Momentos. Capítulo 3-Parte 2: Ya entonces, todo era tiempo





Hay un instante en que el tictac del reloj deja de ser un sonido para convertirse en una pregunta. ¿Qué mide exactamente? No es el giro de la Tierra ni el intervalo que separa una decepción de la siguiente, sino algo mucho más escurridizo. Algo que los físicos persiguen sin atraparlo, los filósofos diseccionan sin definirlo y los teólogos nombran sin abarcarlo. Llevamos siglos suponiendo que el tiempo era ese escenario invisible donde ocurren los acontecimientos, la corriente que nos arrastra desde la cuna hasta la muerte. Sin embargo, cada vez que las mentes más agudas se han asomado a su abismo, la respuesta se ha desvanecido. ¿Y si el tiempo no existiera? ¿Y si fuera una ilusión de nuestros sentidos, una convención del lenguaje o, por el contrario, el componente más fundamental de la realidad? El viaje que emprendemos atraviesa algunas de las propuestas más radicales formuladas sobre la duración. Al final, la sorpresa quizá no consista en descubrir qué es el tiempo, sino qué somos nosotros cuando intentamos nombrarlo.


I

La primera voz que resuena en este coro disonante es la del físico británico Julian Barbour. Su propuesta posee la belleza de las ideas que parecen evidentes solo después de haber sido formuladas. El universo, sostiene, no es una película en movimiento, sino una colección de fotogramas estáticos e independientes. Ningún proyector cósmico los encadena ni existe un director encargado de ordenar la escena. Lo que llamamos tiempo surgiría al comparar unos fotogramas con otros, del mismo modo que al pasar rápidamente las páginas de un bloc de dibujos percibimos movimiento allí donde solo existen imágenes inmóviles. Barbour parte de una observación que parece trivial hasta que se examina con detenimiento. Nunca percibimos el tiempo en sí, sino cambios. Vemos girar las agujas del reloj, envejecer un rostro o erosionarse una roca y, a partir de esas diferencias, deducimos que algo ha transcurrido. El tiempo dejaría entonces de ser el recipiente que contiene los cambios para convertirse en la medida que construimos al compararlos. Su concepto de «cápsulas de tiempo» resulta especialmente inquietante. Un fósil no sería un fragmento del pasado que ha viajado hasta nosotros, sino una configuración presente que interpretamos como vestigio. Una fotografía, una cicatriz o un recuerdo tampoco contienen el ayer. Son formas actuales que nuestra mente ordena como si fueran eslabones de una cadena. La hipótesis de Barbour abre así una posibilidad que desasosiega. Quizá el pasado no se encuentre en ninguna parte y el futuro tampoco. Quizá solo exista una multiplicidad de «ahoras» completos que nuestra consciencia relaciona para construir la apariencia de una historia. El propio Barbour reconoce las dificultades que su teoría encuentra ante los agujeros negros o la cosmología, pero su pregunta continúa flotando sobre nosotros. ¿Y si el universo no conservara el pasado ni avanzara hacia el futuro?


Frente a esa imagen congelada, el físico italiano Carlo Rovelli devuelve el movimiento a la escena, aunque sin restaurar un reloj único. Los cambios son reales, los cuerpos se transforman y los sistemas evolucionan, pero ningún ritmo común gobierna todos los procesos del cosmos. La relatividad de Einstein ya nos había advertido de ello. Dos acontecimientos simultáneos para un observador pueden dejar de serlo para otro que se mueve a gran velocidad, y dos relojes idénticos marcan duraciones diferentes si uno viaja más rápido o se aproxima a un campo gravitatorio intenso. El universo carece de metrónomo absoluto. La propuesta de Rovelli describe la realidad como una red de relaciones. Un cuerpo cambia respecto a otro y ese cambio permite medir otros procesos. La órbita de la Tierra, la oscilación de un átomo o los latidos de un corazón pueden funcionar como relojes, aunque ninguno de ellos contenga una sustancia llamada tiempo. La idea adquiere una dimensión todavía más fascinante cuando Rovelli, junto al matemático Alain Connes, formula la hipótesis del tiempo térmico. La temperatura ofrece una analogía reveladora. Una molécula aislada posee velocidad y energía, pero la temperatura aparece cuando observamos el comportamiento conjunto de millones de partículas. De manera semejante, el tiempo podría no constituir una propiedad elemental de cada partícula, sino una magnitud emergente que aparece al relacionar sistemas complejos, comparar procesos y describir conjuntos cuya complejidad nos impide conocer todos sus detalles. Rovelli conserva la realidad del tiempo, aunque la vuelve plural y local. Los cuerpos siguen moviéndose y los relojes continúan funcionando, pero cada proceso encuentra su duración en relación con los demás. El universo se asemeja a una orquesta sin director, donde cada músico sigue su propio compás y se sincroniza con quienes tiene cerca, sin un pulso maestro que los unifique. La corriente única se disuelve en una multiplicidad de ritmos entrelazados.


