Momentos. Capítulo 6-Parte 3: Ya entonces, todo era muerte



I

Hasta hace muy poco una persona dejaba tras de sí objetos, fotografías, cartas, deudas, documentos y recuerdos conservados por quienes la habían conocido. Hoy deja además correos electrónicos, mensajes, perfiles sociales, archivos almacenados en la nube, historiales de búsqueda, fotografías duplicadas en servidores, grabaciones de voz, ubicaciones, listas musicales, conversaciones completas y miles de pequeñas decisiones que jamás fueron tomadas pensando que algún día acabarían formando parte de un archivo póstumo. Nuestro rastro digital puede llegar a ser mucho más voluminoso que cualquier herencia material y contiene además una rareza que apenas estamos empezando a comprender: una parte continúa funcionando después de nuestra muerte porque fue creada dentro de sistemas concebidos precisamente para permanecer activos. Las plataformas han tenido que aprender a gestionar una situación para la que inicialmente apenas estaban preparadas. Facebook permite, por ejemplo, convertir determinadas cuentas en perfiles conmemorativos, establecer previamente un contacto de legado o solicitar su eliminación después del fallecimiento. Aquello que comenzó como un espacio destinado a la sociabilidad cotidiana termina transformándose de manera imprevista en una especie de cementerio distribuido donde fotografías de vacaciones, felicitaciones antiguas, conversaciones, condolencias y fragmentos banales de una vida permanecen alojados en el mismo territorio digital por el que siguen circulando las vidas de los demás.

La muerte digital introduce así una pregunta jurídica y filosófica difícil de resolver: ¿tenemos derecho a desaparecer cuando ya no estamos? Una parte de nuestros datos permanece vinculada a cuentas cuyo cierre podemos prever o solicitar, mientras otra se encuentra dispersa por dispositivos ajenos, conversaciones compartidas, fotografías, publicaciones, copias de seguridad y recuerdos que ya forman parte de la biografía de otras personas. Borrar completamente una identidad exigiría intervenir también sobre esas memorias y entraría en conflicto con intereses familiares, históricos, periodísticos o culturales. La identidad que dejamos en internet nunca llegó a pertenecernos por completo porque empezó a mezclarse con otras desde el momento en que alguien nos fotografió, escribió sobre nosotros, citó nuestras palabras o decidió conservar una conversación. Un testamento digital podría establecer qué cuentas deben desaparecer, quién recibirá determinados archivos, qué documentos podrán seguir siendo accesibles y qué usos futuros rechazamos, pero incluso la planificación más exhaustiva tendría que asumir una pérdida inevitable de control. Nadie ha poseído nunca por completo el recuerdo que los demás conservarán de él después de morir. La tecnología no ha inventado esa condición; la ha multiplicado, automatizado y extendido hasta una escala que hasta ahora desconocíamos.

Morir significa también entregar nuestra identidad a las versiones que otros construirán de nosotros cuando ya no podamos corregirlas, discutirlas ni negarlas. La diferencia es que esas versiones ya no permanecen únicamente en la memoria frágil de quienes nos conocieron. Quedan dispersas entre servidores, plataformas, bases de datos, dispositivos y sistemas capaces de conservarlas, relacionarlas y hacerlas reaparecer mucho después de que quienes compartieron nuestra vida hayan desaparecido también. Por primera vez, una parte de nosotros puede sobrevivir incluso a quienes nos recuerdan.



II

La situación cambia radicalmente cuando ese archivo deja de permanecer quieto y empieza a responder. Una cantidad suficiente de mensajes, fotografías, vídeos y grabaciones permite construir sistemas capaces de reproducir algunos rasgos lingüísticos, visuales y expresivos de una persona, y la inteligencia artificial generativa ha convertido en técnicamente plausible algo que hace apenas unos años pertenecía casi por completo a la ciencia ficción. Ya existen proyectos y servicios dedicados a conservar relatos personales mediante avatares o representaciones digitales, y el documental surcoreano *Meeting You* mostró en 2020 a una madre encontrándose mediante realidad virtual con una recreación de su hija fallecida. La escena resultaba perturbadora porque hacía visible algo que hasta entonces había permanecido sobre todo en el territorio privado de la imaginación: la posibilidad de que una ausencia vuelva a comportarse como una presencia.

