Momentos. Capítulo 6-Parte 1: Ya entonces, todo era muerte

INTRO

Después del lenguaje, la realidad, el tiempo, la consciencia y el cuerpo, la muerte podría parecer simplemente el último territorio de esta serie, aunque quizá llevemos desde el principio dando vueltas a su alrededor. El lenguaje nos permite traer hasta el presente aquello que ya no está, la realidad depende de una arquitectura perceptiva que desaparecerá con nosotros y el tiempo adquiere buena parte de su sentido porque sabemos que todo termina. La consciencia sigue siendo el lugar desde el que intentamos imaginar nuestra propia ausencia sin conseguir explicarla, mientras el cuerpo, aquella frontera que parecía separar con claridad un interior de un exterior, lleva toda la vida sustituyendo materia, eliminando células, reparándose, envejeciendo, acomodándonos de forma velada a nuestra desaparición. Ya lo escribió Philip Roth en su novela Elegía: «La vejez no es una batalla, es una masacre». Espero que esta serie MOMENTOS se perciba como vanos intentos de acercarnos a una incertidumbre que nos impide rodearla.

Sabemos mucho sobre los mecanismos biológicos de la muerte, hemos aprendido a retrasarla, a evitar numerosas causas que durante siglos parecieron inevitables y a prolongar vidas que antes habrían terminado mucho antes. Al mismo tiempo, la hemos ido apartando de la experiencia cotidiana. Morimos con frecuencia en hospitales y residencias, dejamos el cuidado de los cadáveres en manos de profesionales, reducimos el duelo a plazos cada vez más estrechos y llenamos el lenguaje de palabras que nos permiten hablar de la muerte sin nombrarla demasiado. Aquello que durante siglos permaneció dentro de las casas ha ido desplazándose hacia lugares especializados mientras, casi en paralelo, levantábamos una enorme maquinaria médica, económica y tecnológica dedicada a prolongar la vida. En algún momento, el deseo perfectamente comprensible de curar enfermedades empezó a mezclarse con una aspiración mucho más antigua y difícil de reconocer como tal: tratar la muerte como un problema que quizá pudiera llegar a resolverse.

Esa aspiración ya no pertenece únicamente al mito, la religión o la alquimia. También aparece en laboratorios, fondos de inversión y empresas tecnológicas, acompañada de investigadores, patentes, protocolos y un vocabulario que presenta el envejecimiento como deterioro reparable, el cuerpo como soporte provisional y la consciencia como información que quizá pueda copiarse. Incluso después de morir dejamos una cantidad de datos suficiente para que otros sistemas continúen reproduciendo nuestra voz, nuestros gestos, nuestras imágenes o fragmentos de nuestra manera de hablar. La ausencia empieza así a adquirir una forma nueva, menos silenciosa y mucho más difícil de distinguir de una presencia técnicamente mantenida. Quizá el problema de este siglo no sea únicamente cuánto podremos retrasar la muerte. Empieza a resultar igual de inquietante preguntarnos si, rodeados de copias, perfiles, voces, archivos y simulaciones, seguiremos permitiendo que alguien llegue a morirse del todo.



I

Durante mucho tiempo hemos necesitado imaginar la muerte como una línea porque las líneas ponen orden en aquello que tememos. A un lado quedaba la vida y al otro la muerte, separadas por un instante que la medicina debía reconocer mediante el pulso, la respiración, la actividad cerebral o cualquier otro criterio suficientemente fiable para certificar lo ocurrido y permitir que todo empezara a reorganizarse alrededor del ausente. Seguimos necesitando esa frontera en la práctica clínica, en el derecho y en muchos de los rituales que acompañan una muerte, aunque la biología se muestra bastante menos ordenada. Un organismo complejo no se apaga como una bombilla y sus distintos sistemas pueden perder funciones a ritmos diferentes, conservar alguna actividad durante un tiempo o recuperarla cuando una intervención consigue restablecer las condiciones necesarias. Un estudio internacional monitorizó el cerebro de 567 personas durante una parada cardíaca. Lo que descubrieron desafía todo lo que creíamos saber sobre el umbral entre la vida y la muerte. El monitor cardíaco emitía una línea plana. En la sala de urgencias del hospital, el equipo médico se movía con la urgencia mecanizada de quien ha repetido esta escena cientos de veces. Compresiones torácicas, ventilación, adrenalina. Para la medicina convencional, lo que ocurría en ese cuerpo inerte era un proceso físico puro, un motor que se había apagado y que intentaban arrancar de nuevo. El cerebro, privado de oxígeno, debería estar en silencio. La conciencia, extinguida. Pero algo no encajaba.