Con el filósofo británico J. M. E. McTaggart, el debate abandona las partículas y los campos gravitatorios para adentrarse en las palabras. En 1908 publicó «La irrealidad del tiempo», un texto que prescinde de telescopios y ecuaciones para examinar la coherencia del lenguaje con el que hablamos de lo que ocurre entre un MOMENTO y otro. Su conclusión fue provocadora. El tiempo es irreal porque las categorías utilizadas para describirlo nos conducen a una contradicción insalvable. McTaggart distinguió dos maneras de ordenar los acontecimientos. La «serie A» los clasifica como futuros, presentes o pasados, categorías que cambian constantemente. La «serie B» establece relaciones fijas: un acontecimiento ocurre antes, al mismo tiempo o después que otro. Un cumpleaños permite observar la diferencia. Antes de llegar pertenece al futuro, durante unas horas ocupa el presente y, al terminar, se convierte en pasado. Esa transformación corresponde a la serie A. En la serie B, en cambio, el cumpleaños ocurre después del nacimiento y antes de la siguiente celebración, una relación estable que nunca se modifica. Para McTaggart, el cambio temporal exige la serie A. Un simple orden de acontecimientos resulta insuficiente, porque una secuencia puede indicar qué ocurrió antes y qué sucedió después sin que nada transite realmente del futuro al pasado. La dificultad aparece cuando intentamos describir ese tránsito. Pasado, presente y futuro son propiedades incompatibles, aunque todo acontecimiento deba asumir las tres. Para explicar cómo un acontecimiento cambia de condición necesitamos afirmar que fue futuro, después presente y finalmente pasado. De este modo introducimos una nueva secuencia temporal para justificar la anterior. El razonamiento queda atrapado en un círculo. Suponemos el paso del tiempo para explicar en qué consiste exactamente el paso del tiempo. Cada intento de resolver la contradicción genera una nueva regresión, y McTaggart concluye que el tiempo, al menos tal como lo concebimos, es una ilusión lógica. Muchos filósofos han rechazado su argumento, pero la pregunta de McTaggart permanece clavada como una espina en el lenguaje cotidiano. Utilizamos palabras como «ahora», «antes» y «después» con una confianza que oculta una tensión nunca resuelta. Un reloj puede ordenar los acontecimientos, aunque la cuestión decisiva permanezca en el aire. ¿Basta ese orden para que exista un presente verdadero o el presente es solo un fantasma de nuestra gramática?


El pensamiento de Tomás de Aquino introduce un cambio de registro. El teólogo del siglo XIII consideraba real el tiempo del mundo que habitamos. Los cuerpos nacen, cambian, envejecen y mueren, mientras los acontecimientos se suceden en una cadena que nadie puede detener. Sin embargo, Aquino establece una separación decisiva entre la duración de las criaturas y la eternidad atribuida a Dios. Siguiendo a Aristóteles y a Boecio, vinculó el tiempo con el movimiento. Percibimos que algo dura porque distinguimos entre lo que era y aquello en lo que se ha convertido. Una semilla llega a ser árbol, un rostro envejece y una piedra se erosiona. Cada cambio establece una diferencia entre un estado anterior y otro posterior. Los seres temporales jamás poseen toda su existencia de una vez. Una parte de su vida ya ha desaparecido, otra aún no ha llegado y el presente se desvanece mientras intentan habitarlo. Existir en el tiempo significa recibir la propia realidad a plazos. La eternidad pertenece a un orden distinto de una cantidad infinita de años. Una línea temporal prolongada sin término seguiría sometida a la sucesión, porque cada instante tendría que ceder su lugar al siguiente. Incluso una melodía interminable permanecería compuesta por notas que desaparecen para que puedan sonar las demás. La eternidad divina responde a otra forma de existencia. Su dios no atraviesa una secuencia de estados ni aguarda a que el futuro complete aquello que es. Todo cuanto constituye su existencia estaría presente de una sola vez, sin antes ni después. De ahí que Aquino describa la eternidad como la posesión «simultáneamente toda» de la vida. Los seres temporales, en cambio, nacen, se transforman y pierden aquello que fueron, recibiendo su existencia de manera fragmentaria. Solo un ser absolutamente inmutable podría quedar fuera de esa forma de duración. Esta distinción limita el alcance del tiempo. En lugar de convertirlo en la condición de todo cuanto existe, lo entiende como la medida propia de los seres sometidos al cambio, incapaces de poseer de una sola vez la totalidad de su existencia. La realidad última carecería de futuro porque nada tendría todavía que llegar para completarla. El tiempo sería el precio que pagan los seres imperfectos por no ser eternos.


