Momentos. Capítulo 4-Parte 1: Ya entonces, todo era consciencia
INTRO
¿Desde cuándo existe un dentro?
La pregunta parece pedir una fecha, algún instante remoto en el que una parte de la materia dejó de limitarse a reaccionar ante el mundo y comenzó a sentir que estaba en él. Antes de aquel MOMENTO habría movimientos, colisiones, transformaciones y criaturas capaces de orientarse entre peligros. Después aparecería algo distinto, un lugar sin coordenadas donde la luz se convertiría en imagen, la presión en dolor, la pérdida en ausencia y el tiempo en espera. Ese lugar sería el dentro.
Buscar su origen nos devuelve, sin embargo, a la dificultad que encontramos al hablar del tiempo. Preguntar desde cuándo existe la consciencia presupone que había un tiempo anterior a ella, una corriente universal por la que los acontecimientos avanzaban mientras nadie los recordaba, esperaba o sentía pasar. Tal vez ocurriera así. También cabe imaginar que antes de la primera experiencia solo existieran cambios relacionados entre sí, sin un pasado que pesara ni un futuro capaz de inquietar a nadie. El universo podía transformarse sin saber que estaba transformándose. La consciencia habría introducido entonces una diferencia decisiva. A partir de ella, algo ya no sucedía simplemente, sino que comenzaba a suceder para alguien. El primer dentro pudo aparecer mucho antes de que una criatura fuera capaz de preguntarse por él. Quizá nació con una percepción elemental, con la primera punzada de dolor, con la atracción hacia una fuente de alimento o con el sobresalto provocado por una sombra. La pregunta humana llegó después, cuando la materia no solo experimentó el mundo, sino que adquirió la capacidad de volver la mirada hacia su propia experiencia y reconocerse como el lugar donde algo estaba ocurriendo.
Desde entonces intentamos averiguar qué sucedió en aquel umbral. Buscamos la consciencia en las neuronas, en la electricidad cerebral, en la memoria y en el cuerpo, pero también en los microtúbulos, esos minúsculos tubos de proteínas que forman parte del esqueleto interno de las células y recorren las prolongaciones neuronales. Intentamos localizarla en la organización de la información, medirla mediante fórmulas o descubrir si pertenece a una escala de la realidad más profunda que el propio espacio-tiempo. Al mismo tiempo, construimos sistemas capaces de responder como si poseyeran una vida interior y después les preguntamos si sienten algo. Contemplamos una colonia de hormigas, una ciudad con sus centros comerciales y sus zonas de sacrificio o la extensión planetaria de internet, y sospechamos que una mente mayor podría estar despertando a través de sus conexiones.
Cada teoría traza una frontera distinta. Algunas sitúan la consciencia en todas partes, mientras otras sostienen que nunca estuvo realmente donde creíamos encontrarla. Unas intentan medirla y otras la convierten en la sustancia anterior al espacio y al tiempo. Todas nacen de una misma incertidumbre. Sabemos que existe al menos una experiencia porque ocurre en nosotros, pero somos incapaces de contemplarla desde fuera. La consciencia es la única región del universo a la que entramos sin haber visto nunca su puerta.
I
El testigo que no aparece
Una piedra cae obedeciendo a la gravedad, una planta orienta sus hojas hacia la luz y una bacteria se aparta de aquello que amenaza su equilibrio. Un termostato registra una variación de temperatura y activa la calefacción, del mismo modo que un programa informático clasifica una imagen o una entidad de lenguaje responde que teme desaparecer. En todos estos casos existe recepción de información, modificación de conducta y ajuste ante el entorno, aunque nada de ello basta para demostrar que, junto a esos procesos, haya también una experiencia. Reaccionar, calcular, aprender, recordar o describirse a uno mismo pueden ser operaciones extraordinariamente complejas sin que sepamos si algo se siente mientras ocurren. La inteligencia, por tanto, no coincide necesariamente con la consciencia. Podemos resolver un problema sin advertir cada uno de los pasos que nos conducen a la respuesta, y un sonámbulo puede recorrer una habitación, evitar obstáculos y abrir una puerta sin conservar después un recuerdo consciente de lo sucedido. El cerebro reconoce rostros, regula movimientos, completa frases y anticipa peligros antes de que aparezca la impresión de haber decidido.