Entre los 567 pacientes que sufrieron una parada cardíaca en veinticinco hospitales de Estados Unidos y Reino Unido —y cuyo cerebro fue monitorizado en tiempo real durante la reanimación por un equipo dirigido por el doctor Sam Parnia—, once personas que sobrevivieron recordaron algo imposible. Recordaron haber estado presentes mientras sus cuerpos yacían inertes. Recordaron haber visto, oído, sentido. Recordaron haber estado vivos cuando, según todos los parámetros médicos, estaban muertos.El estudio AWARE II, publicado en la revista científica Resuscitation en 2023, no es un relato de fantasmas. Es un documento de neurología y medicina de emergencias. Y, sin embargo, sus conclusiones suenan a ciencia ficción. Parnia y su equipo del NYU Langone Health no se conformaron con entrevistar a supervivientes meses después, como se había hecho en estudios previos. Querían datos durante el evento. Así que diseñaron un protocolo que combinaba tres líneas de investigación simultáneas. Primero, colocaron electrodos de electroencefalografía (EEG) en la cabeza de los pacientes durante la reanimación cardiopulmonar (RCP). Esto les permitía registrar, en tiempo real, la actividad eléctrica cerebral: las ondas que, en un cerebro sano, traducen pensamiento, percepción y conciencia. Segundo, midieron la oxigenación cerebral mediante sensores que detectaban cuánto oxígeno llegaba realmente al cerebro durante las compresiones torácicas. El resultado fue desalentador: de media, el cerebro solo recibía un 43% del oxígeno que necesitaba. Insuficiente, se creía, para cualquier actividad consciente. Tercero, en algunos hospitales, instalaron tabletas con imágenes visuales en posiciones solo visibles desde el techo de la sala, y colocaron auriculares en los pacientes para transmitir estímulos auditivos. La idea era simple y audaz, si alguien experimentaba una visión extracorporal o la sensación de flotar sobre su propio cuerpo, ¿podría ver esas imágenes? ¿Podría oír esos sonidos?

De los 567 pacientes estudiados, 213 lograron que su corazón volviera a latir de forma sostenida. Solo 53 sobrevivieron hasta el alta. De esos 53, 28 pudieron ser entrevistados. Y de esos 28, once —casi cuatro de cada diez— relataron recuerdos o percepciones vinculados a la parada cardíaca y a la reanimación. No todos los relatos fueron iguales. El equipo de Parnia los clasificó en cuatro categorías. Algunos pacientes describieron consciencia inducida por la RCP: movimientos, apertura de ojos, gestos de contacto durante las maniobras de reanimación. Otros narraron experiencias oníricas, como sueños vívidos mezclados con fragmentos de lo que ocurría a su alrededor. Pero la categoría más fascinante fue la que los investigadores bautizaron como RED: Recalled Experience of Death «Experiencia Recordada de la Muerte». No cercana a la muerte, insisten. Estos pacientes no estuvieron casi muertos. Estuvieron biológicamente muertos. Y, aun así, recordaron. El 21,4% de los entrevistados describió experiencias RED. Relatos coherentes, estructurados, transformadores. Una revisión significativa de la vida, como si el tiempo se expandiera para mostrar cada momento relevante. Una sensación abrumadora de paz. La percepción de una luz. Encuentros con seres queridos que ya no estaban vivos. Y, en algunos casos, la sensación nítida de observar la propia reanimación desde un punto de vista imposible: desde arriba, desde fuera, desde más allá del cuerpo.

