Momentos. Capítulo 6-Parte 2: Ya entonces, todo era muerte




I

La literatura sospechó muy pronto que la muerte cambia de naturaleza cuando sabemos que nos espera. En la Epopeya de Gilgamesh, uno de los textos más antiguos que conservamos, un rey capaz de combatir monstruos y desafiar los límites humanos descubre su verdadera vulnerabilidad cuando muere Enkidu. Hasta entonces la muerte pertenecía al paisaje general del mundo; después de tocar el cadáver de su amigo adquiere una dirección precisa y se convierte en el futuro de su propio cuerpo. Gilgamesh abandona su reino y emprende una búsqueda desesperada de Utnapishtim, superviviente del diluvio al que los dioses han concedido aquello que él desea. Finalmente consigue una planta asociada al rejuvenecimiento, pero una serpiente se la roba mientras se baña. Regresa a Uruk sin el remedio, obligado a aceptar que la muerte también estaba esperándolo.

Podríamos leer la historia como una derrota de no ser porque seguimos pronunciando su nombre cuatro mil años después. Gilgamesh fracasó en su intento de conservar indefinidamente el cuerpo y consiguió, sin saberlo, una forma de permanencia quizá más resistente. Escribas, copistas, arqueólogos, filólogos, traductores y lectores han mantenido su nombre circulando entre personas que jamás conocerá. En aquellas tablillas de arcilla estaba cifrada una distinción que hoy vuelve a adquirir una importancia extraordinaria: impedir que alguien muera y conseguir que algo suyo continúe actuando después de su muerte son problemas diferentes. Nuestra cultura tecnológica ha decidido trabajar sobre ambos al mismo tiempo, quizá con la sospecha de que en algún punto puedan llegar a confundirse.

El transhumanista que imagina una consciencia transferida a un soporte artificial parece encontrarse a una distancia inconmensurable del rey mesopotámico que atraviesa el mundo buscando una planta, aunque ambos parten de la misma intuición: tiene que existir algún lugar donde la muerte deje de ser obligatoria. Lo que ha cambiado es la autoridad a la que confiamos la respuesta. Gilgamesh buscaba a un hombre al que los dioses habían permitido escapar de la condición humana; nosotros financiamos empresas de biotecnología, criopreservamos cuerpos y cerebros, investigamos los mecanismos del envejecimiento y estudiamos la posibilidad de reconstruir una mente a partir de información. La serpiente sigue aguardando junto al agua, pero ahora estamos convencidos de que quizá podamos secuenciarla.



II

El transhumanismo reúne posiciones muy diferentes alrededor de una intuición central. Las limitaciones heredadas del organismo pueden modificarse mediante tecnología y carece de sentido aceptar pasivamente aquello que somos capaces de mejorar. El proyecto resulta bastante menos extravagante de lo que su caricatura sugiere, porque buena parte de la medicina ya trabaja contra lo que durante siglos llamamos destino biológico. Una vacuna altera las probabilidades que la naturaleza reservaba para un cuerpo, un marcapasos prolonga una función que habría desaparecido, un trasplante sustituye un órgano incapaz de continuar y unas gafas corrigen una capacidad sensorial que habría permanecido limitada. La historia de la medicina también puede leerse como una larga rebelión contra aquello que cada época consideró inevitable.

El problema cambia de escala cuando ese impulso deja de concentrarse en patologías concretas y comienza a tratar el envejecimiento entero como una anomalía pendiente de solución. La investigación sobre longevidad, reprogramación celular, senescencia, regeneración de tejidos o mecanismos epigenéticos abre posibilidades médicas extraordinarias, pero convive con un ecosistema mucho más confuso de suplementos, biomarcadores, dietas, protocolos e intervenciones que prometen retrasar, detener o incluso revertir la edad. Poco a poco, el cuerpo adquiere el aspecto de una instalación sometida a mantenimiento preventivo. Cada parámetro se convierte en un indicador de rendimiento y la vejez deja de ser una etapa de la vida para parecer una desviación respecto de un estado anterior que debería poder recuperarse.

