Momentos. Capítulo 5-Parte 1: Ya entonces, todo era cuerpo
INTRO
Después del lenguaje, la realidad, el tiempo y la consciencia, parecía inevitable llegar al cuerpo, aunque quizá llevábamos hablando de él desde el principio sin advertirlo. El lenguaje necesita algo capaz de producirlo y recibirlo, nuestra idea de realidad depende de sentidos que seleccionan y ordenan lo que llega hasta nosotros y el tiempo deja sus marcas en tejidos que envejecen, cambian de ritmo y terminan desapareciendo. Incluso la consciencia, cada vez que intentamos averiguar dónde ocurre, acaba devolviéndonos a una materia organizada cuya relación con la experiencia sigue sin estar del todo clara. Este quinto capítulo no abre, por tanto, un territorio nuevo; hace visible el lugar donde los anteriores ya se estaban encontrando.
Reconocer un cuerpo parece mucho más sencillo. Tiene forma, volumen, órganos y una superficie que lo separa de aquello que lo rodea. Podemos medirlo, pesarlo, fotografiarlo, auscultarlo, operarlo y representar con bastante exactitud buena parte de su anatomía. Esa evidencia física ha favorecido una imagen muy resistente en la que cada individuo ocupa el espacio contenido por su piel, mantiene sus órganos trabajando juntos y se relaciona con el exterior sin dejar por ello de ser una unidad. Durante mucho tiempo esta forma de entendernos ha servido a la medicina, al derecho, al arte, a la vida cotidiana y también a la manera en que aprendimos a reconocernos frente a otros cuerpos.
La seguridad comienza a disminuir cuando preguntamos si todas nuestras fronteras terminan realmente en ese mismo lugar. La cognición, la percepción, la microbiología o la realidad virtual han ido mostrando situaciones en las que aquello que sentimos como propio depende de objetos, organismos, señales y relaciones que atraviesan continuamente ese contorno. El cuerpo sigue ahí, tan material como siempre, aunque su borde ya no parece suficiente para responder a todo. A partir de ese punto, la pregunta deja de ser únicamente dónde termina nuestra anatomía y empieza a rozar algo bastante más difícil de precisar: qué queremos decir cuando pronunciamos con tanta naturalidad «mi cuerpo».
I
En 1998 Andy Clark y David Chalmers publicaron «The Extended Mind», un artículo que ponía en duda una idea que solemos aceptar con bastante facilidad, que pensar, recordar o resolver un problema ocurre dentro del cerebro. Para explicarlo imaginaron a Inga y Otto, dos personas que quieren llegar al Museo de Arte Moderno de Nueva York. Inga recuerda la dirección y se pone en camino. Otto padece Alzheimer y lleva un cuaderno donde anota la información que necesita para desenvolverse; busca allí la dirección y acaba llegando al mismo lugar. En un caso el recuerdo depende de procesos biológicos y en el otro permanece escrito sobre papel, aunque para Clark y Chalmers esa diferencia no basta para dejar el cuaderno fuera de la actividad cognitiva de Otto cuando lo utiliza de forma habitual y confía en él para organizar su vida.
Papel y neuronas siguen siendo cosas muy distintas. Lo interesante comienza cuando preguntamos si esa diferencia material determina también el lugar exacto donde termina una actividad mental. Otto consulta su cuaderno para recuperar una información de la que depende lo que hará después, igual que Inga recurre a un recuerdo. El proceso no ocurre del mismo modo, pero en ambos casos la información está disponible y forma parte de una cadena que permite orientarse, decidir y actuar. El cráneo sigue delimitando el cerebro con bastante precisión; ya resulta más difícil utilizar esa misma frontera para encerrar todo lo que interviene cuando recordamos algo.
Aquel ejemplo de finales del siglo pasado resulta hoy mucho menos extraño. Guardamos números, citas, fotografías, conversaciones, documentos y recorridos en dispositivos que consultamos constantemente y hemos ido dejando de memorizar parte de esa información porque sabemos que seguirá disponible cuando la necesitemos. Atravesamos ciudades siguiendo una flecha sobre una pantalla, confiamos en que un calendario nos recuerde una cita y buscamos en pocos segundos un dato que hace años habríamos intentado aprender. El teléfono sigue siendo un objeto y nadie necesita convertirlo en una mente para reconocer que algunas de nuestras capacidades cotidianas funcionan contando con todo lo que hemos depositado en él.