Conviene, sin embargo, desconfiar de la idea de que la tecnología introduce aquí una ficción completamente nueva. El duelo siempre ha estado atravesado por reconstrucciones, ficciones y pequeñas formas de pensamiento mágico. Joan Didion lo expresó con una precisión extraordinaria en *El año del pensamiento mágico*, donde describe esa extraña convivencia entre saber que alguien ha muerto y seguir actuando, en alguna zona de la conciencia, como si todavía pudiera regresar. Conservamos objetos porque sentimos que continúan perteneciendo a quien ya no está, imaginamos lo que habría dicho ante una situación nueva, mantenemos conversaciones interiores y atribuimos respuestas a una persona cuya voz conocemos tan bien que podemos escucharla incluso en su ausencia. Los muertos llevan milenios hablando dentro de nosotros. La inteligencia artificial no inventa ese mecanismo. Cambia el lugar desde el que responde. Hasta ahora buena parte de esa ficción permanecía dentro de la memoria de quien sobrevivía, mezclada con recuerdos, deseos, culpa, imaginación y necesidad. Una fotografía podía activar una conversación interior, pero permanecía muda; una carta contenía palabras que alguien había escrito realmente y obligaba al lector a completar el resto; una grabación devolvía una voz, aunque esa voz permanecía encerrada en el momento en que había sido registrada. Una simulación generativa atraviesa esa frontera porque produce una respuesta nueva ante una pregunta nueva y devuelve desde fuera aquello que antes teníamos que imaginar nosotros.

El desplazamiento parece pequeño y sus consecuencias pueden ser enormes. Dejamos de ser los únicos autores de la ficción mediante la que el muerto continúa acompañándonos. Ahora interviene un sistema que aprende regularidades lingüísticas, selecciona probabilidades y construye una intervención que nunca ocurrió, aunque pueda resultar extraordinariamente verosímil porque está fabricada con los restos de aquello que sí ocurrió. En ese punto la distancia entre memoria y simulación se vuelve menos nítida de lo que parece. Recordar nunca ha consistido en reproducir intactamente el pasado; cada recuerdo reconstruye, selecciona, deforma y completa. Tampoco las conversaciones imaginarias que mantenemos con quienes han muerto son simples reproducciones, porque introducen acontecimientos posteriores y permiten preguntarles por cosas que jamás conocieron. La singularidad del sistema generativo aparece cuando esa reconstrucción deja de producirse únicamente en nuestra conciencia y adquiere una autonomía relativa, capaz de sorprendernos con una frase que no habíamos imaginado y que, precisamente por no proceder de nosotros de manera consciente, puede sentirse como llegada desde otro lugar.

El muerto adquiere entonces una extraña capacidad de futuro. Puede comentar un libro publicado después de su fallecimiento, conocer a un nieto que nunca vio, reaccionar ante una decisión familiar o felicitar un cumpleaños que jamás llegó a vivir. Ninguna de esas respuestas procede de su voluntad, aunque todas pueden estar construidas con suficiente precisión para parecer compatibles con ella. La simulación deja de conservar únicamente el pasado y empieza a prolongarlo. Ahí aparece una frontera más inquietante que la simple oposición entre verdad y engaño. Podemos saber perfectamente que estamos delante de una construcción y, aun así, experimentar la respuesta como algo afectivamente significativo. Una persona puede comprender que se trata de un sistema artificial y dejarse afectar por lo que ese sistema produce. Didion entendió muy bien esa convivencia entre conocimiento y ficción. La tecnología añade ahora un interlocutor exterior a ese pensamiento mágico.

Eso tampoco convierte cualquier utilización de estas tecnologías en una perversión del duelo. Una simulación limitada y comprendida como construcción podría adquirir para algunas personas un valor semejante al de una carta, una película familiar o una grabación, aunque añada algo que ninguno de esos objetos poseía: iniciativa aparente. El problema empieza cuando esa iniciativa deja de estar claramente subordinada al archivo y comienza a generar una continuidad biográfica que nadie autorizó. Haber enviado miles de mensajes durante una vida no equivale a haber consentido que una empresa los utilice después para fabricar una personalidad póstuma, del mismo modo que haber dejado grabada nuestra voz tampoco implica aceptar que continúe pronunciando frases cuando ya no podamos decidir cuáles reconoceríamos como propias. La muerte siempre ha dejado nuestra memoria en manos de otros, pero ahora esos otros pueden entregarla a un sistema capaz de producir nuevas conductas y atribuirlas a quien ya no está. Detrás de esa segunda existencia aparece inevitablemente una infraestructura empresarial. La representación dependerá de servidores, modelos de lenguaje, sistemas de síntesis de voz, condiciones de uso, políticas de privacidad, actualizaciones, costes de mantenimiento y decisiones corporativas que pueden cambiar mucho después de que hayamos aceptado el servicio. Una compañía podría modificar el modelo que sostiene la simulación y alterar con ello aspectos sutiles de su personalidad; otra podría adquirirla y trasladar los datos a una plataforma distinta; una subida de precios podría convertir la continuidad de aquella presencia en un gasto que la familia ya no pueda asumir. Incluso la desaparición de la empresa podría producir una segunda muerte, esta vez administrativa, cuando un servidor se apague y con él deje de responder aquello que habíamos aprendido a tratar como una forma de presencia.

