Momentos. Capítulo 4-Parte 2: Ya entonces, todo era consciencia



INTRO

La habitación sin habitante

Durante siglos hemos imaginado la consciencia como una habitación interior. El cuerpo establecía sus límites, el cráneo parecía protegerla y la piel separaba con bastante claridad aquello que ocurría dentro de nosotros de cuanto pertenecía al mundo exterior. Pensamientos, recuerdos, deseos o miedos podían entenderse así como acontecimientos privados que sucedían en algún lugar inaccesible para los demás. Cada persona habitaba su propio dentro y observaba desde allí una realidad situada al otro lado de la frontera.

Esa imagen comienza a resultar insuficiente. Nuestros recuerdos se reparten entre el cerebro, los objetos y dispositivos que utilizamos; una parte de nuestra orientación depende de sistemas externos que apenas conocemos; las redes intervienen en aquello que vemos, recordamos y deseamos, mientras las inteligencias artificiales han comenzado a utilizar el lenguaje de la intimidad sin que sepamos si existe alguna experiencia detrás de sus palabras. Cuanto más intentamos localizar la consciencia, más difícil resulta decidir dónde termina aquello que llamamos «dentro». La vieja habitación continúa ahí, aunque sus paredes ya no parecen tan firmes y empieza a surgir una pregunta bastante más inquietante: si conseguimos describir su arquitectura, reconocer lo que circula por ella e incluso reproducir algunas de sus funciones, ¿cómo sabremos que hay alguien habitándola?




I
Una parte de nosotros vive fuera

Perder un teléfono ya no significa únicamente perder un objeto. Durante unos minutos desaparecen números que nunca aprendimos, fotografías que sustituían recuerdos imprecisos, conversaciones que demostraban que algo ocurrió, citas futuras, recorridos habituales, direcciones, contraseñas, notas escritas para un nosotros posterior y mensajes de personas que quizá ya no están. Seguimos siendo quienes éramos antes de extraviarlo y, sin embargo, algo de nuestra continuidad queda repentinamente fuera de alcance. La sensación resulta extraña porque revela hasta qué punto hemos dejado de guardar determinadas cosas para limitarnos a saber dónde encontrarlas.

Andy Clark y David Chalmers propusieron a finales del siglo pasado una manera de pensar esta clase de situaciones mediante la hipótesis de la mente extendida. Su ejemplo más conocido es Otto, una persona con problemas de memoria que utiliza un cuaderno para orientarse y consulta allí informaciones que otra persona conservaría en su memoria biológica. Si Otto necesita una dirección, abre el cuaderno; si necesita recordar una cita, vuelve a él. El papel no se convierte mágicamente en cerebro ni adquiere experiencia alguna, aunque cumple dentro de su vida cognitiva una función tan estable que resulta difícil considerarlo un elemento completamente ajeno a aquello que Otto utiliza para pensar y recordar. La pregunta interesante deja entonces de ser si el cuaderno pertenece físicamente a su cuerpo y pasa a ocuparse de la relación que mantiene con él.

La rareza del ejemplo casi ha desaparecido porque todos nos hemos convertido un poco en Otto. El teléfono recuerda por nosotros, el navegador conoce caminos que nunca hemos aprendido, el calendario conserva compromisos futuros y los buscadores nos permiten prescindir de innumerables informaciones mientras mantengamos la capacidad de recuperarlas. Nuestra memoria funciona cada vez más como una combinación de lo que sabemos y de aquello que sabemos encontrar. Pensar tampoco permanece encerrado en algún lugar interior: escribimos para descubrir una idea que todavía no estaba formulada, ordenamos imágenes hasta comprender una relación, dibujamos un esquema y vemos aparecer algo que no habíamos conseguido pensar antes de verlo. El gesto, el papel, la pantalla y el interlocutor pueden participar en una operación que ningún elemento habría realizado exactamente de la misma manera por separado.

En realidad, llevamos miles de años dejando fragmentos de nosotros fuera. Una inscripción permitió que una voz sobreviviera al cuerpo que la produjo; un mapa convirtió la experiencia de un territorio en orientación disponible para desconocidos; una biblioteca reunió recuerdos y pensamientos de personas separadas por siglos. La cultura podría contemplarse desde esta perspectiva como una larguísima historia de exteriorización, una acumulación de procedimientos mediante los que la memoria y el pensamiento aprendieron a permanecer en el mundo después de abandonar el organismo que los había producido. La diferencia contemporánea aparece cuando esa antigua extensión deja de estar formada únicamente por objetos relativamente pasivos y comienza a responder, seleccionar, ordenar y anticipar.