El lenguaje mantiene, sin embargo, una separación muy cómoda. Decimos que «utilizamos» el teléfono, «consultamos» el mapa o «guardamos» nuestros recuerdos en un dispositivo, como si el sujeto permaneciera siempre intacto a un lado y la herramienta al otro. Esa distinción resulta sencilla mientras hablamos de un martillo, unas tijeras o cualquier objeto que aparece solo cuando necesitamos realizar una tarea concreta. Se vuelve más confusa cuando llevamos años orientándonos, recordando, comunicándonos y organizando parte de nuestra vida mediante algo cuya ausencia puede dejarnos, durante un rato, sin capacidades que dábamos por nuestras.
La piel puede seguir marcando con bastante claridad dónde termina nuestra anatomía y, al mismo tiempo, algunas de las cosas que somos capaces de hacer continúan unos centímetros, unos metros o miles de kilómetros más allá. El problema quizá comenzó cuando dimos por hecho que el límite del organismo tenía que coincidir también con el de la memoria, la acción, la identidad o el pensamiento. La piel sabe perfectamente qué debe mantener dentro y qué puede dejar pasar; nunca tuvo por qué saber también dónde terminaba el «yo».
II
Aunque algunas actividades cognitivas se apoyen en elementos que están fuera del cuerpo, todavía resulta fácil pensar que dentro de la piel seguimos siendo una unidad biológica separada del entorno. La propia historia de la vida complica esa idea, porque nuestras células conservan las huellas de asociaciones antiquísimas entre organismos que, en otro MOMENTO, existieron por separado.
Lynn Margulis dedicó buena parte de su trabajo a desarrollar y defender la teoría endosimbiótica. Según esta propuesta, estructuras como las mitocondrias proceden de antiguas bacterias que fueron incorporadas por otras células hasta integrarse por completo en ellas. Lo que en una etapa remota de la evolución fueron organismos distintos acabó formando una nueva manera de estar vivos, y nuestra propia existencia conserva todavía la huella de aquellas asociaciones. Mucho antes de que apareciera un cuerpo humano, la vida ya había descubierto que unirse podía producir algo que ninguna de las partes habría conseguido por separado.
Esa historia continúa hoy a otra escala. Distintas comunidades microbianas habitan nuestro organismo e intervienen en la digestión, el metabolismo, el desarrollo del sistema inmunitario y muchas otras funciones. Durante años se han utilizado cifras llamativas para comparar el número de células humanas y bacterianas, aunque esas estimaciones han ido cambiando y tampoco necesitamos convertir el cuerpo en una contabilidad entre especies para entender lo esencial. Vivir como humano significa convivir con una enorme diversidad de microorganismos y depender, en distinta medida, de lo que hacen mientras nosotros seguimos llamando «uno» al conjunto.
Es entonces cuando la palabra «individuo» empieza a resultar menos sencilla. Podemos reconocernos, distinguir un cuerpo de otro, diagnosticar una enfermedad y conservar una continuidad suficiente para seguir utilizando nuestro nombre a lo largo de los años. Esa unidad existe, aunque se sostiene gracias a relaciones con seres que poseen su propia historia biológica y participan en procesos fundamentales para nuestra vida. Quizá el individuo se parezca menos a una entidad aislada de lo que hemos supuesto y más a una convivencia capaz de mantener una forma reconocible mientras todo tipo de intercambios atraviesan sus límites.
El posesivo vuelve la situación todavía más extraña. Decimos «mi cuerpo» con la misma naturalidad con la que decimos «mi casa» o «mi libro», aunque resulta fácil separar al dueño de una casa y bastante más complicado encontrar al propietario de un cuerpo fuera de aquello que supuestamente posee. También decimos «mi mano» y «mi cerebro», de modo que buscar al dueño dentro del cerebro solo desplaza el problema unos centímetros. Si lo trasladamos a la consciencia, regresamos al capítulo anterior y a aquella dificultad para encontrar un interior independiente desde el que alguien pudiera contemplar y gobernar todo lo demás.
Quizá podamos entender mejor el cuerpo si dejamos de exigirle que permanezca igual para seguir siendo el mismo. Respiramos materia que instantes antes estaba fuera, incorporamos alimentos que terminarán formando parte de nuestros tejidos, alojamos otros organismos, sustituimos células y expulsamos sustancias que durante algún tiempo fueron nuestras. A pesar de ese tránsito continuo seguimos reconociendo una forma, una historia y un cuerpo. Su permanencia parece depender menos de conservar intactas sus piezas que de mantener una cierta continuidad mientras las piezas cambian, entran, salen y se transforman.
III
Después de comprobar que los límites del cuerpo son bastante menos nítidos de lo que parecían, todavía queda una certeza difícil de discutir. Sentimos el cuerpo desde dentro y reconocemos sus partes como propias. Cada mañana despertamos sin necesidad de comprobar que una mano sigue siendo nuestra ni de razonar por qué la sábana sobre la que descansa pertenece al mundo y no a nosotros. Todo parece estar ya en su sitio, con una familiaridad tan profunda que apenas sospechamos el trabajo necesario para mantenerla.