La promesa de conservar a alguien terminaría dependiendo entonces de algo tan vulgar como una licencia, una actualización o una tarjeta de crédito. Los muertos siempre han hablado dentro de nosotros. La novedad es que ahora pueden contestar desde un servidor. Y nunca habíamos tenido que preguntarnos quién posee a un fantasma.



III

La industria funeraria siempre ha comerciado alrededor de la muerte porque los cuerpos deben ser tratados, transportados, enterrados o incinerados y las comunidades necesitan espacios, ritos y ceremonias con los que relacionarse con quienes acaban de morir. La existencia de una economía funeraria no constituye por sí misma una corrupción del duelo; los seres humanos han dedicado tiempo, trabajo y recursos a sus muertos desde que conservamos evidencias de comportamiento funerario y simbólico. La novedad comienza cuando el mercado deja de ocuparse únicamente del cuerpo y de la ceremonia y avanza hacia territorios que habían permanecido principalmente en manos de la memoria familiar, la comunidad, los objetos y el silencio. Ya no ofrece solamente una manera de enterrar al muerto. Empieza a ofrecer maneras de prolongarlo. Memoriales digitales, lápidas vinculadas mediante códigos QR a fotografías y biografías, servicios destinados a gestionar perfiles después del fallecimiento, ceremonias retransmitidas en directo, urnas convertidas en objetos de diseño, entierros ecológicos y toda una gama de productos permiten que el último gesto pueda presentarse como prolongación de la identidad construida durante la vida. Esta capacidad de elección puede humanizar ceremonias que durante décadas estuvieron sometidas a protocolos rígidos y permitir despedidas mucho más próximas a los deseos del fallecido y de quienes lo conocieron, aunque también introduce en la muerte una presión que conocemos demasiado bien en otros territorios del consumo. Ya no basta con haber tenido una identidad; parece necesario conservar su coherencia hasta el final, diseñar una despedida capaz de representarnos correctamente y dejar tras nosotros una última versión reconocible de aquello que fuimos.

El mercado ha comprendido además algo extraordinariamente valioso: la ausencia no se agota. Podemos comprar un ataúd una sola vez, pagar una cremación una sola vez y ocupar una tumba durante un periodo determinado, pero la necesidad de recordar puede acompañar durante décadas a quienes permanecen. Cuando esa memoria depende de una infraestructura digital aparecen posibilidades económicas que la industria funeraria tradicional apenas podía imaginar. Almacenamiento, mantenimiento de perfiles, conservación de archivos, avatares, voces sintéticas o espacios conmemorativos pueden convertirse en servicios continuados porque aquello que se comercializa ya no termina con el funeral. La ausencia admite suscripciones. Esto altera de manera profunda la economía de la muerte. El cadáver acaba desapareciendo, incluso cuando intentamos retrasar ese proceso mediante embalsamamiento, conservación o monumentos, mientras los datos pueden mantenerse operativos durante un tiempo indefinido siempre que alguien continúe pagando la infraestructura que los sostiene. El negocio encuentra así una posibilidad que habría resultado inconcebible para buena parte de la industria funeraria tradicional: mantener una relación económica con el muerto mucho después de haber terminado de ocuparse de su cuerpo. Esa posibilidad, además, tampoco se distribuye por igual.

La desigualdad continúa después del último latido. Algunas familias pueden acceder a cuidados paliativos privados, habitaciones individuales, acompañamiento profesional, ceremonias prolongadas, opciones funerarias costosas o servicios destinados a organizar y preservar cuidadosamente una memoria digital; otras reciben la muerte como una emergencia económica y deben decidir cuánto pueden permitirse gastar mientras todavía están intentando comprender lo que acaba de suceder. Aspectos elementales de una muerte digna, desde una analgesia adecuada hasta la posibilidad de estar acompañado y ver respetadas las propias decisiones, continúan dependiendo de condiciones sociales y económicas profundamente desiguales, y esa desigualdad empieza ahora a proyectarse también sobre la capacidad de conservar una presencia después de morir. Tampoco todos los muertos permanecen de la misma manera. Las pateras, las guerras, los accidentes laborales, las catástrofes y las epidemias producen muertos cuya desaparición estadística convive con la extraordinaria densidad memorial dedicada a determinadas vidas. Unos reciben nombre, fotografía, biografía, archivo y ceremonia; otros terminan convertidos en una cifra cuya identidad quizá nunca llegue a establecerse. Hay quien recibe un funeral de Estado retransmitido durante horas y quien desaparece sin que su familia sepa dónde está el cuerpo, quien deja miles de fotografías perfectamente clasificadas y quien permanece únicamente en un expediente administrativo, una lista de desaparecidos o unas coordenadas aproximadas sobre el mar. La diferencia no consiste únicamente en cuánto cuesta morir. También determina cuánto cuesta permanecer.