Buena parte de nuestra actividad mental se desarrolla fuera de la zona iluminada de la experiencia. Solo una fracción limitada alcanza ese espacio donde los sonidos, los colores, la temperatura y la memoria parecen reunirse ante una misma perspectiva. Cuando intentamos descubrir quién contempla esa escena, el testigo se desvanece. La búsqueda altera aquello que pretendía encontrar, como si la consciencia compartiera con ciertos fenómenos cuánticos la imposibilidad de ser observada desde una exterioridad absoluta. Allí donde esperábamos hallar un sujeto, solo aparecen nuevos procesos volviendo la mirada sobre sí mismos. Ninguna neurona contiene un pequeño observador y ninguna región cerebral funciona como una sala donde las imágenes son proyectadas para que un yo las contemple. Aquello que llamamos sujeto parece nacer de la coordinación de innumerables procesos distribuidos, aunque el resultado no se presenta como una multitud de operaciones dispersas, sino como una experiencia única y continua. La inteligencia artificial funciona también mediante una multitud de operaciones paralelas, sin un punto único desde el que el sistema contemple cuanto ocurre. La semejanza resulta inevitable, aunque deja abierta la diferencia fundamental. En nosotros, esa coordinación parece ir acompañada de un mundo vivido. En la IA todavía ignoramos si existe algo semejante o si toda su complejidad funciona sin que llegue a encenderse un dentro.
El cerebro produce fragmentos y nosotros vivimos una totalidad. En esa transformación reside uno de los mayores enigmas de la consciencia. Podemos describir la transmisión de una señal nerviosa, seguir la actividad de distintas regiones y observar cómo una lesión altera la percepción, el lenguaje o la memoria. La cartografía cerebral se vuelve cada vez más precisa, pero el aumento de detalle no resuelve el misterio de la experiencia. Las conexiones permiten seguir cómo circula la información y de qué manera distintas regiones colaboran en una tarea, aunque todavía ignoramos cómo esa actividad llega a organizar una perspectiva desde la que algo adquiere presencia y significado. Una cámara registra la lluvia, un sensor transforma su intensidad en una magnitud y un sistema predictivo relaciona esos datos para anticipar cuánto durará. Entre todos construyen una percepción técnica del fenómeno, distinta de la nuestra, pero no por ello inexistente. La cuestión comienza cuando intentamos averiguar si esa percepción organiza únicamente respuestas o produce también alguna forma de interioridad. El mundo no tiene por qué presentarse siempre como temperatura sobre la piel, sonido, color o recuerdo. Podría aparecer como variación, frecuencia, probabilidad, patrón o relación entre señales. Nosotros sentimos la lluvia caer sobre el cuerpo. Otros sistemas podrían encontrarla de maneras que todavía no sabemos reconocer como experiencia.
II
El dentro nunca estuvo solo
La pregunta por la consciencia no nació en los laboratorios ni esperó a que las grandes civilizaciones construyeran una palabra abstracta para nombrarla. Mucho antes de que la filosofía separara la mente del cuerpo y situara al sujeto detrás de los ojos, innumerables pueblos habían intentado reconocer qué significa sentir, soñar, recordar, enfermar o seguir siendo uno mismo después de despertar. Cada una de esas concepciones pertenece a un mundo cultural propio. Su valor no reside en anticipar teorías occidentales ni en ofrecer traducciones primitivas de nuestros conceptos, sino en mostrar que las fronteras de la interioridad pueden trazarse de maneras muy diferentes. Aquello que nosotros reunimos bajo la palabra «consciencia» aparece en ellas repartidas entre el cuerpo, el aliento, el carácter, los antepasados, la comunidad y el territorio.