Si los testimonios ya eran inquietantes, lo que encontraron en los registros de EEG resultó paradigmático. Durante décadas, la medicina ha operado bajo un principio aparentemente inquebrantable: el cerebro humano sufre daño irreversible si se priva de oxígeno durante más de diez minutos. Pasado ese umbral, las neuronas mueren. La actividad eléctrica cesa. La conciencia se extingue. Pero en el estudio AWARE II, los investigadores detectaron algo inesperado. En algunos pacientes, entre los 35 y los 60 minutos después de iniciada la RCP, aparecieron patrones de ondas cerebrales normales: ondas delta, theta y alfa. Para entender la magnitud de este hallazgo, hay que saber qué significan esas ondas. Las ondas delta dominan el sueño profundo. Las ondas theta aparecen en estados de relajación intensa, meditación o creatividad. Las ondas alfa son la firma eléctrica de un cerebro consciente, alerta, procesando información del mundo exterior.Es decir: en plena reanimación, con un corazón que no latía por sí mismo y un cerebro que recibía menos de la mitad del oxígeno que necesitaba, algunos pacientes mostraban actividad eléctrica compatible con estados de conciencia. No actividad caótica, propia de la muerte celular. Actividad organizada. Actividad que, en cualquier otra circunstancia, indicaría que alguien está pensando, sintiendo, siendo.

«Aunque los médicos han pensado durante mucho tiempo que el cerebro sufre daño permanente aproximadamente diez minutos después de que el corazón deja de suministrarle oxígeno, nuestro trabajo encontró que el cerebro puede mostrar signos de recuperación eléctrica mucho tiempo después de que la RCP esté en curso».

La voz del doctor Parnia, en declaraciones a la prensa científica, sonaba cautelosa pero firme. No estaba proponiendo una teoría metafísica. Estaba presentando datos. Y los datos contradecían el manual. Si el cerebro sigue activo, ¿qué está ocurriendo en su interior? Parnia y su equipo avanzan una hipótesis neurobiológica que resulta tan fascinante como inquietante. Proponen que, en el momento de la muerte, el cerebro experimenta una especie de desinhibición global. Durante la vida, nuestro cerebro funciona con un sistema de frenos: redes inhibitorias que filtran información, suprimen recuerdos irrelevantes y mantienen el caos neuronal bajo control. Es lo que nos permite concentrarnos, razonar, no abrumarnos con cada estímulo sensorial. Pero cuando el cerebro comienza a morir —cuando la falta de oxígeno altera su funcionamiento— esos frenos se sueltan. Y lo que emerge no es el caos, sino algo extrañamente ordenado: una revisión total de los recuerdos almacenados, evaluados desde una perspectiva moral. Una especie de "vida que pasa ante tus ojos", pero no como metáfora literaria. Como un proceso neurobiológico real, inducido por la liberación de las redes inhibitorias del cerebro.

«Nuestra hipótesis es que, cuando una persona muere, el cerebro libera sus sistemas inhibitorios y se vuelve más consciente de la realidad».

No es una explicación completa. No explica, por ejemplo, por qué algunos pacientes describen percepciones verídicas de la sala de reanimación —detalles que no podrían haber conocido desde su posición en la camilla— ni por qué las experiencias RED tienen un impacto tan profundo y duradero en quienes las viven, transformando valores, miedos y prioridades de vida. La frontera permeable El estudio AWARE II no demuestra la existencia de una vida después de la muerte. Parnia es el primero en advertirlo. Lo que demuestra es algo quizás más revolucionario para la medicina: que la frontera entre la vida y la muerte es más permeable de lo que creíamos, y que la conciencia humana puede persistir en condiciones que, hasta hace poco, considerábamos incompatibles con ella. Para los protocolos de emergencia, esto tiene implicaciones inmediatas. Si algunos pacientes son conscientes durante la RCP —aunque no lo demuestren con movimientos externos—, ¿deberíamos reconsiderar cómo hablamos cerca de ellos? ¿Los medicamentos que administramos durante la reanimación podrían estar alterando o suprimiendo experiencias que, para quien las vive, son profundamente significativas? ¿Deberíamos proteger el cerebro de forma diferente durante esos minutos críticos, sabiendo que puede estar "despierto" mucho más tiempo del que pensábamos? Para la filosofía de la mente, el estudio plantea preguntas aún más profundas. Si la conciencia puede persistir cuando el corazón no late y el cerebro apenas recibe oxígeno, ¿qué es exactamente la conciencia? ¿Es un producto exclusivo de la actividad cerebral, o algo más fundamental que puede resistir condiciones extremas? Once personas. Once testimonios entre 567 paradas cardíacas. Once voces que describen algo que la medicina no tiene aún un lugar donde archivar.