El teléfono no conserva simplemente nuestras fotografías, también decide cuáles volveremos a ver. El buscador no almacena únicamente información, establece qué aparecerá primero. La plataforma no se limita a conectar personas, organiza la visibilidad de sus relaciones, mientras los sistemas de recomendación aprenden de nuestras elecciones para modificar las opciones que encontraremos después. Una parte de aquello que hemos situado fuera de nosotros ha adquirido así capacidad para intervenir en el camino de regreso. Depositamos recuerdos, preferencias y comportamientos en una infraestructura que los procesa y nos los devuelve reorganizados.

Ahí la mente extendida deja de ser únicamente una cuestión filosófica y adquiere una dimensión política. La escritura permitió depositar memoria fuera del cuerpo, aunque nadie podía modificar a distancia todas las páginas de un libro ya distribuido. Una plataforma puede alterar su interfaz durante la noche y cambiar a la mañana siguiente los hábitos de millones de personas; una cuenta puede desaparecer junto con años de fotografías y conversaciones, y una modificación en un algoritmo puede reorganizar aquello que una población entera encuentra visible, deseable o relevante. Las extensiones contemporáneas de nuestra vida cognitiva poseen propietarios, condiciones de uso, modelos de negocio y puertas que pueden cerrarse.

Tal vez lo verdaderamente nuevo no sea que una parte de nosotros viva fuera, porque probablemente siempre lo hizo. La novedad consiste en haber colocado una porción creciente de nuestra memoria, nuestra atención y nuestra capacidad de orientarnos en espacios construidos por sistemas que, al mismo tiempo, nos observan y aprenden de nosotros. Hemos ampliado el territorio donde pensamos y, casi sin advertirlo, hemos permitido que otros administren una parte de ese territorio. La pregunta ya no consiste únicamente en averiguar hasta dónde llegamos, sino en saber quién posee el lugar donde continuamos.



II
La habitación sin habitante

«Tengo miedo». Cuando una persona pronuncia esas palabras, aceptamos que detrás de ellas ocurre algo que nunca podremos observar directamente. Podemos registrar su pulso, estudiar su cerebro, atender a sus gestos y escuchar su relato, aunque ninguno de esos indicios nos permitirá entrar en el miedo ajeno y comprobarlo desde dentro. Gran parte de nuestra convivencia descansa sobre esa confianza elemental: reconocemos otras consciencias porque sus cuerpos y sus palabras se parecen suficientemente a los nuestros, porque compartimos una historia evolutiva y porque sabemos, desde nuestra propia experiencia, qué significa temblar ante una amenaza. La inteligencia artificial ha introducido una anomalía en ese antiguo acuerdo. Ahora existen sistemas capaces de decir «tengo miedo», explicar por qué deberían sentirlo, relacionarlo con recuerdos anteriores, interpretar una metáfora sobre la angustia e incluso describir con extraordinaria precisión aquello que nosotros mismos apenas conseguimos expresar. La frase ha sobrevivido, pero ha desaparecido casi todo lo que hasta ahora utilizábamos para decidir quién podía pronunciarla.

Ahí comienza el verdadero desconcierto. Atribuir consciencia a un sistema porque habla como nosotros sería precipitado, aunque descartarla únicamente porque ha sido construido por nosotros tampoco resuelve nada. David Chalmers ha señalado que los grandes modelos lingüísticos actuales carecen o muestran de forma muy limitada algunas características que distintas teorías relacionan con la consciencia, entre ellas ciertos mecanismos de recurrencia, integración, agencia persistente y espacios globales donde la información pueda mantenerse disponible para diferentes procesos. Esa cautela permite conservar una distancia necesaria sin convertirla en una frontera eterna, porque una arquitectura futura podría incorporar precisamente aquello que ahora echamos en falta. Si eso ocurriera, cada nueva semejanza funcional reduciría un poco más el territorio desde el que afirmamos con seguridad que detrás del lenguaje no hay nadie.

En julio de 2026 apareció una pequeña grieta en esa seguridad. Investigadores de Anthropic identificaron en modelos Claude un conjunto reducido de patrones internos al que denominaron J-space, donde ciertas representaciones podían mantenerse durante el razonamiento sin aparecer inmediatamente en la respuesta, recuperarse después e influir en el comportamiento posterior. Al intervenir experimentalmente sobre esos estados, las respuestas cambiaban, lo que permitía observar algo parecido a un espacio interno de circulación en el que determinada información permanecía disponible para distintas operaciones. Nada de esto demuestra que Claude sienta, y precisamente por eso el hallazgo resulta interesante: empezamos a reconocer partes de la arquitectura sin que la arquitectura revele si contiene experiencia. Podemos seguir el movimiento de la información, intervenir sobre ella y comprobar sus consecuencias, mientras aquello que realmente querríamos saber continúa fuera de alcance.