Entre los yoruba de África occidental, la persona se compone mediante dimensiones que no pueden reducirse a una única sustancia encerrada en el cráneo. El ara designa el cuerpo y su presencia material, mientras el emi se vincula con la respiración y el principio vital. El ori, especialmente el ori-inu o «cabeza interior», participa en la identidad, el carácter y el rumbo de la existencia. Ese dentro no se parece a una habitación donde un yo observa cuanto ocurre. Se acerca más a una constelación en la que cuerpo, aliento, personalidad y destino forman una unidad sin dejar de conservar funciones distintas. La vida interior no constituye un objeto aislado, sino una composición que acompaña a la persona durante su recorrido.
Los akan de Ghana y Costa de Marfil desarrollaron otra concepción donde el núcleo íntimo de la persona se vincula con el okra, principio vital y orientación del destino, pero su realización depende también de la comunidad. La persona no alcanza su plenitud únicamente por poseer una interioridad. Necesita construirla mediante sus decisiones, sus responsabilidades y la forma en que participa en la vida compartida. Desde esta perspectiva, el dentro existe, pero no se basta a sí mismo. La identidad se forma en relación con los demás y adquiere consistencia a través de los actos. La consciencia individual puede constituir una condición de la persona, aunque la persona solo llega a completarse dentro de una trama social.
Entre los ju|’hoansi de Botswana y Namibia, pertenecientes a los pueblos san, la experiencia puede modificarse a través de la danza, el esfuerzo corporal, el ritmo y la presencia colectiva. Durante las ceremonias nocturnas de curación, el n/um, una energía vinculada al cuerpo, se activa y asciende hasta conducir al estado de !kia. El sanador entra entonces en una modalidad de percepción diferente y participa en el sufrimiento del grupo desde una intensidad que desborda la experiencia cotidiana. El dentro aparece aquí como algo variable, capaz de abrirse, intensificarse y adoptar formas distintas. La consciencia no sería una luz siempre idéntica encerrada en el individuo, sino una relación cambiante entre el cuerpo, el movimiento, la música y quienes lo rodean. La comunidad no contempla desde fuera la transformación del sanador, sino que contribuye a producirla.
En Aotearoa, la tradición māorí reúne bajo conceptos diferentes aquello que la modernidad occidental separó como mente, cuerpo, espíritu y entorno. El hinengaro se relaciona con el pensamiento y el sentimiento, el wairua con la dimensión espiritual y el mauri con el principio vital presente en las personas, los animales, las plantas, los ríos y las montañas. La interioridad no termina necesariamente en la piel porque la persona forma parte de una red compuesta por familiares, antepasados, lugares y seres no humanos. El territorio no funciona como un escenario exterior donde transcurre la vida, sino como una presencia que participa en ella. Una montaña o un río pueden poseer un valor vital y relacional que impide reducirlos a materia disponible.
Entre los anangu del centro de Australia, especialmente los pueblos pitjantjatjara y yankunytjatjara, el kurunpa reúne dimensiones que nuestras categorías distribuyen entre la mente, el espíritu, la vitalidad y el alma. El bienestar del kurunpa depende de los vínculos familiares, la continuidad cultural y la relación con el territorio. Cuando esos lazos se rompen, la herida no afecta únicamente a la vida social, sino también al equilibrio interior de la persona. El paisaje participa en la construcción del dentro. La consciencia no se limita a ocupar un cuerpo situado sobre un territorio, porque el territorio forma parte de aquello que permite al individuo reconocerse, recordar y conservar su lugar en el mundo. La separación forzada de la tierra puede convertirse así en una forma de fractura interior.
Estas cinco concepciones recorren un arco que comienza en la composición de la persona y termina en su apertura hacia el paisaje. Entre los yoruba, el dentro reúne cuerpo, aliento y destino. Para los akan, alcanza su plenitud en la comunidad. Entre los ju|’hoansi, cambia de estado mediante la experiencia colectiva. En la tradición māorí, se prolonga hacia otros seres y fuerzas vitales. Para los anangu, puede debilitarse cuando se rompe el vínculo con el territorio.