La conocida ilusión de la mano de goma mostró hasta qué punto esa sensación de pertenencia depende de que distintas señales coincidan entre sí. En el experimento clásico, la mano real permanece oculta mientras una mano artificial se coloca a la vista y ambas reciben una estimulación sincronizada. Después de un tiempo, algunos participantes comienzan a sentir parte del contacto allí donde ven la mano de goma y pueden llegar a incorporarla, en cierta medida, a la experiencia de su propio cuerpo. Saben perfectamente que sigue siendo un objeto artificial y que su mano verdadera permanece escondida, pero visión, tacto y propiocepción empiezan a trabajar juntos hasta incluir aquella forma ajena en el mapa corporal.
Ahí está lo verdaderamente interesante. La sensación de que una mano nos pertenece no aparece de una vez y para siempre, sino que necesita mantenerse mientras el cuerpo se mueve y cambia su relación con lo que lo rodea. El sistema nervioso combina información que llega desde fuera con señales procedentes del propio organismo, corrige diferencias y consigue sostener una imagen lo bastante estable como para que podamos movernos por el mundo sin preguntarnos a cada instante dónde terminamos. El mecanismo funciona tan bien que confundimos el resultado con algo evidente y solo advertimos parte de su existencia cuando un experimento consigue alterar la correspondencia habitual entre lo que vemos, tocamos y sentimos.
Las teorías del procesamiento predictivo han intentado explicar parte de este fenómeno proponiendo que percibir implica anticipar lo que probablemente está ocurriendo y corregir esas previsiones cuando dejan de encajar con las señales que llegan. Anil Seth ha trabajado especialmente con la interocepción, es decir, con la información que procede del interior del cuerpo, para estudiar cómo esas señales participan en la experiencia de ser alguien. El cerebro deja así de parecer un órgano sentado a esperar noticias del exterior y aparece integrado en un organismo que necesita prever cambios, regular sus estados y conservar unas condiciones que le permitan seguir vivo. Percibir el mundo está ligado, desde el principio, a las necesidades del cuerpo que lo percibe.
Lisa Feldman Barrett ha llevado una idea parecida al terreno de las emociones. Cansancio, miedo, hambre, excitación o malestar no aparecen dentro de nosotros como paquetes ya terminados que la consciencia se limita a descubrir. Las señales del cuerpo adquieren significado mediante la experiencia, el contexto y las categorías que hemos aprendido a utilizar para interpretarlas. Sentimos esas emociones con absoluta realidad, aunque sentirlas con claridad no significa conocer todo lo que ha ocurrido hasta que llegaron a convertirse en una experiencia reconocible.
Algo parecido sucede durante casi toda nuestra vida corporal. Sabemos dónde está una mano sin percibir el trabajo que permite localizarla, mantenemos el equilibrio sin seguir conscientemente cada corrección necesaria y sentimos hambre, presión, temperatura o dolor sin asistir a la enorme cantidad de procesos que intervienen en cada uno de esos estados. El cuerpo nos entrega el resultado y oculta casi todo el trabajo que ha sido necesario para producirlo, quizá porque esa invisibilidad forma parte de su eficacia.
La pregunta cambia entonces. Conocer la anatomía y saber qué lugar ocupa un cuerpo ya no basta para comprender cómo esa materia llega a sentirse a sí misma como una unidad situada en el mundo. En REALIDAD nos preguntábamos cuánto de lo que percibimos depende de aquello que existe fuera y cuánto de la manera en que accedemos a ello. CUERPO introduce ahora una complicación más, porque esos mismos procesos que participan en la construcción del mundo percibido intervienen también en la experiencia de quien creemos situado delante observándolo. El cuerpo no solo participa en la forma que adquiere el mundo ante nosotros; también participa en la forma en que llegamos a reconocernos dentro de él.
IV
La realidad virtual ha permitido llevar estas preguntas mucho más lejos que la mano de goma. Si la imagen que vemos responde a nuestros movimientos y los estímulos que recibimos coinciden con lo que ocurre en un avatar, podemos empezar a sentir como propio un cuerpo que no se parece al nuestro. Puede ser más alto o más pequeño, más joven, tener otros rasgos o incluso otro sexo y, durante un tiempo, seguimos mirando el mundo desde él con una familiaridad que resulta difícil atribuir únicamente al engaño de una pantalla.