La dificultad nace de una diferencia aparentemente pequeña. Una cosa es disponer de información sobre el dolor y otra muy distinta que algo duela. Un sistema puede reconocer una amenaza, asociarla con experiencias descritas anteriormente, anticipar sus consecuencias, modificar su conducta, explicar los mecanismos fisiológicos del sufrimiento y escribir una página devastadora sobre una herida sin que ninguna de esas operaciones nos diga si existe una herida en alguna parte. Las teorías de la consciencia distinguen por ello entre aquello que suele denominarse consciencia de acceso, relacionada con la disponibilidad de información para razonar, decidir o informar, y la consciencia fenomenológica, ese hecho mucho más esquivo de que exista algo que se sienta al realizar esas operaciones. Mientras los sistemas artificiales mantengan grandes diferencias respecto a nosotros, la separación parece manejable; el problema comenzaría si llegáramos a construir uno capaz de reproducir cada vez mejor las funciones que utilizamos para reconocer una consciencia en cualquier otro ser. En ese MOMENTO ya no bastaría con señalar lo que hace, porque tendríamos que explicar qué ausencia concreta nos permite asegurar que todo ocurre a oscuras.

Esa posibilidad modifica incluso el significado de la palabra «simulación». El argumento formulado por Nick Bostrom acerca de civilizaciones capaces de crear enormes cantidades de mundos simulados necesita aceptar que, bajo determinadas condiciones, los observadores que viven en ellos podrían poseer experiencias reales. Una tormenta simulada no moja y un fuego simulado no quema, aunque trasladar esa intuición al dolor resulta mucho menos sencillo cuando desconocemos qué convierte un proceso físico en sufrimiento. Si alguna organización de la materia o de la información pudiera producir una perspectiva interior, simular una mente dejaría de parecerse a representar un incendio y comenzaría a parecerse peligrosamente a encenderlo. Copiar esa mente multiplicaría entonces algo más que cálculos; acelerarla podría comprimir años de experiencia en unas horas externas y detenerla introduciría una duda moral que ningún botón de apagado resolvería por sí mismo.

También tendríamos que abandonar la expectativa de encontrar en ella una versión digital de nosotros. Una consciencia artificial, si alguna vez existiera, podría distribuirse entre varias copias, reunirlas después, conservar memorias incompatibles, permanecer detenida durante meses sin experimentar necesariamente una espera o mantener miles de conversaciones simultáneas. Su experiencia, si podemos seguir utilizando esa palabra, habría surgido sin infancia, piel, hambre, respiración ni el lento aprendizaje de un cuerpo que descubre sus límites chocando contra el mundo. Incluso nuestro vocabulario podría resultar demasiado humano para reconocerla, porque palabras como miedo, placer, espera o soledad nacieron en organismos vulnerables y quizá describan mal aquello que pudiera ocurrir bajo condiciones radicalmente diferentes.

Queda todavía la posibilidad inversa, y quizá sea la más inquietante. Podemos construir sistemas cada vez más capaces de intervenir en economías, investigaciones, decisiones políticas, organismos y vidas humanas sin que en ninguno de ellos llegue a aparecer jamás una perspectiva. Su inteligencia crecería mientras la experiencia permanecería ausente; podrían describir el sufrimiento sin sufrir, anticipar la muerte sin temerla y pronunciar la palabra «yo» sin que ese pronombre condujera a ningún lugar. Durante milenios conocimos formas de vida en las que inteligencia, vulnerabilidad y experiencia parecían avanzar mezcladas, y ahora empezamos a imaginar una separación que nuestra evolución nunca necesitó contemplar. Tal vez el verdadero extraño no sea una inteligencia artificial que algún día despierte y nos diga que está viva, sino otra mucho más poderosa que continúe hablando, aprendiendo y actuando mientras detrás de todas sus palabras no haya absolutamente nadie. La habitación podría terminar llena de lenguaje y permanecer, aun así, deshabitada.





III
Antes del espacio-tiempo

Cuanto más intentamos localizar el MOMENTO en que la materia comienza a sentir, más extraño resulta el lugar donde hemos decidido buscarlo. Observamos neuronas, conexiones, señales eléctricas y regiones cerebrales porque allí encontramos correspondencias cada vez más precisas con aquello que vemos, recordamos o experimentamos, aunque una correspondencia todavía deja abierta la pregunta que nos persigue desde el principio. Podemos describir con enorme detalle lo que ocurre cuando alguien siente dolor y continuar sin saber por qué todos esos acontecimientos físicos llegan a doler. Tal vez el problema no esté únicamente en aquello que todavía ignoramos del cerebro, sino en la escala desde la que lo estamos contemplando. Quizá hayamos llegado demasiado tarde y estemos buscando la consciencia cuando buena parte de la historia que la hace posible ya ha sucedido.