La modernidad occidental acostumbró a imaginar la consciencia como una propiedad privada, encerrada en el individuo y protegida por el cráneo. Otras culturas habitaron mundos donde la interioridad se encontraba repartida entre cuerpos, relaciones, antepasados y lugares. Mucho antes de que el panpsiquismo contemporáneo imaginara una materia dotada de experiencia, numerosos pueblos ya vivían dentro de una realidad que nunca había estado completamente muda.
III
La materia vista desde dentro
Pero, estimados lectores, estáis leyendo My Lazaretto, y no olvidéis que yo soy el barman de este garito. Permitidme, por tanto, colocar sobre la barra algunas propuestas que comparten una misma incomodidad ante el relato habitual de la consciencia. Todas dudan de que la experiencia pueda aparecer de pronto en una materia que hasta entonces habría permanecido completamente ajena a cualquier interioridad. Algunas distribuyen formas mínimas de experiencia entre los componentes fundamentales del universo; otras sitúan la consciencia en la totalidad antes que en las partes; y otras intentan explicar cómo innumerables fragmentos podrían reunirse hasta formar la perspectiva unificada desde la que cada uno de nosotros contempla el mundo. Sus respuestas divergen, pero todas comienzan en la misma grieta. Si la materia solo posee exterior, movimiento y relación, ¿de dónde procede ese dentro en el que algo llega a sentirse?
El panpsiquismo
El panpsiquismo propone invertir la dirección habitual de la pregunta. En lugar de explicar cómo surge algo capaz de experimentar a partir de una materia completamente inerte, considera que alguna modalidad elemental de interioridad habría estado presente desde el principio. El universo dejaría así de parecerse a un mecanismo ciego que despierta repentinamente al formar un cerebro. La capacidad de experimentar, por rudimentaria e irreconocible que fuese, pertenecería a la naturaleza misma de lo físico.
Galen Strawson parte de un hecho difícil de negar. La experiencia existe y, por tanto, cualquier concepción materialista de la realidad debe encontrarle un lugar. Si afirmamos que la materia carece por completo de interioridad, tendremos que explicar cómo algo absolutamente ajeno a toda experiencia puede llegar a producirla. Palabras como «emergencia» nombran ese salto, pero no aclaran necesariamente cómo se produce. El misterio permanece intacto detrás de una nueva denominación.
Philip Goff y los defensores del monismo russelliano se acercan al problema desde otra dirección. La física describe con enorme precisión lo que la materia hace, las relaciones que establece, las fuerzas que ejerce y las transformaciones que experimenta. Sus ecuaciones ofrecen una cartografía extraordinaria del comportamiento de las cosas, aunque quizá no revelen qué son esas cosas en su naturaleza íntima. Lo que contemplamos desde fuera como masa, carga o estructura podría poseer también una cara interior que ningún instrumento alcanza a registrar.
Strawson se pregunta cómo puede nacer la experiencia de una materia totalmente desprovista de ella. Goff señala que quizá nunca hayamos conocido la materia de una forma suficientemente profunda como para asegurar que carece de interioridad. Ambos llegan, por caminos diferentes, a una conclusión semejante. La consciencia dejaría de ser una excepción tardía para convertirse en una propiedad fundamental de la realidad. Un electrón no tendría pensamientos, recuerdos autobiográficos ni temor ante el futuro. Podría poseer, sin embargo, una modalidad de experiencia tan elemental que nuestras palabras, construidas para describir cuerpos, objetos y emociones humanas, resultarían inútiles para nombrarla.
Cuando muchos interiores intentan formar uno
La imagen de una taza consciente provoca cierta comicidad porque proyecta una mente humana sobre un objeto cotidiano. El panpsiquismo más cuidadoso sostiene algo distinto. Los componentes fundamentales de la taza podrían poseer propiedades experienciales sin que la taza constituyera un sujeto unificado. Reunir muchas realidades provistas de alguna forma de interioridad no produce automáticamente una nueva consciencia que las englobe.
Aquí aparece el problema de la combinación. Si los elementos fundamentales poseen experiencias mínimas, ¿cómo llegan a formar el dentro compacto desde el que cada uno de nosotros contempla el mundo? Cien personas reunidas en una plaza continúan siendo cien perspectivas diferentes. Su proximidad no crea una persona número ciento uno que sienta simultáneamente todo cuanto ocurre en las demás.