Reducir décadas de fragilidad, demencia, enfermedad cardiovascular o deterioro funcional constituiría uno de los avances médicos más importantes imaginables, y romantizar el sufrimiento por formar parte de nuestra historia biológica sería difícil de justificar. La fractura aparece cuando mejorar la vejez comienza a confundirse con negar cualquier legitimidad a la finitud y la duración de una vida adquiere valor por sí misma, independientemente de aquello que ocurra dentro de ella. Hemos aprendido a medir el sueño, los pasos, la glucosa, la atención, el rendimiento y la productividad; esa misma lógica termina extendiéndose a la existencia completa hasta convertirla en una curva cuya única dirección aceptable sea continuar.

Desde ese momento, la muerte puede dejar de experimentarse como un acontecimiento humano y presentarse como un fracaso técnico. Quien muere habría llegado demasiado pronto, antes de la siguiente terapia, de la siguiente técnica de regeneración, del siguiente descubrimiento o de ese futuro en el que alguien consiga resolver definitivamente aquello que nosotros no pudimos. La promesa transhumanista introduce así una forma extraña de injusticia temporal. Durante milenios temimos haber nacido demasiado tarde para asistir a una edad dorada perdida; ahora empezamos a temer haber nacido demasiado pronto para alcanzar la inmortalidad. La fecha de nacimiento podría convertirse en la última enfermedad incurable.



III

El mind uploading lleva esta lógica hasta un lugar donde la longevidad deja de depender del cuerpo. Una mente descrita con suficiente precisión como una organización de información, conexiones y procesos podría, al menos en teoría, reproducirse en otro soporte y continuar funcionando después de la desaparición del original biológico. La idea posee una fuerza cultural enorme porque convierte la muerte en un problema de transferencia. Bastaría con preservar el patrón que hacía de la carne alguien para dejar de conservar indefinidamente la carne. La dificultad se concentra en la palabra aparentemente inocente «continuar». Incluso aunque alguna tecnología futura consiguiera reproducir con una precisión extraordinaria la estructura y la dinámica de un cerebro, seguiría abierta la cuestión de si aquello que emerge constituye la continuidad del sujeto original o una copia convencida de serlo. Podemos imaginar una máquina que recuerde nuestra infancia, reconozca a nuestros amigos, utilice nuestras expresiones, conserve nuestros temores y responda como nosotros a cualquier pregunta. Desde fuera, la continuidad podría parecer impecable. Nada de ello demuestra, sin embargo, que el punto de vista desde el que lees ahora estas palabras vaya a despertar dentro de esa máquina. Tal vez hayamos construido un superviviente mientras nosotros hemos muerto exactamente igual.

La analogía informática facilita que esta dificultad pase inadvertida porque estamos acostumbrados a considerar una copia funcionalmente equivalente al original. Un documento duplicado no sufre una crisis de identidad y una fotografía puede existir simultáneamente en miles de dispositivos sin que nadie necesite decidir cuál de ellos contiene su verdadera continuidad. Con una consciencia ocurre algo más extraño. Podemos imaginar que todos los recuerdos, preferencias, hábitos, asociaciones y respuestas de una persona lleguen a reproducirse, mientras permanece sin resolver aquello que resulta más difícil de localizar: el hecho mismo de estar siendo esa persona. Quizá podamos copiar todo lo que alguien recuerda sin copiar el lugar desde el que lo recuerda.

La criónica desplaza la apuesta en otra dirección. En lugar de abandonar el cuerpo para preservar un patrón, intenta conservar el cuerpo o el cerebro después de la muerte legal con la esperanza de que una medicina futura pueda reparar el daño, revertir procesos que hoy consideramos irreversibles y devolver la vida a quien permanece almacenado a temperaturas extremadamente bajas. Hasta ahora ningún ser humano criopreservado ha sido reanimado, por lo que la criónica continúa perteneciendo a una apuesta radical sobre las capacidades del futuro y carece del estatuto de un tratamiento médico disponible. Lo verdaderamente significativo es que tanto la criónica como la transferencia mental colocan la muerte en una especie de litigio técnico. El cadáver deja de constituir necesariamente el final de alguien y puede convertirse en materia pendiente, un cuerpo o una información a la espera de una tecnología que todavía no existe.