No son alucinaciones, insisten los investigadores. Las alucinaciones son caóticas, fragmentarias, incoherentes. Los relatos RED son narrativas estructuradas, con una sensación de realidad intensa, una coherencia interna y un impacto transformador que perdura años después. Once personas que cruzaron un umbral que todos cruzaremos algún día. Y que, al volver, trajeron consigo un mensaje que la ciencia apenas comienza a descifrar: que quizás, en esos minutos en los que el cuerpo yace inerte y los médicos luchan por rearrancar el corazón, algo en nosotros sigue allí. Observando. Recordando. Siendo. El monitor cardíaco vuelve a emitir un pitido. Una línea quebrada, irregular, que poco a poco encuentra su ritmo. El corazón vuelve a latir. Pero quien regresa no es exactamente el mismo que se fue. Lleva consigo el recuerdo de algo que ocurrió en el lugar donde la medicina dice que no debería haber nada. En el territorio que el estudio AWARE II ha comenzado, por fin, a cartografiar. La muerte empieza así a parecerse menos a un punto y más a un proceso con distintos ritmos. Algunas funciones desaparecen antes que otras, determinadas alteraciones pueden todavía revertirse y las posibilidades de intervención cambian a medida que cambian también nuestros conocimientos y nuestras técnicas. Buena parte de la historia de la reanimación puede leerse desde ahí. Restaurar la circulación, mantener la oxigenación o proteger el cerebro ha permitido recuperar a personas que en otras épocas habrían sido consideradas irremediablemente perdidas. La muerte continúa existiendo, pero algunos de los lugares donde antes situábamos su comienzo pertenecían también a lo que una época determinada sabía y podía hacer.

Esta incertidumbre modifica incluso la manera de estar junto a quien parece haber perdido por completo la consciencia. AWARE II no permite afirmar que cualquier paciente sometido a reanimación esté escuchando lo que ocurre a su alrededor, pero sí recuerda que todavía sabemos poco sobre la experiencia subjetiva durante esos estados extremos. El propio estudio plantea que reconocer signos de consciencia durante la RCP podría tener consecuencias clínicas, incluida la atención a posibles efectos psicológicos posteriores. Tal vez antes de imaginar qué ocurre después de morir tengamos que prestar más atención a algo bastante más cercano: todo lo que todavía puede estar ocurriendo mientras alguien muere.



II

Las experiencias cercanas a la muerte complican todavía más esa frontera porque llegan acompañadas de relatos, y un relato posee una capacidad de contagio que ningún electroencefalograma puede alcanzar. Entre quienes han atravesado una parada cardíaca u otras situaciones extremas aparecen descripciones de separación del cuerpo, alteraciones profundas del tiempo, encuentros con familiares fallecidos, luces intensas, recuerdos autobiográficos de enorme viveza o una lucidez que cuesta reconciliar con el estado fisiológico en que se encontraban. No todas las experiencias son iguales ni permanecen al margen de la cultura de quien las cuenta, pero muchas dejan una huella duradera. Algunas personas regresan con menos miedo a morir, cambian sus prioridades o insisten en que aquello tuvo una realidad difícil de comparar con un sueño. Podemos estudiar lo que sintieron, buscar sus correlatos cerebrales y observar las consecuencias que dejaron después. El problema comienza cuando damos por hecho que describir una experiencia permite saber también dónde ocurrió o qué demuestra acerca de la muerte.