La memoria siempre ha sido desigual porque necesita tiempo, objetos, relatos, archivos y personas dispuestas a sostenerla, pero la infraestructura digital puede añadir una nueva capa a esa antigua jerarquía. Cuando la persistencia de una identidad depende de servidores, almacenamiento, mantenimiento y empresas capaces de convertir los rastros de una vida en una presencia administrada, empezamos a acercarnos a una situación en la que incluso la posteridad puede organizarse por niveles de servicio. La muerte podrá seguir siendo biológicamente universal, pero nada garantiza que también lo sea el derecho a dejar una huella. El poder continúa funcionando después de los cuerpos y distribuye memoria y olvido con una precisión que se parece demasiado a la forma en que antes había distribuido seguridad, tiempo, cuidados y oportunidades. Quizá el último privilegio de clase termine siendo este: poder permitirse no desaparecer.



IV

En paralelo a esta mercantilización ha ido creciendo un movimiento cultural que intenta recuperar la muerte como experiencia compartida y devolver a las personas una mayor capacidad de decisión sobre el final de su vida. La pandemia normalizó formas de participación remota que ya existían y extendió los funerales híbridos; las doulas de muerte acompañan a personas y familias durante el proceso final, los *death cafés* ofrecen espacios informales donde hablar de una cuestión que habitualmente mantenemos fuera de la conversación cotidiana y los llamados funerales en vida permiten asistir al propio homenaje antes de morir. Otras prácticas modifican incluso nuestra relación material con el cadáver mediante procedimientos como la hidrólisis alcalina o, allí donde la legislación lo permite, la reducción orgánica natural del cuerpo, que acelera su transformación en suelo. Muchas de estas alternativas responden a una necesidad comprensible de recuperar significado frente a una muerte que durante décadas quedó absorbida por protocolos sanitarios, administrativos y funerarios cada vez más especializados. Elegir cómo queremos ser despedidos, reducir el impacto ambiental del cuerpo, conversar antes de morir sobre nuestras preferencias o participar activamente en la ceremonia puede devolver humanidad a un proceso que con frecuencia había sido delegado casi por completo en instituciones y profesionales. Esa recuperación de autonomía convive, sin embargo, con una paradoja muy propia de nuestro tiempo: cuanto mayor es nuestra capacidad para personalizar el final, mayor resulta también la tentación de convertirlo en una última tarea de identidad.

Podemos elegir música, imágenes, materiales, mensajes, destino de las cenizas, forma de la ceremonia y presencia digital con la esperanza de dejar detrás un último autorretrato perfectamente coherente, como si después de haber diseñado durante toda una vida la manera de vestirnos, trabajar, viajar, alimentarnos y mostrarnos ante los demás todavía quedara pendiente una última edición de nosotros mismos. La muerte termina incorporándose así a la misma lógica de personalización que gobierna buena parte de la existencia contemporánea y el funeral corre el riesgo de convertirse en la última ocasión para controlar qué imagen queremos dejar cuando ya no estaremos allí para corregirla. Pero ninguna despedida pertenece por completo a quien muere. También es una construcción de quienes permanecen y necesita conservar aquello que nuestros sistemas de diseño suelen llevar mal: contradicción, torpeza, desorden, silencios demasiado largos, recuerdos incompatibles y emociones que no encuentran una posición clara dentro de ninguna plantilla. Una ceremonia excesivamente cerrada puede convertirse en una especie de guion póstumo desde el que el muerto intenta organizar incluso la reacción de los vivos, precisamente cuando la desaparición abre una zona sobre la que ya no puede mantener autoridad.