IV

Incluso suponiendo que alguna de estas posibilidades llegara a funcionar, quedaría una pregunta que el entusiasmo tecnológico suele relegar a segundo plano. ¿Quién podría pagarla? La historia de la medicina demuestra que una innovación puede comenzar siendo extraordinariamente costosa y extenderse después a amplios sectores de la población, aunque nada garantiza que una longevidad radical siguiera necesariamente ese recorrido. La escasez de terapias, órganos, recursos, infraestructuras o tiempo médico podría producir una ventaja acumulativa para quienes ya disponen de más capital. La desigualdad dejaría entonces de expresarse únicamente en patrimonio, educación, vivienda o esperanza de vida y empezaría a introducir diferencias en la duración de las biografías de una magnitud desconocida. El capitalismo lleva mucho tiempo administrando económicamente la muerte. Seguros, pólizas de decesos, herencias, funerales y planes financieros consiguen que el fallecimiento active inmediatamente una red de contratos, transferencias y servicios. Ahora comienza a formarse otro mercado alrededor de su aplazamiento. Clínicas de longevidad, intervenciones preventivas, diagnósticos avanzados y tecnologías dirigidas a prolongar la vida convierten también el tiempo restante en un territorio económico. La muerte tampoco interrumpe el flujo del capital: puede redistribuirlo, acelerarlo y generar nuevos mercados precisamente en el momento en que una vida termina.

La contradicción adquiere una forma especialmente incómoda cuando colocamos en la misma imagen la investigación destinada a prolongar radicalmente algunas vidas y las muertes evitables que continúan produciéndose por falta de recursos elementales. Los avances capaces de reducir la enfermedad, la fragilidad y el sufrimiento merecen ser explorados, pero la promesa cambia de naturaleza cuando la capacidad de pago comienza a decidir qué vidas reciben más futuro que otras. Convertida la muerte en un problema técnico y su aplazamiento en un producto, habremos conseguido algo bastante distinto de la inmortalidad humana: el tiempo de vida también habrá ingresado en el régimen de la propiedad. Entonces la pregunta dejará de ser únicamente cuánto puede vivir un ser humano y comenzará a medir cuánto futuro puede comprar.



ANTI-POST DATA

Tal vez estemos siendo injustos con quienes quieren escapar de la muerte. Después de todo, llevamos miles de años intentándolo. Escribimos nombres sobre piedra, conservamos fotografías, heredamos objetos, repetimos historias familiares, construimos tumbas, almacenamos mensajes, grabamos voces y dejamos instrucciones para personas que todavía no han nacido. Incluso quienes rechazan cualquier fantasía de inmortalidad participan diariamente en pequeñas tecnologías destinadas a impedir que algo desaparezca por completo. Quizá el mind uploading se limite a tomar literalmente una obsesión antiquísima. También podría ocurrir que estemos exigiendo demasiado a la copia. Ninguno de nosotros conserva intacta la persona que era hace treinta años. Hemos perdido recuerdos, sustituido convicciones, olvidado rostros, incorporado palabras ajenas y reconstruido episodios que probablemente nunca sucedieron exactamente como los recordamos. Aun así, aceptamos esa sucesión de versiones como una misma vida. Resulta extraño exigir a una máquina una continuidad perfecta que tampoco podemos demostrar en nosotros mismos. Quizá una réplica que recuerde nuestros miedos, reconozca a nuestros hijos, conserve nuestras manías y continúe una conversación interrumpida sea únicamente una imitación extraordinaria. O quizá el problema empiece cuando alguien a quien amamos deje de notar la diferencia.

La próxima semana entraremos en un territorio donde la muerte ya no garantiza la desaparición. Perfiles que permanecen activos, voces reconstruidas, avatares capaces de responder, funerales convertidos en experiencias diseñadas y empresas que empiezan a descubrir cuánto puede valer una ausencia. Los muertos han entrado en la red y quizá tengamos que acostumbrarnos a una pregunta bastante más extraña que la de qué ocurre después de morir: qué hacemos cuando alguien ya no está, pero continúa contestando.





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