En marzo de 2026, un trabajo de Álex Escolà-Gascón, Kenneth Drinkwater, Andrew Denovan, Neil Dagnall y Julián Benito-León publicado en The Innovation llevó esta discusión a un lugar mucho más arriesgado. Durante paradas cardiopulmonares hospitalarias, los investigadores reprodujeron estímulos auditivos cuya selección estaba vinculada a estados de entrelazamiento obtenidos mediante el ordenador cuántico IBM Brisbane. Después de la reanimación, 142 supervivientes realizaron pruebas de recuerdo y otras evaluaciones, y los autores encontraron diferencias que interpretan como compatibles con una forma de acceso no local a la información. El trabajo existe, ha pasado por publicación científica y merece atención precisamente por lo extraordinario de lo que propone. Otra cosa muy distinta sería utilizarlo ya como demostración de que la consciencia puede existir independientemente del cerebro. Un resultado tan singular necesita sobrevivir a nuevas pruebas, replicaciones y explicaciones alternativas antes de cargar con una conclusión de ese tamaño.

La muerte tiene una facilidad especial para convertir una incógnita en revelación. Basta que la neurociencia reconozca que todavía no comprende por completo un fenómeno para que ese hueco empiece a llenarse de doctrinas, certezas y promesas. Una anomalía se convierte en grieta, la grieta acaba pareciendo una puerta y, poco después, alguien asegura saber qué hay al otro lado. Despachar todas las experiencias cercanas a la muerte como simples alucinaciones resuelve el problema con una rapidez parecida. Ponerles una etiqueta fisiológica puede ayudarnos a investigar cómo se producen, pero no agota lo que significan para quien las ha vivido. Una experiencia puede surgir de procesos biológicos y transformar por completo una vida; conocer su mecanismo no borra necesariamente su profundidad. Quizá esa posición resulte incómoda porque ante la muerte preferimos las respuestas cerradas. Durante milenios la religión construyó relatos capaces de poblar lo que imaginábamos después del último latido y ahora una parte de nuestra cultura tecnológica parece haber heredado el mismo deseo utilizando otras palabras. El alma puede convertirse en información, la resurrección en transferencia y el cielo en un servidor donde algo de nosotros continúa disponible. La infraestructura cambia con una facilidad sorprendente; permanece mucho más antigua la necesidad de pensar que aquello que una vez fue alguien no puede desaparecer por completo. Pero esta renovada promesa de inmortalidad no hace sino actualizar el viejo mecanismo de control. La religión ya cobraba su peaje, aunque en moneda simbólica: la obediencia y la sumisión a unas creencias administradas por élites interpretativas. El transhumanismo de mercado, en cambio, lo cobra en metálico. La transferencia de la conciencia, la criogenización o el respaldo digital de la identidad no son bienes comunes, sino costosos artefactos de laboratorio reservados a quienes pueden pagarlos. Lo que algunos venden como el futuro de la especie sigue siendo, de momento, un exclusivo seguro de vida para multimillonarios, mientras la gran mayoría ni siquiera puede permitirse el lujo de enfermar con tranquilidad. En ambos casos, la promesa de eternidad queda secuestrada por una minoría que impone las reglas del juego.Entre ambas certezas queda un territorio bastante menos confortable. No sabemos si una experiencia cercana a la muerte revela algo situado fuera del cerebro, tampoco sabemos todavía todo lo que un cerebro puede producir mientras se aproxima a sus límites. Tal vez lo más interesante, por ahora, sea resistir la tentación de cerrar demasiado pronto una pregunta que apenas hemos aprendido a formular.



III

Hay una dificultad menos espectacular que las experiencias cercanas a la muerte y quizá mucho más incómoda para nuestra costumbre de colocar vida y muerte en extremos opuestos. Dentro de cualquier organismo complejo hay células que desaparecen continuamente y cuya desaparición forma parte de la propia vida. Durante el desarrollo embrionario, la eliminación de determinadas células ayuda a dar forma a tejidos y estructuras; después, distintos mecanismos de muerte celular participan en la renovación, la defensa frente a infecciones o la eliminación de células dañadas. Morir demasiado pronto puede destruir un organismo, pero conservar aquello que debería desaparecer también puede ponerlo en peligro. Basta esa inversión para empezar a desconfiar de la idea de que permanecer siempre equivale a vivir mejor.