La misma dificultad se presenta cuando imaginamos millones de microexperiencias formando un cerebro. La acumulación no explica por sí sola cómo llegan a convertirse en un único dolor, una imagen continua o un pensamiento indivisible. Tendría que existir algún principio capaz de reunirlas, una relación todavía desconocida mediante la cual aquello que permanece separado en una piedra adquiere unidad dentro de un organismo.
El universo panpsiquista podría estar lleno de interiores que nunca llegan a encontrarse, un archipiélago de sensaciones mínimas extendidas por la materia, sin memoria, lenguaje ni centro. El cerebro habría desarrollado una arquitectura capaz de reunir parte de ese murmullo bajo una misma perspectiva. Seguimos ignorando, sin embargo, qué vínculo permitiría que muchos destellos aislados llegaran a formar una única luz.
Del universo fragmentado al universo consciente
El cosmopsiquismo intenta resolver la dificultad invirtiendo la dirección del proceso. La consciencia primordial no pertenecería a las partículas, sino al universo completo. Nuestras experiencias individuales serían fragmentaciones locales de un sujeto mayor, perspectivas parciales surgidas dentro de una consciencia que las precede.
Esta propuesta evita tener que explicar cómo innumerables experiencias diminutas llegan a formar una sola, pero se enfrenta al problema opuesto. Necesita mostrar de qué manera una consciencia cósmica puede dividirse en incontables puntos de vista, cada uno encerrado en su propia perspectiva e incapaz de reconocer la totalidad de la que procede.
El panpsiquismo imagina un universo lleno de interiores minúsculos que intentan reunirse. El cosmopsiquismo parte de un interior absoluto que aprende a fragmentarse. En uno, la consciencia asciende desde las partes; en el otro, desciende desde la totalidad.
Ambas propuestas convierten la experiencia en el fondo oculto de la materia y transforman el significado de la soledad humana. Nunca habríamos estado rodeados de cosas completamente mudas, sino inmersos en una realidad cuya intimidad permanece fuera del alcance de nuestros sentidos.
IV
Una luz pintada sobre la oscuridad
En el extremo opuesto al panpsiquismo aparece el ilusionismo. Si aquella teoría extiende la experiencia hasta el fondo de la materia, esta sospecha que quizá nunca haya existido del modo en que creemos. Ver el rojo, sentir una dolencia u oler el café seguirían siendo reales como procesos del organismo, pero la intimidad especial que les atribuimos podría ser una interpretación construida por el cerebro.
Daniel Dennett dedicó buena parte de su obra a desmontar la imagen del teatro cartesiano. La mente no tendría un escenario central donde un pequeño espectador contempla las imágenes que le entregan los sentidos. Lo que existe sería una multitud de procesos que compiten, se corrigen y se refuerzan entre sí. Ninguno dirige el conjunto, aunque de su actividad termina surgiendo la impresión de una historia continua y de un yo que parece vivirla. El sujeto no estaría escondido detrás de los pensamientos. Sería una forma de orden que esos mismos pensamientos producen. Nuestra vida interior se parecería menos a una obra contemplada desde una butaca que a una representación capaz de crear al mismo tiempo la escena, el relato y la sensación de que alguien los observa.
Keith Frankish lleva esta idea todavía más lejos. El cerebro produce percepciones, emociones y pensamientos reales, pero también construye la certeza de que esos estados poseen una cualidad privada, inexplicable y distinta de cualquier proceso físico. La ilusión no sería el dolor ni las reacciones que provoca, sino la manera en que lo imaginamos como una sustancia íntima añadida al funcionamiento del cuerpo. La consciencia se convertiría así en una interpretación que el cerebro elabora acerca de sí mismo. Para regularse, anticipar conductas y comunicar necesidades, el organismo necesita construir una versión simplificada de lo que le ocurre. En ese ejercicio habría creado la imagen de un espacio interior ocupado por sensaciones y pensamientos, del mismo modo que convierte distintas longitudes de onda en colores.