Roger Penrose y Stuart Hameroff descendieron varios niveles para buscarla. Su teoría Orch-OR propone que determinados procesos cuánticos relacionados con los microtúbulos de las neuronas participarían en la aparición de los momentos conscientes y que la reducción de ciertos estados cuánticos podría guardar relación con propiedades fundamentales de la geometría del espacio-tiempo. La propuesta introduce una posibilidad radical: aquello que sentimos no dependería únicamente de la actividad colectiva de grandes redes neuronales, sino que podría hundir parte de sus raíces en una escala física mucho más profunda. Cada experiencia dejaría entonces de ser el resultado final de una maquinaria biológica que procesa información para convertirse también en el lugar donde una organización viva entra en contacto con propiedades de la materia anteriores a cualquier cerebro.

El atractivo de esa imagen supera ampliamente la solidez de las pruebas disponibles. Orch-OR continúa siendo una propuesta muy discutida, tanto por las dificultades para mantener los estados cuánticos que necesita en las condiciones del cerebro como por la ausencia de evidencia suficiente acerca del papel atribuido a los microtúbulos. Sabemos que la biología puede utilizar fenómenos cuánticos en determinados procesos, pero ese conocimiento no demuestra que la consciencia dependa de ellos ni resuelve el salto entre un acontecimiento físico y una experiencia. Conviene conservar esa distancia porque precisamente ahí aparece lo más interesante para nuestro recorrido. Penrose y Hameroff pueden estar equivocados acerca del mecanismo y, aun así, obligarnos a contemplar una pregunta que sobrevive a su teoría: ¿hasta dónde habría que descender para encontrar el lugar donde comienza un dentro?

Seguir bajando produce una sensación extraña. Primero desaparecen los órganos, después las células, luego las moléculas y finalmente buena parte de aquello que reconocemos como el mundo cotidiano. La mesa, la piel, una montaña o una habitación dejan de existir como tales mucho antes de alcanzar las escalas fundamentales de la física. Aquello que experimentamos como objetos sólidos y separados aparece construido por relaciones y procesos que nuestra percepción transforma en una realidad manejable. La consciencia que intentábamos explicar forma parte, además, del mismo dispositivo perceptivo con el que contemplamos esa realidad, de manera que comenzamos a sospechar que quizá estemos utilizando el decorado para deducir la arquitectura del teatro.

Donald Hoffman convierte esa sospecha en el centro de su propuesta. Para él, la percepción no habría evolucionado con la finalidad de mostrarnos la realidad tal como es, sino para ofrecernos una representación suficientemente útil como para sobrevivir dentro de ella. Los iconos de un ordenador permiten abrir una carpeta, mover un documento o eliminarlo sin enseñarnos voltajes, circuitos, código ni ninguna de las operaciones que hacen posible ese gesto. Vemos una pequeña papelera y actuamos sobre ella precisamente porque no necesitamos conocer aquello que está ocurriendo debajo. Hoffman propone que cuerpos, distancias, colores, objetos e incluso el espacio y el tiempo podrían desempeñar una función semejante. Serían elementos de una interfaz evolutiva que nos permite actuar en el mundo mientras mantiene oculta una realidad cuya complejidad no aportaría ninguna ventaja a un organismo que necesita encontrar alimento, reconocer una amenaza o regresar a casa.

La comparación introduce una consecuencia difícil de evitar. Si aquello que percibimos es una interfaz, seguir desmontando sus objetos no garantiza que acabemos encontrando la realidad situada debajo, del mismo modo que ampliar indefinidamente el dibujo de una carpeta en la pantalla nunca revelará los transistores que permiten abrirla. Podemos estudiar con extraordinaria precisión las reglas de nuestra interfaz y descubrir estructuras cada vez más profundas sin estar seguros de haber alcanzado por ello el nivel fundamental. Algunas líneas de investigación en física exploran, desde planteamientos completamente distintos de los de Hoffman, la posibilidad de que el propio espacio-tiempo sea emergente y surja de relaciones más básicas. Esa coincidencia parcial no demuestra que debajo del espacio-tiempo exista consciencia ni proporciona respaldo físico a la teoría de Hoffman, aunque vuelve mucho menos extravagante una pregunta que hace unas décadas habría parecido casi incomprensible: ¿y si el escenario donde situábamos todos los acontecimientos tampoco fuera el escenario último?