Un trabajo publicado en Nature en marzo de 2026 mostró uno de esos mecanismos con una precisión extraordinaria. Dongdong Ge, Libo Shan, Ping He y sus colaboradores estudiaron determinados receptores del sistema inmunitario de Arabidopsis y observaron que, al activarse, podían favorecer la formación de agrupaciones de resistosomas dispuestas en estructuras anulares sobre la membrana celular. Esa organización participa en una respuesta defensiva asociada a la muerte de la célula. Algunas versiones divulgativas llevaron la imagen mucho más lejos y hablaron de una especie de «anillo de la muerte», aunque el hallazgo resulta suficientemente interesante sin convertir un mecanismo de inmunidad vegetal en una ley universal. Una planta puede defenderse permitiendo que determinadas células desaparezcan mediante procesos extraordinariamente organizados, y esa constatación basta para complicar nuestra idea de que la muerte siempre llega desde fuera para destruir aquello que estaba vivo. Vista desde esa escala, la frontera empieza a desdibujarse. Un organismo se mantiene mediante una actividad continua de crecimiento, reparación, eliminación y reemplazo, mientras la sensación de permanencia que tenemos de nuestro propio cuerpo descansa sobre una materia que nunca deja de cambiar. Algunas células aparecen, otras desaparecen y los tejidos conservan durante años una continuidad que no depende de mantener intactas todas sus piezas. Incluso el cáncer permite observar el problema desde el extremo contrario, porque algunas células adquieren una capacidad de supervivencia y proliferación que termina amenazando al organismo del que forman parte. La célula que se niega a desaparecer cuando debería hacerlo tampoco representa una victoria de la vida.

Quizá llevemos demasiado tiempo utilizando «vida» y «muerte» como palabras que se excluyen cuando el cuerpo parece haber aprendido a trabajar con ambas. Vivir exige conservar, reparar y crecer, pero también eliminar, sustituir y dejar espacio. El capítulo anterior de MOMENTOS preguntaba dónde termina un cuerpo; este añade una dificultad bastante menos cómoda al descubrir cuánto de ese cuerpo tiene que desaparecer continuamente para que podamos seguir reconociéndolo como vivo.



IV

Buena parte de la medicina trabaja en un territorio mucho menos espectacular que la inmortalidad y bastante más urgente, evitando muertes cuya causa conocemos y aliviando sufrimientos para los que todavía necesitamos mejores herramientas. En enero de 2025, la FDA aprobó la suzetrigina, comercializada como Journavx, para tratar el dolor agudo moderado o intenso en adultos. El fármaco bloquea de forma selectiva los canales NaV1.8 implicados en la transmisión periférica del dolor y ofrece una vía distinta a la de los opioides. No resolverá por sí solo una crisis construida durante décadas, pero la aparición de una nueva clase de analgésicos recuerda que una innovación farmacológica puede modificar algo mucho más concreto que nuestra esperanza de vivir eternamente: la manera en que enfermamos, sufrimos y, en algunos casos, morimos. Hablar de prolongar la vida adquiere otro significado cuando miramos cómo está repartida la posibilidad de llegar a viejo. Millones de personas siguen muriendo por causas evitables relacionadas con una atención sanitaria insuficiente, agua y saneamiento inseguros, contaminación y otras condiciones que conocemos desde hace mucho y frente a las que ya existen formas de prevención o tratamiento. La Organización Mundial de la Salud atribuye entre 5,7 y 8,4 millones de muertes anuales en países de ingresos bajos y medios a una atención sanitaria de mala calidad, y calcula que la falta de agua potable, saneamiento e higiene seguros continúa provocando al menos 1,4 millones de muertes evitables cada año.