Las culturas humanas llevan mucho tiempo combinando el llanto y la comida, el silencio y la música, la exposición o el ocultamiento del cuerpo, su conservación y su descomposición, el recuerdo individual y la continuidad del grupo. Nunca han necesitado eliminar la contradicción para construir rituales capaces de sostenerla. Quizá la novedad contemporánea se encuentre en nuestra creciente necesidad de convertir esa mezcla en una experiencia administrable, dotada de opciones, protocolos y decisiones anticipadas que reduzcan al mínimo aquello que pueda quedar fuera de control. Un ritual crea forma alrededor de algo que acaba de romperla. Delimita un tiempo, reúne cuerpos, repite gestos, ordena palabras y ofrece a una comunidad una estructura provisional desde la que reconocer una pérdida que ninguna estructura puede reparar. Su fuerza reside precisamente en esa contradicción: organiza lo que no puede resolver y proporciona una forma temporal a una ausencia que seguirá desbordándola mucho después de que termine la ceremonia. El problema comienza cuando confundimos esa forma con una solución y el diseño deja de sostener el desgarro para empezar a ocultarlo. Entonces el funeral corre el riesgo de convertirse en una experiencia impecablemente producida, emocionalmente legible y perfectamente coherente con la identidad del fallecido, mientras aquello que había venido a reconocer permanece debajo, indisciplinado y sin diseño posible. Porque quizá la muerte sea precisamente el último acontecimiento que nunca terminaremos de controlar.



ANTI-POST DATA

Pero quizá estemos exagerando la novedad. Los muertos nunca se fueron del todo. Han seguido tomando decisiones durante siglos mediante testamentos, herencias, deudas, propiedades, apellidos, libros, leyes, monumentos y órdenes escritas antes de morir. Una frase pronunciada por alguien que ya no existe puede modificar la vida de personas nacidas mucho después, y seguimos discutiendo con Platón, obedeciendo constituciones redactadas por muertos, leyendo cartas que no estaban dirigidas a nosotros y enamorándonos de voces cuyo cuerpo desapareció hace décadas. Tal vez la humanidad haya sido siempre una sociedad mucho menos exclusiva de los vivos de lo que nos gusta imaginar. Incluso el muerto que contesta desde un servidor podría no representar una ruptura tan limpia como hemos supuesto. Cuando recordamos a alguien también completamos huecos, corregimos frases, mezclamos momentos y le atribuimos opiniones que nunca expresó. Joan Didion llamó pensamiento mágico a esa zona en la que sabemos que alguien ha muerto mientras una parte de nosotros continúa comportándose como si todavía pudiera regresar. La inteligencia artificial podría estar haciendo algo más extraño que sustituir esa ficción: sacarla de nuestra cabeza, mezclarla con los rastros del muerto y devolvérnosla convertida en interlocutor. Pero entonces aparece una pregunta bastante más incómoda. ¿Cuánta diferencia existe entre esa identidad reconstruida y la que atribuimos cada día a los vivos?

También nosotros hablamos mediante hábitos adquiridos, repetimos expresiones que aprendimos de otros, modificamos nuestros recuerdos cada vez que los evocamos, representamos versiones diferentes de nosotros mismos según quién esté delante y dejamos una cantidad creciente de decisiones en manos de sistemas que seleccionan lo que vemos, lo que recordamos y aquello a lo que prestamos atención. Quizá la frontera verdaderamente peligrosa no se encuentre entre una persona auténtica y su copia póstuma, porque tampoco la persona viva posee esa unidad perfecta que necesitaríamos para establecer la comparación. Podríamos llegar incluso a descubrir que el fantasma digital no es inquietante porque se parece demasiado a nosotros. Quizá lo sea porque nosotros empezamos a parecernos demasiado a él. Y entonces la pregunta «¿quién posee a un fantasma?» podría estar mal formulada. Aún queda por saber quién posee a los vivos.

La próxima entrega quizá incomode más. Porque los muertos nunca se fueron del todo. Siguen hablando en los libros, organizando fronteras, ocupando monumentos, entrando en nuestras decisiones y viviendo dentro de una memoria que tampoco nos pertenece completamente. Ahora la tecnología promete conservarlos mejor, hacerlos responder y prolongar su presencia, pero tal vez el problema no esté en cuánto podemos mantenerlos entre nosotros, sino en cuánto estamos dispuestos a aceptar que también nosotros terminaremos viviendo en manos de los demás. La próxima semana: VIVIR CON LOS MUERTOS. Aprender a morir quizá empiece mucho antes de la muerte. Quizá llevemos miles de años conviviendo con los muertos y solo acabemos de cambiarles de interfaz. Siguen hablándonos desde los libros, organizando fronteras, sosteniendo genealogías, ocupando monumentos y entrando en decisiones tomadas mucho después de su muerte. La escritura ya permitió que una voz atravesara siglos; ahora la inteligencia artificial introduce movimiento en ese archivo y promete algo distinto, que el muerto ya no solo permanezca, sino que responda.






Teaser del capítulos seis, parte tres.


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