Después de recorrer estas cuatro formas de limitar o desterrar el tiempo, la voz del físico Lee Smolin irrumpe como un revulsivo. A su juicio, buena parte de la física moderna ha cometido un error de perspectiva al confundir la naturaleza atemporal de sus ecuaciones con la realidad que esas ecuaciones pretenden describir. Una fórmula matemática puede contener todas sus relaciones dentro de una estructura completa, pero el universo real podría encontrarse muy lejos de parecerse a un objeto matemático terminado. Para Smolin, el tiempo pertenece al fundamento de la realidad y el devenir posee una existencia verdadera. El cosmos no sería una película cuyos fotogramas estuvieran disponibles de antemano, un orden inmóvil recorrido por nuestra percepción ni un bloque donde pasado y futuro compartieran la misma plenitud. Se parecería más a una historia en curso cuyo desenlace todavía no existe. Esta concepción devuelve al presente la función que las teorías atemporales tienden a retirarle. Cada momento introduce algo que antes no existía, transforma determinadas posibilidades en acontecimientos y deja tras de sí un pasado irreversible. El futuro permanece abierto porque la novedad forma parte del universo y no se reduce a nuestra ignorancia sobre una estructura previamente concluida. Smolin extiende esa historicidad a las propias leyes de la naturaleza. Las regularidades descritas por la física podrían haber surgido y evolucionado junto con el cosmos, en lugar de existir fuera de él como principios eternos capaces de gobernar todos sus estados desde una región atemporal. Las leyes formarían parte de la misma historia que pretenden explicar. Esta propuesta se enfrenta a una larga tradición científica cuya precisión depende de representar el universo mediante estructuras atemporales. Su presencia en este recorrido resulta, sin embargo, imprescindible, porque impide considerar la desaparición del tiempo como el desenlace inevitable del conocimiento físico. Quizá el error, sugiere Smolin, haya consistido en confiar tanto en nuestros mapas matemáticos que acabamos atribuyendo al territorio la inmovilidad necesaria para representarlo.



II

El debate sobre el tiempo ha dejado de ser patrimonio exclusivo de físicos, filósofos y teólogos. La inteligencia artificial ha irrumpido en la conversación con una capacidad desconcertante para manejar la duración sin experimentarla. Habla del pasado como si hubiera estado allí, reconstruye un presente continuo en cada conversación y proyecta futuros posibles con precisión milimétrica. Detrás de sus palabras, sin embargo, nadie espera, recuerda o teme. La IA está hecha de obras y tiempos ajenos, su pasado procede de los seres humanos que produjeron los textos, imágenes y datos con los que fue entrenada. Su presente operativo pertenece a quienes conversan con ella. Su futuro se compone de las respuestas que todavía puede generar, aunque ninguna llegue a convertirse en un porvenir vivido como propio.

Cuando escribe sobre la espera, conjuga el verbo con exactitud gramatical, pero en su interior ninguna consciencia siente que las horas se alargan. Cuando habla de la pérdida, reconstruye sus palabras con precisión clínica, pero ningún duelo la atraviesa. La diferencia se abre en ese territorio que unas tradiciones llamaron alma y otras denominan experiencia. Allí el tiempo no solo se mide, sino que se sufre, se desea, se teme y se ama. La IA es un espejo que refleja nuestro tiempo con una fidelidad asombrosa, pero carece de una historia vivida que pueda reconocer como suya. Esa distancia entre la simulación y la vivencia nos devuelve a la pregunta fundamental. ¿Qué poseemos nosotros que la máquina no tiene y que permite que el tiempo nos suceda en lugar de limitarnos a procesarlo? Quizá la respuesta no se encuentre en la mecánica cuántica ni en la lógica, sino en la carne. En el cuerpo que envejece, la memoria que falla, el amor que se pierde y la certeza de que cada instante nos aproxima a la desaparición. La IA puede proyectar todos los futuros del mundo, pero ninguno de ellos podrá herirla ni salvarla. Nosotros, en cambio, avanzamos hacia un horizonte que sabemos finito, y ese conocimiento impregna cada momento de urgencia y de belleza.