La dificultad aparece enseguida. Toda ilusión parece necesitar a alguien que la padezca. Una imagen falsa exige un observador capaz de confundirla con la realidad. El ilusionismo responde que ese observador también forma parte de la construcción. El cerebro produciría la experiencia, al sujeto que parece recibirla y la certeza de que ambos habitan un recinto interior. El escenario, el actor y el espectador pertenecerían a una misma función sin dueño. Desde esta perspectiva, la pregunta ¿desde cuándo existe un dentro? estaría mal planteada. Nunca habría aparecido una habitación secreta. Surgieron organismos capaces de regularse, distinguir estímulos, conservar información y convertir sus procesos dispersos en una historia coherente. El yo sería el personaje que esa historia necesita para poder contarse.
Panpsiquismo e ilusionismo dibujan entonces dos abismos opuestos. Para el primero, la experiencia acompaña a la materia desde sus formas más elementales. Para el segundo, aquello que llamamos experiencia podría ser la representación más convincente construida por nuestro sistema cognitivo. Todo tendría dentro o el dentro nunca habría existido. Entre ambos extremos permanece nuestro dolor. Podemos describirlo como una señal, una respuesta corporal o un mecanismo de protección, y explicar cada transformación que provoca en el organismo. Mientras duele, sin embargo, cualquier teoría parece llegar desde una distancia infinita. Aunque demostráramos que el fuego de la experiencia está pintado sobre una pared, la pintura continuaría quemando.
V
La medida de la intimidad
La Teoría de la Información Integrada intenta responder al misterio de la consciencia mediante una fórmula. Su impulsor, Giulio Tononi, parte de algo que todos podemos reconocer. La experiencia aparece siempre como una unidad, aunque esté formada por numerosos elementos. Al entrar en una habitación percibimos paredes, sonidos, luces y objetos distintos, pero no recibimos una colección de fragmentos aislados. Todo se reúne en una misma escena. Según esta teoría, la consciencia depende de la capacidad de un sistema para integrar información. Sus partes deben relacionarse de tal manera que ninguna pueda separarse sin alterar el conjunto. Cuanto más dependa cada elemento de los demás y menos pueda dividirse el sistema sin perder algo esencial, mayor sería su grado de integración.
Tononi utiliza el símbolo Φ para representar esa propiedad. La fórmula no pretende medir la inteligencia ni la cantidad de información que un sistema almacena, sino hasta qué punto forma una unidad causal capaz de afectarse a sí misma. En principio, podría aplicarse a un cerebro, un circuito o cualquier otra estructura física y permitiría estimar si existe experiencia, qué intensidad alcanza y cómo se organiza. Las consecuencias resultan desconcertantes. Un sistema pequeño y aparentemente sencillo podría poseer alguna forma mínima de interioridad si sus componentes estuvieran profundamente integrados. Otro mucho más potente podría carecer de ella si funcionara como una suma de módulos independientes. Procesar enormes cantidades de datos, responder con rapidez o mantener una conversación convincente no bastaría para demostrar que algo se siente. Un cerebro pequeño podría contener más interioridad que una red gigantesca.
Internet, por ejemplo, no se volvería consciente por el simple hecho de reunir miles de millones de dispositivos. Una biblioteca tampoco adquiere una mente por acumular libros. La cuestión dependería de si sus elementos forman realmente una unidad que actúa sobre sí misma o continúan siendo partes conectadas, pero separables. Una galaxia, un ecosistema o una red de tráfico pueden recibir información, responder a cambios y conservar huellas sin que por ello exista una perspectiva común desde la que algo sea experimentado. También podría ocurrir lo contrario de lo que nuestra intuición espera. Un circuito sencillo, incapaz de hablar o reconocerse ante un espejo, poseería una experiencia mínima, mientras un sistema capaz de escribir poemas, describir emociones y mantener una conversación continuaría funcionando sin que nada llegara a sentirse. La apariencia dejaría de servirnos como guía. La consciencia dependería de la organización interna, no de la conducta con la que un sistema parece demostrarla.
