancharse de los feudos de Palantir. También en el ámbito del software libre están surgiendo proyectos como OpenFoundry, una plataforma de datos operativos de código abierto. Es cierto que no alcanza la sofisticación de Palantir y que su sostenibilidad es precaria. Pero su mera existencia es una prueba de que el código abierto puede disputar algunos territorios, aunque no pueda revertir la cadena global del litio. Además, organizaciones de derechos humanos presionan para regular las peores aplicaciones. La Electronic Frontier Foundation ha documentado cómo el trabajo de Palantir con ICE vulnera sus propias políticas de derechos humanos. Amnistía Internacional ha alertado sobre los riesgos. Y en las calles, los movimientos de protesta contra Palantir crecen, especialmente en California y Washington. Ninguna de estas acciones va a desmantelar el tecnofeudalismo. Pero pueden hacerlo un poco más caro, un poco más visible, un poco menos cómodo. Y a falta de una alternativa sistémica, eso no es poco.
POST DATA
Querida lectora, querido lector: el capítulo anterior terminó con una invitación a refugiarse en My Lazaretto, un espacio donde las ideas se hospedan sin prisa. No voy a ofrecerle ahora una solución milagrosa ni un programa de transformación total. Sería mentir. TierraComún era una mentira hermosa; Palantir es una verdad brutal. Pero entre la mentira hermosa y la verdad brutal hay un espacio incómodo donde aún podemos elegir no colaborar, donde podemos negarnos a aplaudir el manifiesto de Palantir, donde podemos boicotear contratos públicos cuando sea posible, donde podemos apoyar el software libre aunque sea insuficiente, y donde podemos seguir diciendo en voz alta que otra inteligencia artificial es necesaria, aunque sepamos que no será construida por asambleas de agricultores con servidores reciclados. La imaginación apocalíptica que reivindicaba Eudald Espluga, y que usamos en el capítulo anterior para destrozar TierraComún, no es solo una herramienta de demolición. También es una herramienta de claridad. Nos permite ver que el fin de este mundo no será reemplazado por una comuna digital frugal, sino por algo que ya está aquí: el feudalismo algorítmico de Palantir. Y si no podemos evitarlo del todo, al menos podemos negarnos a llamarlo progreso. En el próximo capítulo exploraremos la figura del terrestre digital, ese habitante de las redes que no ha renunciado a pisar el suelo, y cómo podemos encarnarla sin caer en el optimismo ingenuo ni en el nihilismo paralizante. Mientras tanto, le invito a investigar los contratos de su gobierno local con empresas de inteligencia artificial, a preguntar a sus representantes si están utilizando software como el de Palantir para tomar decisiones sobre la vida de las personas, y a difundir lo que encuentre. No cambiaremos el sistema con eso. Pero quizá logremos que al sistema le cueste un poco más esconder sus crímenes. La transparencia no es la vacuna contra el feudalismo algorítmico, sería ridículo afirmarlo. Es, en el mejor de los casos, un pequeño irritante. Pero los irritantes, cuando se acumulan, a veces logran que el gigante se rasque.










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