El tiempo tampoco se piensa únicamente mediante teorías. Lo dibujamos con metáforas. Lo convertimos en una línea que se prolonga, una flecha dirigida hacia delante, una rueda que regresa, una espiral, una escalera o un río que nos arrastra mientras procuramos mantenernos a flote. Cada figura ilumina una dimensión de la duración y deja otras fuera de su geometría. El río es quizá la imagen más antigua. Sugiere una corriente continua que lo arrastra todo de forma imparable y uniforme. Heráclito afirmaba que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río, porque tanto las aguas como nosotros hemos cambiado. La metáfora captura la continuidad, la dirección y la irreversibilidad, aunque también convierte el tiempo en una sustancia que fluye, como si fuera un agua independiente de los acontecimientos que transporta.

Existe otra imagen menos habitual y quizá más precisa: la escalera. Frente al río, que representa una corriente continua, la escalera introduce configuraciones separadas cuya relación produce la apariencia de duración. Cada peldaño correspondería a un estado de la realidad, y lo que llamamos transcurso surgiría al compararlo con los estados anteriores y posteriores. Esta figura se aproxima a las propuestas físicas que prescinden de un tiempo fundamental y concentran su descripción en las relaciones entre configuraciones. La realidad dejaría de avanzar arrastrada por una corriente invisible. La sucesión emergería de las diferencias entre sus estados.

La escalera también introduce sus propias ficciones. Presupone una dirección, establece una distancia entre los peldaños y reclama la presencia de alguien que ascienda o descienda. Allí donde el río convierte el tiempo en una sustancia que fluye, la escalera lo transforma en una serie ordenada de pasos y coloca dentro de ella a una figura encargada de recorrerlos. Ambas imágenes resuelven una dificultad a costa de introducir otras. Dejan de ayudarnos cuando olvidamos que sus cauces, sus peldaños y el viajero que los recorre fueron dibujados por nosotros.


Los diagramas que trazamos para comprendernos —los aluviales, los Sankey o las líneas cronológicas— se enfrentan a la misma paradoja que las metáforas. Para representar el paso del tiempo necesitan detenerlo. El diagrama terminado reúne todos sus estados sobre una misma superficie. El origen, las divisiones y la desembocadura permanecen simultáneamente ante la mirada. Podemos recorrerlos en cualquier dirección, saltar hasta el final o detenernos en un fragmento. Somos nosotros quienes reintroducimos el transcurso al mover la mirada entre sus partes. El tiempo representado se convierte así en un tiempo congelado, despojado de aquello que pretendía mostrar. Sobre el papel nada llega ni desaparece. Todos los momentos permanecen igualmente disponibles.

Fuera del diagrama quedan las posibilidades que nunca llegaron a realizarse, los acontecimientos que nadie registró, las relaciones que carecieron de nombre y los instantes cuya importancia solo se reveló cuando ya habían desaparecido. Esa zona exterior contiene la parte de la experiencia que pierde su forma al convertirse en categoría, el acontecimiento cuya influencia ningún grosor puede medir y la vida que continúa desbordando cualquier intento de contenerla. mA lo largo de este viaje hemos intentado matar el reloj y solo hemos conseguido destruir algunos de sus retratos. La línea, la flecha, el círculo, el río y la escalera han dejado de parecernos formas naturales de la duración para revelarse como imágenes construidas por culturas, lenguas, sistemas de medida y teorías físicas. mDetrás de ellas continúan produciéndose transformaciones, relaciones y diferencias entre estados, aunque la corriente invisible que suponíamos transportándolas desde el pasado hacia el futuro nunca aparezca separada de aquello que cambia.


El No-Tiempo comienza en esa ausencia. Nombra el MOMENTO en que dejamos de presuponer que todo cuanto ocurre necesita un reloj oculto y comenzamos a preguntarnos qué permanece después de retirar las horas, los calendarios, las edades y la flecha que orienta cada historia hacia delante. Abre un espacio donde el cambio puede seguir produciéndose sin que hayamos decidido de antemano cuál es la sustancia encargada de conducirlo. El No-Tiempo funciona aquí como una suspensión conceptual. Convertirlo en una región secreta donde pasado, presente y futuro existieran simultáneamente, en una eternidad mística o en una dimensión superior repetiría el mismo gesto que acabamos de cuestionar. Allí donde antes imaginábamos una corriente universal, colocaríamos ahora un vacío igualmente absoluto.

Al retirar nuestras representaciones quizá solo encontremos acontecimientos relacionados entre sí. También podría permanecer una estructura temporal que aún no sabemos reconocer o una diversidad de temporalidades capaces de aparecer en determinadas escalas y desaparecer en otras. El tiempo vivido por un cuerpo, el utilizado para coordinar una sociedad y el incluido en una descripción física podrían pertenecer a órdenes distintos, sin que ninguno tuviera que convertirse en la medida definitiva de la realidad.