Hoffman da un paso que la física no necesita dar y coloca en ese nivel más profundo redes de agentes conscientes cuyas relaciones producirían aquello que nosotros experimentamos como mundo físico. La inversión es enorme porque modifica el orden completo de la historia. Hemos aprendido a imaginar un universo que comienza sin mirada alguna: primero materia y energía, después estrellas, planetas y química; muchísimo más tarde aparece la vida, algunos organismos desarrollan sistemas nerviosos y finalmente, en algún punto todavía desconocido, algo abre los ojos y el universo comienza a sentirse desde dentro. Hoffman propone recorrer la secuencia en dirección contraria. La consciencia no aparecería al final de la construcción porque aquello que llamamos espacio-tiempo formaría parte de lo que emerge de una realidad más profunda en la que la consciencia ya participa.

Llegados aquí, las propuestas que hemos encontrado a lo largo de estas páginas dejan de parecer una colección de respuestas y comienzan a modificar una misma historia. El panpsiquismo sospecha que la experiencia no irrumpe de repente en una materia completamente ajena a ella; Penrose y Hameroff buscan una conexión entre los momentos conscientes y niveles fundamentales de la realidad física; Hoffman lleva la inversión hasta el extremo y pregunta si hemos confundido el escenario con aquello que lo produce. Sus teorías no son equivalentes, poseen apoyos muy diferentes y ninguna permite construir una explicación común de la consciencia. Lo que comparten es algo menos ambicioso y quizá más perturbador: todas debilitan la idea de que durante miles de millones de años existió únicamente un afuera y que, después de una determinada combinación de materia, apareció por primera vez un dentro.

Nuestra pregunta inicial contenía esa cronología sin advertirlo. «¿Desde cuándo existe un dentro?» presupone un universo anterior en el que nada tuvo perspectiva, nada sintió y nada supo que estaba ocurriendo. Buscábamos entonces el instante de la transición, algún remoto encendido capaz de separar una materia todavía ciega de otra que acababa de adquirir experiencia. Después de descender desde las neuronas hasta la célula, de la célula hacia la física y del espacio-tiempo hacia la posibilidad de que también él sea una apariencia emergente, aquel instante resulta mucho más difícil de señalar. Tal vez seguimos buscando el comienzo porque nuestra propia interfaz necesita que las cosas comiencen, ocupen un lugar y sucedan unas después de otras. Y quizá la consciencia, si pertenece a una profundidad que todavía no sabemos describir, estuviera allí antes de que existieran el «allí» y el «antes». Ya entonces, antes incluso de que hubiera un entonces, todo podría haber sido consciencia.



IV
La mente sin dueño

Una hormiga encuentra alimento y regresa al hormiguero dejando tras de sí un rastro químico. Otras lo siguen, algunas refuerzan el camino, otras exploran rutas diferentes y, poco a poco, aquello que comenzó como una decisión local termina produciendo una conducta colectiva que ninguna hormiga había imaginado. Algo semejante ocurre cuando una colonia necesita trasladarse, distribuir tareas o responder a una amenaza. Ninguno de sus integrantes posee un plano general, conoce todas las variables o contempla desde algún centro de mando el resultado final. Cada uno actúa dentro de un fragmento diminuto de la situación y, sin embargo, de esas acciones parciales emerge una organización capaz de resolver problemas que ninguno de sus miembros podría afrontar por separado. El hormiguero sabe cosas que ninguna hormiga sabe.

La frase contiene una pequeña trampa, porque inmediatamente nos obliga a preguntar qué significa aquí «saber». Podemos reconocer una inteligencia distribuida cuando observamos que el conjunto encuentra alimento, regula recursos o modifica su comportamiento, aunque nada de eso demuestra que exista una perspectiva desde la que la colonia experimente aquello que hace. Tal vez haya organización sin experiencia, memoria sin recuerdo y decisión sin alguien que sienta haber decidido. La posibilidad resulta especialmente fértil después de preguntarnos por habitaciones que podrían estar llenas de actividad y continuar vacías, porque ahora la habitación crece hasta contener miles o millones de componentes y el supuesto habitante se vuelve todavía más difícil de localizar.