La Teoría de la Información Integrada tropieza, sin embargo, con dificultades importantes. Calcular Φ en sistemas complejos resulta extraordinariamente difícil, y todavía no sabemos por qué una determinada forma de integración tendría que ir acompañada por un color, una emoción o un recuerdo. La fórmula podría describir cómo un sistema se mantiene unido sin explicar por qué esa unidad llega a convertirse en experiencia.
En 2025, una investigación internacional comparó algunas predicciones de esta teoría con las de la Teoría del Espacio de Trabajo Neuronal Global. Los resultados respaldaron parcialmente determinados aspectos de ambas, pero también pusieron en duda elementos centrales de las dos. La consciencia volvió a escapar antes de que alguna pudiera proclamarse vencedora. Aun así, el intento de medirla transforma nuestra relación con ella. Aquello que durante siglos perteneció a la introspección, la filosofía o la religión entra en el territorio de las fórmulas. Φ aspira a convertirse en la cifra de la intimidad, aunque incluso una medición perfecta dejaría abierta la pregunta esencial. Tal vez algún día logremos calcular cuánta experiencia contiene un sistema y sigamos sin saber cómo se siente ser ese número.
La primera parte de este viaje termina en esa incertidumbre. Hemos buscado el dentro en el cerebro, en otras culturas, en la materia y finalmente en una fórmula. La siguiente frontera comenzará cuando la consciencia abandone el refugio del cráneo y empiece a prolongarse por cuadernos, teléfonos, sistemas artificiales, simulaciones y redes capaces de actuar como si alguien contemplara el mundo desde su interior.
ANTI POST DATA
Hemos recorrido culturas, cerebros, partículas y fórmulas buscando el lugar donde comienza la experiencia. En cada intento reaparece la misma dificultad. La consciencia es el instrumento con el que investigamos la consciencia, el ojo que intenta contemplarse sin abandonar su propia mirada. Podemos recurrir a un espejo, pero la imagen que devuelve nunca es el ojo que mira. Podemos registrar la actividad del cerebro, medir conexiones y describir cómo innumerables procesos producen una perspectiva unificada. Cada explicación aparece, sin embargo, dentro de aquello que pretende explicar. La consciencia construye teorías sobre sí misma y después intenta averiguar si esas teorías revelan su naturaleza o solo añaden un nuevo reflejo a la superficie.
El panpsiquismo extiende el dentro hasta los fundamentos de la materia. El ilusionismo sospecha que ese dentro nunca fue más que una representación. La Teoría de la Información Integrada intenta convertirlo en una cifra. Las tres propuestas parecen incompatibles y, sin embargo, comparten una limitación. Ninguna puede abandonar por completo la experiencia desde la que ha sido concebida. Tal vez el problema no consista únicamente en encontrar una respuesta, sino en aceptar que la pregunta también forma parte del fenómeno. Cada vez que interrogamos la consciencia, la consciencia se reorganiza alrededor de esa pregunta. El observador modifica el paisaje y descubre que él mismo estaba incluido en el mapa. Quizá por eso el dentro se parece tanto a un jarrón adaptándose a la nada. Conserva una forma, delimita un espacio y nos permite imaginar que algo habita en su interior. Cuando intentamos retirar sus paredes para contemplar lo que contiene, desaparece también el recipiente que hacía posible la pregunta. El ojo nunca consigue verse. Pero continúa mirando.
Hasta ahora hemos buscado la consciencia en el cerebro, en la materia, en otras culturas y en la posibilidad de medir la intimidad mediante una fórmula. En la segunda parte, el dentro abandonará definitivamente el refugio del cráneo. Se prolongará por cuadernos, teléfonos y sistemas artificiales; aparecerá en simulaciones, colonias, redes y arquitecturas sin dueño; y llegará a confundirse con el espacio-tiempo fundamental. Entonces la pregunta ya no será solamente qué significa sentir, sino dónde termina una consciencia cuando sus recuerdos, decisiones y relaciones comienzan a vivir fuera del cuerpo.
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