La biología de la muerte puede ser común, pero las posibilidades de retrasarla están muy lejos de repartirse de la misma manera. La edad a la que morimos y las condiciones en que llegamos hasta allí dependen también del lugar donde nacemos, del dinero disponible, del trabajo que realizamos, de la calidad del aire y del agua, del sistema sanitario al que podemos acceder y del tiempo que alguien esté dispuesto a dedicar a cuidarnos. Se muere con un cuerpo, aunque ese cuerpo haya pasado toda su vida atravesado por una economía, un código postal y una determinada distribución de los recursos. Por eso resulta extraño escuchar la muerte convertida en el próximo gran problema de ingeniería. La industria de la longevidad imagina cómo ampliar durante décadas la vida humana mientras una parte considerable de nuestra especie sigue sin alcanzar la vejez que otros aspiran a superar. Hay algo profundamente desajustado en dedicar enormes recursos a preguntarnos cómo llegar a los ciento cincuenta años sin haber conseguido todavía que una vida mucho más breve deje de depender de circunstancias que sabemos evitar.

Quizá el escándalo de nuestro tiempo no sea que todavía desconozcamos cómo vencer a la muerte. Sabemos ya impedir muchas muertes que siguen ocurriendo y hemos aceptado que esa capacidad llegue de manera muy distinta según el cuerpo que tenga delante.



ANTI-POST DATA

Tal vez hayamos construido una explicación demasiado cómoda. Hemos hablado de procesos, de actividad cerebral, de células que mueren para que otras continúen, de desigualdades capaces de adelantar una muerte y de tecnologías que desplazan sus límites. Todo parece encajar cuando lo observamos desde fuera, como si bastara con ampliar el conocimiento para que la frontera se volviera más precisa. Pero quizá lo único que estamos haciendo sea rodear con mejores instrumentos una experiencia que continúa siendo opaca desde dentro. Podemos describir lo que ocurre en un cerebro durante una reanimación y seguir sin saber qué significa estar ahí. Podemos registrar una experiencia cercana a la muerte sin decidir si revela algo, si construye algo o si ambas cosas dejan de ser distintas en ese momento. Podemos explicar por qué una célula desaparece y aun así no saber qué convierte la muerte de millones de células en la muerte de alguien. Incluso la desigualdad, tan concreta cuando la medimos en años de vida, se vuelve extrañamente abstracta en el instante final, porque ningún dato nos dice qué sucede exactamente cuando un cuerpo deja de ser el lugar desde el que alguien estaba mirando el mundo.

Quizá nuestra obsesión por definir la muerte diga menos sobre ella que sobre nuestra incapacidad para tolerar una frontera que no podemos atravesar y regresar después para describirla. La medicina necesita criterios, el derecho necesita una hora, las familias necesitan un momento al que poder llamar «después». La experiencia, si todavía existe durante algún tramo de ese proceso, no parece obligada a respetar ninguna de esas necesidades. Y queda una posibilidad aún más incómoda. Puede que llevemos todo este capítulo tratando la muerte como algo que le sucede a la vida cuando quizá ambas nunca estuvieron tan separadas. Si el organismo vive eliminando partes de sí mismo, si la identidad corporal se sostiene mediante sustituciones constantes y si aquello que llamamos «yo» depende de procesos que cambian sin cesar, entonces quizá la muerte final no sea una irrupción completamente extraña, sino la última versión de una transformación que llevaba ocurriendo desde el principio.

O quizá no. Tal vez estemos utilizando la biología para domesticar aquello que sigue siendo exactamente igual de incomprensible que cuando alguien enterró por primera vez a un muerto y esperó, durante un tiempo, que volviera a levantarse.

El próximo domingo la muerte dejará por un momento los hospitales, los electroencefalogramas y las células para regresar a una tablilla de arcilla escrita hace unos cuatro mil años. Allí espera Gilgamesh, todavía corriendo detrás de aquello que todos los que vinieron después seguimos persiguiendo con otros nombres. Una planta, un dios favorable, un cuerpo criopreservado, una terapia de longevidad, una consciencia transferida a una máquina; cambian las herramientas, las promesas y quienes cobran por administrarlas, pero permanece casi intacta la sospecha de que la muerte quizá sea un defecto del mundo que algún día conseguiremos corregir. La segunda parte de MUERTE comenzará en ese viejo sueño mesopotámico y seguirá su rastro hasta nuestras actuales tecnologías de inmortalidad, porque tal vez la serpiente que robó la planta a Gilgamesh nunca desapareció.






Teaser Capítulo 6 - Parte 1

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