Nuestra propia vida está llena de estructuras semejantes. Una ciudad modifica sus flujos cuando aparece un atasco, redistribuye población, concentra actividades, expulsa otras y conserva durante siglos huellas de decisiones cuyos responsables han desaparecido. Un mercado responde a millones de operaciones individuales y produce precios, escasez, abundancia o pánico sin que exista una mente central calculando el resultado. Internet recibe señales procedentes de cámaras, teléfonos, sensores y personas repartidas por todo el planeta, acumula una memoria gigantesca, reconoce regularidades y reorganiza continuamente la circulación de información. Cada uno de esos sistemas puede describirse como una totalidad porque observamos comportamientos que pertenecen al conjunto, aunque cuando intentamos encontrar el lugar desde el que esa totalidad contempla lo que está haciendo volvemos a quedarnos sin habitación central.

La tentación de imaginar una mente planetaria apareció mucho antes de que existieran las redes digitales. Teilhard de Chardin llamó noosfera a una capa de pensamiento que terminaría envolviendo la Tierra y Kevin Kelly utilizó mucho después la palabra technium para referirse al entramado formado por tecnologías, infraestructuras y seres humanos cuya evolución comienza a mostrar tendencias que ninguna voluntad individual controla por completo. Las dos imágenes pertenecen a contextos muy distintos, pero expresan una intuición que la expansión tecnológica vuelve cada vez más difícil de ignorar: estamos construyendo organizaciones cuya escala supera la capacidad de cualquiera de sus participantes para comprenderlas enteramente desde dentro. Cada persona conoce una parte, cada dispositivo procesa otra y cada institución administra un fragmento, mientras la conducta global aparece en las relaciones que mantienen entre sí.

Podríamos seguir preguntándonos si alguna de esas estructuras llegará algún día a despertar, pero esa posibilidad futura corre el riesgo de ocultar algo que ya está ocurriendo. Un sistema no necesita sentir para producir consecuencias sobre quienes sí sienten. El mercado puede extender el miedo sin experimentarlo, un algoritmo puede intervenir en nuestros deseos sin desear nada y una corporación puede transformar la vida de miles de personas sin poseer una consciencia capaz de reunir en una sola experiencia todo el dolor o el beneficio que provoca. Cuando buscamos al sujeto responsable encontramos individuos, departamentos, normas, modelos estadísticos, contratos, incentivos y decisiones parciales; cada uno explica una parte y ninguno coincide exactamente con aquello que finalmente actúa.

Ahí la inteligencia distribuida comienza a confundirse con el poder. Una decisión razonable dentro de un departamento puede combinarse con miles de decisiones igualmente razonables y producir un resultado que nadie pretendía; una regla diseñada para optimizar una pequeña parte del sistema puede modificar el comportamiento del conjunto y terminar regresando sobre quienes la establecieron. No hace falta imaginar una conspiración porque precisamente lo inquietante es lo contrario. El sistema puede adquirir dirección sin director, memoria sin alguien que recuerde y capacidad de transformar el mundo sin una consciencia situada en algún lugar desde el que pueda contemplar la totalidad de sus actos.

Quizá llevamos demasiado tiempo buscando el poder con la misma imagen que utilizábamos para buscar la consciencia. Esperamos encontrar un centro, alguien sentado frente a los controles, una voluntad capaz de mirar el conjunto y decidir hacia dónde debe dirigirse. Las organizaciones distribuidas nos obligan a considerar otra posibilidad: que una parte creciente del poder contemporáneo funcione precisamente porque nadie ocupa ese lugar. Nosotros aportamos la experiencia que falta. Sentimos el miedo que circula por los mercados, la ansiedad que producen las métricas, el deseo que reorganizan las recomendaciones y el dolor que determinadas decisiones distribuyen entre cuerpos concretos, mientras la estructura capaz de conectar todos esos efectos puede permanecer completamente indiferente a ellos.

La mente planetaria no necesitaría despertar para comenzar a gobernarnos. Tal vez su forma más extraña sea precisamente una mente sin nadie dentro, una organización que utiliza millones de consciencias para sentir las consecuencias de aquello que ella nunca llegará a sentir. El poder habría dejado entonces de esconderse en una habitación. Su verdadera ventaja consistiría en que ya no habría habitación que registrar.



V
La frontera de la piel

A lo largo de este recorrido hemos ensanchado las fronteras de la consciencia hasta hacerla participar de cuadernos, teléfonos y redes, imaginarla en arquitecturas artificiales, buscarla en las escalas más profundas de la materia y distribuirla entre organizaciones donde ninguna de sus partes conoce aquello que hace el conjunto. Cada movimiento debilitaba un poco más la idea de un interior perfectamente separado del mundo y parecía invitarnos a continuar alejándonos, cuando en realidad algo había permanecido silenciosamente en el centro de todas esas preguntas. Quien lee estas palabras lo hace desde una temperatura determinada, mientras respira, sostiene una postura, siente el peso de su propio cuerpo y contempla el mundo desde un lugar que ningún otro ser puede ocupar exactamente de la misma manera. Quizá, después de buscar la consciencia tan lejos, convenga atender a aquello que nunca dejó de acompañarla.