Mel Slater y otros investigadores han utilizado este tipo de experiencias para estudiar hasta dónde puede modificarse nuestra sensación de estar dentro de un cuerpo. Quien participa sabe que lleva un visor, recuerda perfectamente su aspecto y no cree haber abandonado su organismo para trasladarse a otro lugar. Aun así, algunas respuestas del cuerpo muestran que saberlo no basta para desactivar por completo lo que está ocurriendo. Podemos conocer dónde estamos y, al mismo tiempo, sentir que una parte de nosotros ocupa ese otro cuerpo que vemos moverse como si fuera nuestro. Esa pequeña discordancia entre lo que sabemos y lo que sentimos permite observar algo que normalmente permanece oculto.
Thomas Metzinger ha intentado explicar fenómenos de este tipo mediante la idea de un modelo del yo. No vamos por el mundo contemplando primero una representación de nuestro cuerpo para decidir después que nos pertenece. Sentimos que estamos aquí, que miramos desde estos ojos y que estas extremidades se mueven cuando queremos moverlas, sin advertir todo lo que ha sido necesario para producir esa experiencia. La realidad virtual puede alterar algunas de las señales que la mantienen y hacer visible, durante unos instantes, la flexibilidad de un mecanismo que llevaba funcionando mucho antes de que inventáramos avatares y visores.
Esto no convierte el cuerpo en una materia disponible para adoptar cualquier forma. Seguimos dependiendo de una historia biológica, de una anatomía concreta y de necesidades fisiológicas que imponen sus propias condiciones. Lo que pierde parte de su rigidez es la unión que solemos dar por segura entre el organismo que tenemos, la imagen que construimos de él y la sensación de que ese cuerpo nos pertenece. «Este cuerpo soy yo» parece una evidencia mientras todo encaja; basta modificar algunas señales para descubrir que también esa certeza necesita mantenerse.
Desde Otto y su cuaderno hemos ido desplazando una frontera que al principio parecía bastante sencilla. Algunas operaciones mentales pueden apoyarse en objetos situados fuera del organismo, nuestra biología conserva una larga historia de asociaciones con otras formas de vida, una mano artificial puede introducirse durante unos instantes en nuestra experiencia corporal y un cuerpo virtual llegar a sentirse parcialmente como propio. Son fenómenos muy distintos y ninguno borra la existencia material del cuerpo, aunque todos obligan a desconfiar de la comodidad con la que hacemos coincidir en una sola línea la anatomía, la percepción, la memoria y aquello que llamamos «yo».
Todavía podemos dibujar una silueta alrededor de una persona y obtener una imagen perfectamente válida de su contorno. El problema aparece cuando pretendemos que esa misma línea responda a todas las preguntas. Fuera quedarán objetos que participan en algunas de nuestras capacidades, relaciones de las que depende nuestra vida y representaciones capaces de modificar la experiencia que tenemos de nosotros mismos; dentro encontraremos tejidos que cambian, microorganismos, señales que necesitan ser interpretadas y una sensación de pertenencia que el cuerpo debe mantener continuamente.
Sabemos bastante bien dónde termina un cuerpo cuando necesitamos vestirlo, pesarlo, operarlo o enterrarlo. Esa seguridad disminuye cuando preguntamos dónde acaba su memoria, hasta dónde llega su capacidad de actuar o qué parte del mundo puede intervenir en la manera en que llega a sentirse a sí mismo. Tal vez el cuerpo siempre haya tenido límites y el error consista en haber imaginado que todos tenían que encontrarse en el mismo lugar.
ANTI-POST DATA
La piel nunca necesitó mentir porque jamás prometió separar todo lo que somos de todo lo que queda fuera. Fuimos nosotros quienes convertimos su contorno en una frontera y empezamos a utilizarlo como respuesta para preguntas muy distintas. Mientras dibujábamos un interior y un exterior, ella seguía ocupándose de tareas mucho más antiguas, sentir la presión y la temperatura, cerrar heridas, dejar pasar unas sustancias y detener otras, producir sudor y hacer posibles el dolor, el placer y el contacto. Podemos seguir reconociéndola como límite sin convertirla en muralla. Un cuerpo puede tener contorno y permanecer unido a aquello que lo mantiene vivo, lo transforma, amplía algunas de sus capacidades e interviene incluso en la manera en que llega a sentirse como propio.
La segunda parte comienza precisamente en esa incertidumbre. Si ya no estamos tan seguros de dónde acaba un cuerpo, tendremos que preguntarnos de dónde procede la forma que reconocemos como nuestra, cuánto de ella hemos aprendido, repetido o aceptado y qué ocurre cuando alguien decide cambiarla deliberadamente. Después de preguntarnos dónde termina un cuerpo, queda por saber quién decidió cómo debía ser.










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