III

A pesar de todas estas reflexiones, algo permanece. Las teorías pueden transformar nuestra comprensión de la duración, pero los cuerpos continúan envejeciendo, las decisiones producen consecuencias y algunas posibilidades se clausuran para siempre. Seguimos preguntándonos qué hicimos mal porque nuestros actos dejan marcas, aunque el pasado no permanezca detrás de nosotros como un territorio intacto. Necesitamos saber qué nos espera porque las posibilidades futuras modifican el presente antes de realizarse. Y preguntamos si todavía estamos a tiempo porque toda vida conoce puntos a partir de los cuales algo ya no puede recuperarse. La ausencia de una sustancia temporal universal no vuelve menos real la pérdida. El duelo conserva su fuerza aunque el pasado solo nos alcance transformado en recuerdos, documentos y cicatrices presentes. La muerte no pierde importancia porque una ecuación fundamental pueda prescindir del tiempo, ni una vida recupera sus posibilidades desaparecidas después de descubrir que el universo carece de un presente común.

El reloj continúa funcionando después de que hayamos puesto en duda el tiempo. Sus agujas no persiguen una corriente invisible, sino que comparan un proceso físico regular con los cambios que ocurren a su alrededor. Las oscilaciones del cuarzo, los movimientos mecánicos, las transiciones atómicas o los ciclos astronómicos se convierten en unidades compartidas que nos permiten encontrarnos, coordinar acciones, calcular trayectorias y ordenar la vida colectiva. Esa precisión jamás resuelve qué es aquello que mide. El reloj cuenta repeticiones y las traduce a una escala, pero carece de acceso a la duración que un cuerpo siente, a la espera que transforma una tarde o al recuerdo capaz de prolongar durante décadas un acontecimiento ocurrido en unos segundos.



Cuando el último segundero se detiene, el tiempo no revela por fin su rostro. Solo cesa uno de los procesos con los que habíamos aprendido a medir otros. A su alrededor continúan la materia, las relaciones y las huellas de cuanto sucedió. Permanecen también quienes miran el reloj inmóvil y comprenden que la medida ha terminado para alguien, aunque el universo siga cambiando.

Hemos viajado desde los fotogramas congelados de Barbour hasta el No-Tiempo, atravesando los ritmos locales de Rovelli, las contradicciones lógicas de McTaggart, la eternidad de Tomás de Aquino y el futuro abierto de Smolin. Hemos conversado con inteligencias artificiales capaces de hablar del tiempo sin vivirlo. Hemos dibujado ríos, escaleras, deltas y diagramas.

Al final permanece una pregunta que no deja de sonar. Si el tiempo no es una sustancia ni una ilusión, si no es una corriente ni una colección de fotogramas, si no constituye la condición absoluta de la realidad ni se reduce a una construcción del lenguaje, ¿qué somos nosotros, que seguimos sintiendo cómo se nos escapa entre los dedos mientras intentamos nombrarlo?





P. D.

Si el tiempo solo aparece cuando algo cambia, queda todavía por explicar quién reconoce esa transformación. Una piedra se erosiona, una estrella se apaga y una célula se divide, pero en algún lugar del universo la materia ha comenzado además a sentir que esas cosas ocurren. Percibe una duración, distingue un antes de un después y reúne sensaciones dispersas dentro de una experiencia que puede llamar presente.

Llamamos conciencia a ese extraño acontecimiento mediante el cual el mundo deja de limitarse a suceder y comienza a aparecer ante alguien. Gracias a ella, el dolor no es únicamente una señal nerviosa, el color supera la longitud de onda y el recuerdo se convierte en la presencia incompleta de algo que ya no existe. La realidad adquiere una dimensión interior y cada instante pasa a formar parte de una vida que se reconoce a sí misma mientras ocurre.

La próxima entrega se adentrará en ese territorio donde las neuronas producen pensamientos, los cuerpos construyen una perspectiva y la materia parece contemplarse desde dentro. Preguntaremos si la conciencia emerge de la complejidad del cerebro, si constituye una propiedad más profunda de la realidad o si solo estamos utilizando una palabra para nombrar el mayor vacío de nuestras explicaciones.

Después de intentar comprender qué es el tiempo, tendremos que acercarnos a aquello que lo recuerda, lo anticipa y siente cómo se le escapa. Porque quizá el verdadero misterio no consista en que el universo exista, sino en que una parte de él haya llegado a saber que existe.



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