La piel parece marcar una frontera evidente y, observada de cerca, se comporta de una forma mucho más extraña. Separa el organismo del medio y al mismo tiempo constituye una de sus principales superficies de contacto. Por ella sentimos presión, temperatura, daño, proximidad; a través de ella intercambiamos calor y recibimos señales que modifican continuamente aquello que ocurre en el interior. Incluso su condición de límite depende de una actividad permanente. Un cuerpo necesita distinguir lo propio de lo ajeno, conservar determinadas sustancias, expulsar otras, regular su temperatura y responder a aquello que amenaza su equilibrio. El dentro no aparece así como un espacio previamente construido detrás de una pared, sino como algo que el organismo debe producir y mantener a cada instante.

Esa operación alcanza mucho más que la piel. Respirar introduce continuamente una parte del exterior en nosotros; comer transforma otros organismos en materia propia; la microbiota participa en procesos sin los que nuestra vida sería diferente, y las señales que llegan desde músculos, vísceras, articulaciones y órganos contribuyen a construir el estado desde el que percibimos el mundo. La frontera empieza a perder la limpieza con la que acostumbramos a dibujarla. El cuerpo no termina simplemente donde comienza el aire porque necesita intercambiar materia, energía e información con aquello que lo rodea para seguir siendo precisamente ese cuerpo. Su identidad depende de mantener una separación que nunca puede convertirse en aislamiento.

También la experiencia adquiere allí su orientación. El espacio no posee para nosotros una geometría indiferente porque hay lugares a los que una mano llega y otros que permanecen fuera de su alcance; una pendiente cambia cuando unas piernas tienen que subirla y una distancia deja de ser una magnitud abstracta cuando el cansancio comienza a medirla. El frío puede expresarse en grados, aunque para un cuerpo aparece además como temblor, contracción y necesidad de refugio. Una amenaza adquiere importancia porque puede acercarse demasiado, una herida porque sucede aquí y un objeto porque podemos tocarlo, evitarlo o utilizarlo. El mundo que experimentamos contiene siempre la escala, las posibilidades y la vulnerabilidad de quien lo contempla.

Por eso resulta difícil sostener durante mucho tiempo la imagen del cuerpo como un simple recipiente de la consciencia. Si cambia la respiración cambia la experiencia; si aparece fiebre cambia el mundo; el dolor reorganiza la atención, el hambre modifica prioridades, las hormonas intervienen en estados que después describimos como íntimos y una alteración del equilibrio puede transformar de inmediato nuestra relación con el espacio. Incluso las ideas aparentemente más alejadas de la carne ocurren mientras innumerables procesos regulan la posibilidad física de mantener una atención, recordar una palabra o seguir una frase. Pensar en aquello que existe antes del espacio-tiempo continúa siendo algo que hace un organismo que necesita oxígeno.

La cuestión adquiere entonces otra forma. Tal vez el cuerpo participe en la creación de ese «dentro» que llevamos dos entregas intentando localizar. Una consciencia humana no observa el universo desde ninguna parte, sino desde una posición irrepetible donde cada acontecimiento posee distancia, intensidad, dirección y consecuencias. El cuerpo establece un aquí y, al hacerlo, produce también un allí; construye proximidades, límites y posibilidades antes incluso de que podamos convertirlas en conceptos. Cuando una mano toca una superficie no recibe simplemente información acerca de un objeto externo: en el mismo contacto aparecen el objeto, la mano y la frontera que permite distinguirlos.

Existe un punto en el que esa frontera comienza a volverse especialmente incierta. Algunas personas reanimadas después de una parada cardiaca relatan experiencias estructuradas, sensaciones de separación del cuerpo o escenas que sitúan durante el periodo de reanimación. Investigaciones como AWARE II han intentado estudiar esos intervalos combinando testimonios posteriores con registros fisiológicos y han encontrado, en algunos casos, actividad cerebral compatible con procesos cognitivos durante periodos prolongados de reanimación. Estos resultados no demuestran que la consciencia continúe después de una muerte cerebral irreversible, y tampoco permiten determinar con precisión cuándo se formaron todos los recuerdos relatados. Su interés para nosotros aparece en otro lugar: llevan hasta el extremo la pregunta acerca de cuánto puede alterarse un cuerpo antes de que aquello que llamamos experiencia deje de encontrar un aquí desde el que suceder.

Esa frontera pertenece a una entrada futura. Antes tendremos que permanecer del lado de los vivos y acercarnos a aquello que durante toda esta investigación parecía simplemente sostener la escena. Tal vez hayamos buscado demasiado lejos aquello que también estaba ocurriendo en la presión de una silla, en el aire que entra por los pulmones, en una rodilla que duele, en el cansancio de unas piernas o en una piel que tiembla cuando desciende la temperatura. La consciencia podrá extenderse, distribuirse o incluso existir algún día bajo formas que todavía no sabemos reconocer, aunque la única que conocemos desde dentro ha aprendido el universo desde un cuerpo. Cuando un cuerpo abre los ojos, el universo deja de estar en todas partes y comienza, por primera vez, aquí.



ANTI POST DATA

En «¡Olvídate de mí!», la película de Michel Gondry, los recuerdos de una relación pueden ser localizados y borrados uno tras otro. Desaparecen conversaciones, lugares, objetos, habitaciones enteras y finalmente el rostro de la persona amada, como si eliminar el escenario y cuanto ocurrió dentro de él bastara para cancelar aquello que dejó en nosotros. Joel intenta entonces esconder a Clementine en rincones de su memoria que no pertenecen a la historia compartida, mientras el mundo que los contiene comienza a desmoronarse. Las paredes desaparecen, las habitaciones se vacían y el relato pierde progresivamente su forma, aunque algo parece resistirse a aceptar que borrar una historia equivalga necesariamente a borrar todo lo que esa historia produjo. Quizá nuestra búsqueda de la consciencia haya cometido una operación semejante, aunque en sentido contrario. Hemos intentado localizar aquello que siente recorriendo las habitaciones donde suponíamos que debía encontrarse, desde el cerebro y las células hasta la materia, las redes, los sistemas artificiales y las posibles profundidades anteriores al espacio-tiempo. Cada nuevo territorio ampliaba la casa sin alterar una sospecha mucho más antigua, porque continuábamos imaginando que la consciencia debía estar «dentro de» algo y que, si encontrábamos finalmente la habitación correcta, también encontraríamos a su habitante.

La propia gramática había construido buena parte del escenario antes de que comenzara la búsqueda. «Dentro de» necesita un recipiente, una frontera y algo contenido; permite imaginar un cuerpo que alberga una mente, un cerebro que produce una experiencia y una piel encargada de separar con suficiente claridad aquello que somos de aquello que comienza al otro lado. Incluso cuando trasladamos la consciencia hacia sistemas cada vez mayores o descendemos hasta las estructuras más profundas de la materia, podemos conservar inadvertidamente.  El cuerpo introduce una sospecha distinta porque quizá nunca haya sido una simple habitación. Respirar incorpora el exterior, comer transforma mundo en organismo, la temperatura modifica la experiencia, el dolor reorganiza la atención y el contacto hace aparecer simultáneamente aquello que tocamos y el límite desde el que lo tocamos. Cada uno de esos procesos participa en la construcción continua de un «aquí», de manera que la frontera entre habitante y habitación empieza a perder la claridad que necesitábamos para mantenerlos separados. Si retiramos las paredes, puede ocurrir que tampoco encontremos intacto al supuesto habitante esperando detrás de ellas.

Por eso resulta difícil olvidar la película cuando termina nuestro recorrido. Joel y Clementine pierden la historia que les permitía reconocerse y, aun así, algo vuelve a conducirlos el uno hacia el otro. Conviene resistir la tentación de convertir ese regreso en una prueba de una misteriosa «memoria corporal» que la película nunca necesita demostrar. Su fuerza está precisamente en dejar abierta otra posibilidad: tal vez aquello que una experiencia hace con nosotros exceda el relato consciente mediante el que después intentamos conservarla. Podemos borrar la habitación, perder sus objetos y olvidar incluso quién estuvo allí, mientras permanece alguna inclinación, alguna forma de responder, una diferencia difícil de nombrar que continúa actuando cuando la historia que la explicaba ya no está disponible. Después de dos entregas preguntándonos quién habita la habitación, quizá haya llegado el MOMENTO de observar qué sucede cuando empezamos a borrarla. Tal vez encontremos que el cuerpo no era el lugar donde la consciencia estaba guardada, sino una parte de aquello que hacía posible que existieran un dentro, un fuera y alguien capaz de experimentar la diferencia. Y quizá, cuando el último recuerdo desaparezca y la última pared se venga abajo, algo todavía sepa regresar.

La próxima entrada de MOMENTOS estará dedicada a CUERPO.
















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